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Cuando llegué a Madrid algo en mí también cambió. Siempre había sido la típica persona que vivía por y para los demás, que se preocupaba de cada cosa que les pasaba a sus amigos, a su familia, dejando a un lado mis problemas, anteponiendo los suyos. Y, no me juzguéis, pero aunque eso estaba muy bien, al llegar a mi nueva ciudad empecé a aprender a ser egoísta, a mirar por mí, a preocuparme por quien de verdad merecía la pena y a distanciarme un poco de los problemas que me habían llegado a causar incluso ansiedad porque los terminaba haciendo muy míos a pesar de que realmente no lo eran.

Por eso, al conocer la enfermedad de Luisita, tuve un dilema. Porque sí que es verdad que ella era lo mejor que me había pasado desde que llegué, que, aunque siempre decía que la había ayudado, ella también me había ayudado a mí y que estaba enamorada no podía ser más cierto, pero me daba miedo cambiar mi nueva filosofía, aventurarme a algo que no sabía cómo iba a salir, incluso hacerme las pruebas de compatibilidad, así, de repente, sin poder pararme a pensar un momento en cómo me podía afectar todo aquello.

Sin embargo, cuando la vi por segunda vez y hablé con ella, el dilema se borro de inmediato. Me daba igual todo aquello, porque dentro de mi egoísmo estaba ella y estaba hacer todo lo posible porque se recuperara. Verla en aquella cama, en la manera que estaba me impactó, me hizo replantearme cosas y me di cuenta de que pensar en mí, era pensar en pasar todo el tiempo que pudiese con ella en aquel hospital porque era lo que realmente me preocupaba, lo que quería hacer yo, sin que nadie me dijera si aquello estaba bien o estaba mal, simplemente era mi propia decisión.

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Al día siguiente de estar en el hospital, conseguí no tener que ir al instituto con la excusa de que tenía que hacerme la prueba de compatibilidad, pero el jueves no pude librarme y me tocó ir por allí, agradeciendo que apenas tenía dos clases.

María me sustituyó, quedándose toda la mañana con Luisita y permitiéndome también salir un poco antes para ir a casa y darme una ducha que pudiese despejarme. Llegué al instituto diez minutos antes de que sonara el timbre, por lo que me permití bajar un momento a la cafetería y tomarme un café rápido para poder mantenerme despierta.

- Buenos días, chicos – saludé entrando en el aula y dejando mis cosas encima de la mesa mientras empezaban a sentarse en sus asientos – hoy vamos a hacer algo diferente, pero para eso necesito que colaboréis todos y os dividáis en grupos de cinco personas que voy a hacer yo – comenté viendo cómo las caras de algunos cambiaban con lo último que había dicho

Organicé los grupos a conciencia, pensando en la actividad que íbamos a hacer y le entregué a cada uno de ellos un papel en el que se podían observar cinco personajes y una situación que tenían que recrear.

- El diálogo es completamente libre, tenéis cinco minutos para prepararlo y construir un poco cómo van a ser vuestros personajes, cómo los veis y el lugar en el que vais a recrear la acción – informé mientras caminaba de un lado a otro por el pasillo que habían formado en el aula

- Pero, profe, ¿no entiendo que tiene que ver esto con la lengua? – preguntó enseguida uno de ellos

- Bueno, es que la lengua no es solo leer, escribir y aprender literatura, ¿no creéis? También es importante que sepáis expresaros, improvisar, hablar delante de los demás sin miedo a lo que podrán pensar de todos vosotros

- Sí, muy bonito eso, pero tú dirás qué tiene que ver esta persona conmigo – salto otro señalando el personaje que le había tocado

- Tiene mucho que ver, porque no solo estáis aquí para memorizar algo, soltarlo en el examen y al día siguiente olvidarlo. Estáis aquí para aprender, para empatizar y ese personaje que te ha tocado yo creo que te va a ayudar mucho – me hizo una mueca de aceptación y todos se pusieron a compartir ideas entre ellos pensando cómo podían sacar lo que aparecía en cada uno de sus papeles

Un susurro en la tormentaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora