Día 3170: Epílogo

312 31 34
                                        




Nuestros pies se rozan bajo las sábanas. El brazo de Nico me rodea la cintura y la exhalación de su nariz aterriza sobre mi cuello con cada respiración. Mi espalda se apoya en el colchón y mis manos se cruzan por detrás de mi nuca, mis codos extendidos a los costados. La cabeza de Nico descansa sobre mis bíceps, pero no me importa, incluso cuando el brazo comienza a entumecerse. Estoy sonriéndole al techo entablado. Hay veces, como hoy, que me levanto sin poder creer la vida que tengo.

Podría decirse que es incluso aburrida. Trabajo en el hospital a dos cuadras y llevo la mayor parte de ingresos a la casa, aunque el trabajo de Nico es el más interesante. Él es enfermero a medio tiempo y todos los días se hace el viaje al campamento para impartir clases de espada y combate corporal. Cuando yo voy al campamento, generalmente en verano, hago lo mismo de siempre. Nico es quien me trae las buenas nuevas todos los días.

Aún recuerdo cuando me dijo que oficializaron el proyecto de construir un pueblo aledaño al campamento para los semidioses adultos que quisieran tener una vida pacífica protegidos de los monstruos, como hacía el Campamento Jupiter. Nosotros ya nos habíamos asentado en un departamento y teníamos planes de comprar una casa pequeña cerca, así que descartamos la idea de sumarnos, pero Nico me habló de varios campistas que comprarían propiedades. Muchos de ellos habían sido sus pacientes, también los míos. En los años consiguientes, Nico participó activamente en la fase de construcción, colaborando con Annabeth en los diseños y supervisando y ayudando a los albañiles. En algún momento de esos años dejó de ser mi fiancée y se transformó en mi esposo.

Adoptamos a Nova cuando cumplimos cinco años de noviazgo y el proyecto de construcción estaba a medias. Hasta entonces la íbamos a visitar dos días a la semana. El yo de veinticuatro años no había cambiado demasiado, pero Nico ya se había deshecho de la impresión siniestra que tanto lo caracterizaba durante su adolescencia. Aunque el negro seguía predominado en su vestuario y su piel seguía  siendo pálida, ahora rebosaba vida y calidez. Las ojeras habían desaparecido, el cabello largo estaba estilizado y su cuerpo desarrolló la contextura ideal para su altura. Al mirar sus ojos imaginabas que eran dos farolas encendidas en una noche de invierno, desafiando el blanco, el frío y la oscuridad. Verlo sonreír y soltar carcajadas era tan natural como su ligero acento italiano. Nos enredábamos en la cama con la facilidad propia de unos niños juguetones.

No tuve la oportunidad de conocer a Bianca, pero una vez pillé a Nico derramando lágrimas de felicidad luego de salir del orfanato.

—Definitivamente es ella —dijo, como si fuera un milagro que solo pensó que podría soñar.

—Entonces podría decirse que conozco a mi cuñada a través de mi hija —bromeé.

Nico rio mientras se sorbía la nariz.

—Sí, eso podría decirse. —Luego sus ojos se humedecieron otra vez, comprendiendo algo de repente—. La llamaste hija.

Mi corazón latió más rápido. Era cierto, la habíamos estado visitando incluso desde antes de reconciliarnos como pareja. Ahora que lo pienso, creo que ella nos mantuvo unidos mientras nos reparábamos por separado, y una vez listos, como por una natural fuerza magnética, nos volvimos a unir.

—Es tiempo de adoptarla oficialmente —respondí.

Nico me sujetó la mano que no estaba al volante y dejamos reposar el gesto sobre la palanca de cambios. Ambos estábamos tan felices. Las lágrimas empañaron también mis ojos y permití que resbalaran por mis mejillas. En cuanto llegamos a un redondel, regresé al orfanato. Algunas horas de burocracia más tarde, Nova retozaba de alegría por la calle tomada de la mano por ambos nosotros.

La vida en nuestra casa se tornó más colorida desde que ella llegó, ese efecto que solo pueden causar los niños. Tenía ocho años y sentía curiosidad por todo. Nico y yo aprendimos a trenzar su cabello y ella aprendió a hacer pequeñas trenzas en el nuestro. Tenía buenos reflejos y se tomaba las responsabilidades con mucha seriedad. Le gustaba ser independiente, dormir sola, hacer las cosas por sí misma y tener su espacio. Nico la mimaba más de la cuenta y yo tenía que vigilarlos a menudo. Un día los pillé practicando combate con espadas en el jardín. Por fortuna eran espadas de madera.

