25. Mil palabras valen más que una imagen

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La casa estaba en completo silencio. Tuve miedo de dar un paso hacia el interior, pues mis pisadas resonaban en la casa como si llevara botas de hierro. Me quedé plantada en el marco de la puerta durante unos segundos antes de cerrarla detrás de mí. De inmediato, me pregunté qué cojones estaba haciendo. ¿De verdad iba a intentar hablar con el hombre que había matado a mi hermano?

Pero ese hombre también me había amado durante meses como nadie lo había hecho, y me había enseñado lo que era la felicidad. Durante el juicio, ni siquiera sabía qué había pasado esa noche. ¿No merecía una oportunidad de explicarse?

—¿Hannah?—dije en voz alta, con cierta duda. Nadie me respondió, así que supe que la niña no estaba en casa. Que la hubieran dejado a cargo de alguien más en vez de con su hermano mayor de alguna manera me incomodaba. Hunter estaba acusado de haber matado a otro chico, accidentalmente por lo que parecía, pero nunca sería capaz de hacerle daño a su hermana pequeña. La quería más que a nada en el mundo.

A medida que subía las escaleras con cautela, me di cuenta de que tenía sentimientos encontrados. Odiaba a Hunter por haber apartado a Matt de mi lado, pero también lo quería porque era mi mate y era inevitable. Además, si él no recordaba cómo sucedió, ¿cómo tenía tan claro que lo había matado? ¿Qué sucedió en realidad aquella noche? Hunter no parecía haberlo hecho con maldad, sino que había sido un accidente.

Nada tenía sentido en mi cabeza. ¿Por qué no era capaz de ponerme de lado de alguien en concreto? ¿Por qué dudaba tanto? Sabía que todavía tenía esperanzas de que Hunter no hubiera sido, pero era ridículo tenerlas, ¿verdad?

—¿Hannah?—volví a llamar cuando llegué al piso superior. Me dirigí a su gran habitación y entonces comprobé que no se encontraba ahí. Observé el balcón que tanto le gustaba y salí de la habitación en dirección a la que era la mía.

Echaba de menos mi cuarto, tengo que admitirlo. La habitación del hotel era tan monótona y poco acogedora que no había ningún día que no quisiera dormir en mi cama. O en la de Sharp Tusk, oh, cómo lo extrañaba.

Pasé la mano por mi almohada y fantaseé con dormir allí aquella noche. Sacudí los pensamientos de mi cabeza y miré el armario. Ya que estaba ahí, podía coger algo de ropa y llevármela al hotel, no había nada de malo en eso.

Abrí las puertas y miré en los cajones para elegir qué me llevaría. Fue entonces cuando vi las cajas de zapatos y recordé algo. Saqué la última caja con cuidado de no hacer ruido y la abrí. En su interior, todavía estaba la daga plateada que me había dado el lobo en el bosque.

Con una mano vacilante, agarré la daga por la empuñadura y pasé los dedos por su filo como había hecho cuando la encontré. El mismo escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Qué haces aquí?

Me di la vuelta inmediatamente, con el corazón en un puño. Por instinto, alcé la daga en modo defensivo. Hunter me observaba desde el marco de la puerta, con el pelo despeinado y ropa de pijama.

No había encendido las luces para no alertar a nadie, así que la luz de la luna era lo único que alumbraba al chico. Aun así, me dejó sin aliento, y el dolor volvió a mi pecho.

—¿Has venido para amenazarme con una daga?—adivinó con incredulidad. Estaba ahí de pie, en la puerta, con los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo, como si estuviera agotado.

Yo todavía seguía con el arma en alto. Me temblaba el brazo, pero no encontré las fuerzas para bajarlo.

—No—respondí, aunque no soné muy convincente. Él tampoco lo creyó.

—Ah, has venido a recoger la daga para luego apuñalarme. Adelante, no me resistiré—se rindió, dando un par de pasos adelante y alzando los brazos, dejando su torso indefenso.

PhoenixHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora