Día 6: Un fin de semana casi tranquilo

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«J»


En la vida hay cosas que nunca quisieras ver. Por ejemplo, nadie quiere ver cómo su pareja le es infiel, así como nadie quiere ser obligado a presenciar un parto o ver sus propias  vísceras.

Uhg. Demasiado gráfico.

Pero queramos o no, tarde o temprano terminas viendo eso desconcertante, inesperado y asqueroso que nunca hubieras querido ser testigo de.

Ese es mi caso justo ahora y, créanme, la palabra que se adapta perfectamente a esto es "surrealista".

Para que me entiendan mejor, les diré lo que veo y cómo llegué a esta situación.

Al despertar, tuve la sensación de que sería un buen fin de semana. Bajé como todos los días a desayunar, encendí la tostadora, prendí la cafetera, lo de siempre. Cuando iba a por la azúcar, que estaba en la alacena, me doy cuenta de que una nota estaba colgando en la rejilla de esta.

Era de mamá. En ella nos decía — a mi hermano y a mí — que no podría desayunar con nosotros ya que, en la madrugada, hubo un accidente en las afueras de la ciudad y necesitan personal en el hospital. En resumen, estoy a cargo del chuqui de nuevo.

Así que, después de servir el desayuno para los dos, subo a su habitación y entro en ella esperando verlo babeando o casi cayéndose de la cama como todos los días, pero definitivamente no me esperaba esto.

Pues allí están, Bowell y el mocoso, tendidos sobre esa cama de plaza y media, durmiendo apaciblemente

"Yoyo" abraza un pie de ella y la usa como almohada mientras que ella hace muecas al tener el pié de él demasiado cerca y no sé cómo me debo sentir.

Quiero reír, quiero gritarle que se aleje de ella, quiero suspirar de alivio por no haberlos descubierto abrazados, pero principalmente quiero saber...

— ¿Qué diablos está pasando aquí? — susurro.

Ninguno despierta.

Mi hermano acomoda el pie de Bowell haciendo que su mejilla se apoye en la curva de su pie; puedo ver cómo babea un poco. Por otro lado, ella da un flojo manotazo a los pies de este.

—Ma... el pescado está podrido — murmura entre sueños. Apuesto a que los pies de mi hermano no deben oler precisamente a rosas.

Inhalo un par de veces antes de decidir qué hacer. Obviamente, no debería haber visto esta escena pero si lo dejo pasar esta vez, volverá a suceder y no pienso darles la oportunidad de dormir haciendo la cucharita en la próxima ocasión que Bowell o mi hermano se escabulla en la cama del otro.

Esta dicho. Le voy a poner fin a esto, de raíz.

— ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arriba! — grito a toda voz, aplaudiendo lo más fuerte y ruidoso que puedo.

Inmediatamente, Bowell espabila y se sienta de golpe en la cama después de emitir un jadeo del susto. Mientras que mi hermano solo suelta la pierna de ésta y se acomoda boca abajo.

— Buen día dormilona —bromeo cruzándome de brazos para parecerle intimidante. Y de paso mostrar mis bíceps, como solía hacerlo cuando estaba en secundaria y me gustaba una chica .

Y por lo que veo, funciona.

Bowell está con ambos ojos abiertos de par en par, casi parece un cervatillo en medio de la carretera.

— Buena jugada — interrumpe mi hermano apoyándose sobre sus codos —. Un cruce de brazos, cabello castaño claro, solo te falta hacer cara de pato y serías un perfecto joven Channing Tatum.

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