Hacemos nuestro mejor esfuerzo por criarla bien, de manera que se sienta amada y en confianza, pero también enseñándole que existe la crueldad en los seres humanos y que puede ser mejor que ella. A los nueve años volvió de la escuela golpeada y nos dijo que tuvo una pelea con un niño grande que estaba molestando a uno más pequeño. Cuando le pregunte por qué no llamó a un profesor me respondió que no podía dejar al niño pequeño solo.

—Le dije al grandulón que pare. No me hizo caso. Lo halé hacia atrás, me golpeó y me dijo entrometida.

—¿Y luego lo golpeaste? —dije con un ligero tono acusatorio.

Nova miró sus puños moreteados, las heridas cubiertas por esparadrapo.

—Quería que lo golpearan. Cuando los profesores llegaron y nos separaron, me dijo que yo era fuerte y me hizo caso cuando le dije que le pida disculpas al niño más pequeño.

Preocupado, le conté a Nico el incidente esa noche, antes de acostarnos. Me dijo que ya lo habían llamado de la escuela y al principio no emitió ningún juicio. Lo observé vestirse con el pijama, apagar la luz de la habitación y sentarse a mi lado en la cama. Yo tenía encendida mi lámpara de escritorio, así que había luz suficiente para vernos las caras.

—Los fuertes se aprovechan de los débiles —dijo Nico finalmente—. Si Nova es fuerte y enfrenta a los fuertes para ayudar a los débiles, entonces creo que no va por mal camino. Lo que nosotros debemos hacer es enseñarle sus límites, ¿no crees?

Cuando entablábamos conversaciones serias me daba la impresión de que las palabras que pronunciábamos tenían otro sentido que no se revelaba oficialmente pero estaba ahí, claro como el agua. Volvíamos a los diecisiete años, a lágrimas, discusiones y gritos, a los puños de Kyle y Buck, y a la silueta cada vez más borrosa de Ben. Los matones de la cabaña de Apolo no volvieron a aparecer y el por qué era un secreto entre los tres.

Ahora Nova tiene diez años, la edad que tenía Nico cuando descubrió que era un semidiós, y yo cuando lo vi por primera vez.

Sé que Nico todavía busca a Ben. Espera que se aparezca en el campamento, incluso lo he visto inspeccionando a los transeúntes en las calles. Nunca perdió la esperanza de volver a verlo. Es algo totalmente ajeno a mí. Creo que a Ben le gustaría saberlo.

Ayer volvió más emocionado de lo normal.

—Me han contado que vieron algo extraño en el bosque. Sombras que nunca formaron cuerpos. Los semidioses se asustaron, pero nadie atacó. A la mañana siguiente, encontraron una libreta. —La sacó de su bolsa como si fuera una reliquia—. En la portada hay un dibujo de un sol.

La tomé y la abrí. Estaba vacía. Miré a Nico, confundido. Él sonrió ampliamente, los ojos brillantes. Me enseñó su espada, en el sector donde estaban las siete rayas. Fui comprendiendo.

—Cada año he hecho un conteo de los días desde que despertaste —me confesó, bordeando la libreta con el índice—. Han pasado casi nueve años, 3170 días. Tiempo muerto. Ben me dejó esta libreta por algo. Comienza en la página siete, está enumerada. Como si fuera una continuación de... ese entonces. Nosotros estamos bien, lo único que podría suceder es...

—Que él aparezca —completé, pero no estaba seguro ni de querer averiguarlo.

Ese pensamiento me borra la sonrisa. Realmente espero que eso de la libreta sea solo una coincidencia. Porque tengo la certeza de que si esa vieja cuenta se rehabilita no será solamente por algo tan inocente como el regreso de Ben. Percibo monstruos, sangre y sufrimiento. Y abrazo más a Nico, quien parece dormir plácidamente, soñando esperanzas a todo color.

⋆✧ 𝓣𝓱𝓮 𝓮𝓷𝓭 ✧⋆

⋆✧ 𝓣𝓱𝓮 𝓮𝓷𝓭 ✧⋆

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
7 daysDonde viven las historias. Descúbrelo ahora