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La noche de Reyes había llegado, pero no para todos era tan mágica como soñaba mi hermana Catalina y, en vez de recibir caramelos, a mí me había tocado recibir una nueva sesión de quimioterapia que me hacía pasar aquella fecha tan especial para mi familia en Madrid. Eso sí, no iba a estar sola y, por una vez, me apetecía lo de cambiar de planes, más aún teniendo en cuenta quién iba a cenar conmigo aquella misma noche.

Aquella mañana había madrugado más de lo normal para llevarles un detalle a Lourdes y Alicia, y el resto de personas que estuvieran por la sala, después de aguantarme tanto tiempo, e incluso me había dado por organizar un poco la casa para que cuando llegara Amelia a la noche se lo encontrara todo en su sitio y limpio.

- Hola, Luisita – saludó Irene entrando en la sala – qué temprano has llegado, te recuerdo que los Reyes vienen mañana – bromeó – te veo feliz

- Lo sé, Irene, lo sé – respondí entre risas – No sé, este día siempre ha sido mi favorito de todas las Navidades, es como muy especial, aunque este año no lo vaya a pasar en casa

- ¿Viene tu familia? – negué – uy, eso suena a que cierta morena de rizos va a estar hoy contigo – yo asentí, escapándoseme una sonrisa – ¡Qué fuerte! ¿Y no me lo ibas a contar?

- Acabas de llegar, creo que tenemos todavía horas por delante para hablar

- Eso es verdad

- ¿Tú cómo estás?

- Pues, aunque no lo parezca con este cuerpo esquelético que se me ha quedado, bastante bien. Estos días me encuentro más animada y con un poco más de fuerza

- Eso es muy buena señal, ya verás como en nada estamos viendo El Rey León como te prometí

- Ojalá, Luisita, no sabes las ganas que tengo – respondió – oye ¿y ese arsenal de pasteles que hay ahí?

- Bueno, un detallito de Reyes y también tengo una cosa para ti – dije haciéndome un poco la interesante

- ¿Para mí? Pero eso no es justo, que yo no te he regalado nada

- Ni quiero que lo hagas. Además de que es una tontería, pero lo vi y pensé en ti automáticamente – le entregué el pequeño paquete e Irene no tardó nada en desenvolverlo

- Es precioso, Luisita

- ¿Te gusta?

- Me encanta – respondió quitando la pulsera de la caja para ponérsela – solo el hecho de que te hayas acordado de mí me parece precioso. Muchas gracias, de verdad. Siento no tener yo nada para ti

- Ya te he dicho que no tienes que hacerlo

- ¿Me ayudas a ponérmela?

- Claro – me acerqué un poco más a su sillón, aprovechando que todavía no estábamos atadas a nada, y se la puse – Espero que te dé buena suerte

- Seguro que sí – respondió mirándose la muñeca unos segundos – Bueno, y a lo que íbamos – soltó cambiando enseguida de tema como ella siempre solía hacer

- A ver, miedo me das

- ¿Se lo vas a contar hoy a Amelia? Porque no deberías esperar ya más, merece saberlo, Luisita, y estoy segura, por todo lo que me has dicho de ella, que lo único que va a hacer es estar aquí contigo en la próxima sesión y cuidarte aún más de lo que lo hace

Un susurro en la tormentaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora