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―¿Por qué siempre tengo que ser yo el que ponga las normas? No me mires así, Sirius. Solo tiene catorce años y es invierno, anochece pronto, no puede salir hasta las tantas.

―Las diez de la noche no es «hasta las tantas».

―No, pero más tarde de lo que debería.

―La sesión del cine termina a esa hora.

―Entonces tendrías que haberle dicho que no puede ir al cine.

Suspiraste, poniendo los ojos en blanco, y eso me enojó aún más. No era la primera vez que teníamos aquella discusión. Tú solías ceder fácil con Teddy, decías que «confiabas plenamente en él» y no es que yo no lo hiciese, es que tan solo era un niño. Confiaba en él, no tanto en los demás, en los desconocidos que pudiesen hacerle algo, en las compañías con las que pudiese juntarse en algún momento. Yo qué sé, Sirius. Tenía miedo. Empecé a tenerlo en cuanto él creció y dejó de necesitarnos tanto. Lloré como un idiota el día que nos dijo que había tenido su primer beso, y también ese otro en el que nos anunció que se iría de viaje de fin de curso con el colegio. Ahora que ha pasado el tiempo, admito que quizá me equivoqué, pero en ese momento no supe hacerlo de otra manera, porque era un sentimiento visceral, uno que me oprimía y no me dejaba respirar ni ver más allá de lo que me preocupaba.

―Está bien, iré a recogerlo a la puerta del cine, ¿te vale eso?

―Sí, pero también me vale que a la próxima seas tú el que le diga que no a algo. Porque siempre soy yo, Sirius, siempre tengo que poner límites y quedar como el malo.

―Estás exagerando. Estás... haciendo eso otra vez.

―¿Haciendo el qué?

―Da igual. Déjalo.

―Qué fácil es así.

―No quiero discutir.

Pasaste por mi lado sin rozarme, cogiste el paquete de tabaco y te marchaste de casa. Yo me quedé en la cocina, pensando... pensando... en esa tontería. En que no me habías ni rozado. Puede sonar poca cosa, pero me di cuenta de que hacía tiempo que no lo hacías. No lo hacíamos, en plural. Y no en momentos como aquel, no cuando nos enfadábamos, sino de normal. Porque años atrás buscabas cualquier excusa para tocarme, la que fuese. Podíamos estar de mal humor, incluso, pero tú encontrabas la manera de que nuestros hombros se rozasen o nuestras miradas se enredasen. Era algo más allá de lo físico.

No estábamos pasando una buena época, ni juntos ni por separado. Siempre tenía mucho trabajo que hacer y, en cierto modo, nunca terminaba. No tenía un horario como tú, no salía a las cinco y punto. Y además eras de los que aprovechabas las horas de tutoría libres para corregir los exámenes y no traértelos a casa. Yo, en cambio, paraba cuando decidía que había llegado el momento de hacerlo y, últimamente, nunca sabía dónde poner el límite, porque quería abarcar más y cada hora extra, cada hora que quitaba de otras cosas, sumaba.

Y cada vez que nos alejábamos, me decía que «éramos nosotros».

«Éramos nosotros», con todas las letras.

Estaríamos bien. Estábamos bien.

StarlightDonde viven las historias. Descúbrelo ahora