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No conseguía conciliar el sueño. Teddy estaba celebrando su cumpleaños número dieciséis y le habíamos dejado que se quedase a dormir en casa de uno de sus mejores amigos. Era una noche fresca, aunque ya casi estábamos dejando atrás la primavera, y de repente un recuerdo que parecía lejano me azotó con fuerza. Me giré en la cama y suspiré hondo.

―¿No puedes dormir?

Tenías la voz ronca.

―No. ¿Tú tampoco?

Negaste con la cabeza mientras imitabas mi postura. Nos quedamos allí, los dos con la mirada clavada en el techo, respirando hondo, respirando juntos. Aquel pensamiento me alivió entre el recuerdo que se había colado en medio de la noche y que, en lugar de bonito, empezó a resultarme distinto... punzante...

―¿En qué estás pensando? ―preguntaste.

―Te sorprendería saberlo. Es una tontería.

―Cuéntamelo, Remus.

Noté los labios secos, me los lamí.

―Pensaba en ti, en mí y en aquella noche que pasamos en Londres. Parece que hace una eternidad de aquello. Parece... parece que ocurrió casi en otra vida.

Solo silencio. Y tu pecho subiendo y bajando con fuerza.

―Fue una gran noche ―susurraste.

―Me duele. ―Ahogué un sollozo.

―Remus, cariño...

Nos encontramos en medio de la oscuridad. Noté tus manos en las mejillas, el tacto de tus dedos mientras me limpiabas las lágrimas y respirabas contra mi piel, cerca, más cerca que de lo que habíamos estado en mucho tiempo, aunque solo fuese físicamente.

―No sé qué nos está pasando...

―Yo tampoco ―dijiste y las palabras fueron un golpe, porque tú siempre eras el que tenía las soluciones en el fondo de algún bolsillo, porque tú eras el que arrastraba hacia arriba incluso cuando tiraba hacia abajo sin darme cuenta. Yo era más egoísta, más mío. Tú eras una ventana abierta en una casa cerrada, pero ese día me di cuenta de que llevaba años con el pestillo puesto y ni siquiera me había percatado de ello.

―Quiero volver a aquella noche, quiero que volvamos a ser esas personas. No lo entiendo. No sé qué ha sido de nosotros durante estos últimos años, pero empiezan a pesar...

Se suponía que tú tenías que decir algo, Sirius. Se suponía que en ese momento llegaban las palabras mágicas. Un «todo está bien», o algo como «lo superaremos juntos». Pero no hubo nada. Solo tus manos en mi cuerpo. Tus labios sobre los míos. Con furia. Con rabia. Como si no encontrases lo que estabas buscando por más que te hundieses en mí con fuerza, como si a pesar de estar pegados hubiese un plástico impermeable entre nosotros.

StarlightDonde viven las historias. Descúbrelo ahora