Capítulo 40 : Entre el rechazo y la desesperación.

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Cuando caí en cuenta de que Patrick llegaría al otro día sufrí un leve ataque de nerviosismo y no sabía exactamente por qué.

Bien, hacía más de una semana que no lo veía y lo echaba de menos pero, aun así, me estaba pasando de la raya. Como podía sentirme así de ansiosa. Además, no lo vería hasta la noche, él mismo me dijo que lo primero que haría al llegar de su viaje era ir a su oficina.

Pasé todo el día tensa y nerviosa, con esa sensación dentro de mí, algo muy parecido a cuando estaba excitada pero también molesta. Todo eso se revolví en mi vientre y me hacía sentir incómoda.

Al siguiente día, luego de clases y cuando ya estaba en la casa, observé la hora en el reloj de la pared y me puse de pie. Estaba cansada de esperar, ya era tiempo de que yo fuera a la montaña.

Cuando llegué frente a la secretaria de Patrick ella me sonrió al verme. Le mostré la bolsa de papel con comida y asintió al comprender el mensaje.

—¿Está ocupado? —negó.

—No—. Suspiró—. Ya terminaron todas sus reuniones, pero aun así creo que estaba revisando algunas otras que tendrá durante la semana.

Asentí y observé la puerta unos segundos.

—Bien, voy a entrar y haré que coma algo —siguió sonriendo y arrugué mi frente —¿ha comido?

—No, nada, incluso le pregunté y dijo que no quería

Suspiré.

—Bien —murmuré. Luego sonreí y me moví hacia la oficina.

Entré sin tocar y me detuve un segundo al ver que el lugar estaba vacío. Arrugué mi frente, pero aun así ingresé, dejé la bolsa en la mesa y llegué a la ventana. Miré alrededor.

Sentí el segundo exacto en que ingresó a su oficina. No me giré, pero si lo vi llegar detrás de mí por el reflejo.

Él se acercó aún más, hasta que sentí todo su cuerpo detrás del mío, me abrazó para tenerme más cerca.

—Dije que llegaría en la noche a casa.

Me encogí de hombros y suspiré cuando él recorrió mi vientre con una de sus manos.

—Esperé —susurré, luego gemí cuando llegó a mi pecho —pero me cansé de esperar.

Él besó mi cuello y llegó a mi oído.

Suspiró.

—Vete a casa —dijo sorprendiéndome.

Lo miré enseguida cuando se alejó de mí y llegó a su escritorio.

—¿Qué? —preguntó confundida. Lo iba a visitar y me decía vete a casa.

No me miró.

—Sí, tengo que terminar algunos trabajos, no tengo tiempo para esto—. Abrí mi boca sorprendida.

—Patrick —lo llamé, no me miró, siguió mirando sus malditos papeles—, vine a verte porque hace más de una semana que no nos vemos y tú me estas rechazando.

Suspiró y pasó una mano por sus ojos, me miró.

—Ana Luisa, vete a casa —solo me observó, como no me moví entrecerró los ojos—. Yo no te pedí venir, incluso te dije que no nos veríamos hasta la noche, ¿qué haces aquí?

—Solo quería saber cómo estabas —murmuré.

Volteó sus ojos. Y fue ese despreocupado hecho el que me hizo enfurecer. A él le importaba poco que yo estuviera allí.

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