Los cuentos del príncipe

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En este cuento el príncipe es a la vez dragón, sapo, caballero y lobo: todo depende del día, el clima, la estación, su conveniencia o el papel que necesite interpretar para conseguir lo que quiere. La princesa, digamos que nunca se creyó que lo fuera, se veía más como plebeya, bruja y en los días en que se amaba a sí misma se sentía reina.

Él era una de esas personas que nunca sabes si está diciendo la verdad, aunque la verdad siempre depende de quien la cuenta, mi verdad puede no ser la tuya, aunque ambos hayamos experimentado lo mismo uno al lado del otro, es que no vemos el mundo como es sino como somos. Ella siempre decía la verdad, al menos la necesaria, pues algunas cosas es mejor dejarlas bien guardadas.

La princesa adoraba estar en su torre, aunque a veces sentía que todos sus escudos no la dejaban ver más allá de sus miedos e inseguridades y su encierro era más por elección que cualquier otra excusa que se ponía a sí misma para evitar enfrentar al mundo real. El príncipe estaba acostumbrado a serlo, no creía en torres o escudos, sabía usar sus propios miedos y los ajenos a su favor, nunca sabías si su vulnerabilidad era real o fingida, pero eso causa una curiosidad de las que matan al gato y a pesar de todo nunca lo descubres a tiempo.

A veces saber decir lo que la otra persona quiere oír tiene más poder que cualquier hechizo. Ambos lo sabían, él hechizaba con palabras y ella hacía magia con acciones, a veces intercambiaban papeles, se divertían, se mentían a sí mismos y el uno al otro, pero eran las mentiras más bonitas que ella había oído y las que él decía por enésima vez pero que en el fondo quería creerse.

Pero no hay verdad sin mentira, por lo que algo de verdad se asomó entre las promesas de él y las ilusiones de ella, una verdad que daba miedo, una verdad que cambiaría la vida de ambos, una verdad que luchó por salir a la luz, que estuvo a punto de ser gritada por algo más que el brillo en sus ojos cuando se miraban, que los abrazos temblorosos, que la risa injustificada, las charlas interminables y los besos robados, una verdad que ya todos sabían pero que el príncipe se negó a asumir y que la princesa prefirió ignorar, pues si él prefería hacer de la verdad que llegaron a conquistar solo otra mentira ella no era quien para desmentirlo.

Así el príncipe ahora convertido en sapo se marchó a otro cuento buscando una princesa que lo haga rey, pero que no sea reina. La princesa quiere mantenerlo en su historia, aunque en el fondo sabe que se merece un caballero que solo sea rey a su lado.

Pero el final siempre sorprende, aunque esté escrito desde el principio y el de este cuento iluminó una verdad que ambos querían esconder: él era un buen mentiroso porque tiene fe en que sus mentiras son verdad, ambas, las que se dice a sí mismo y a los demás; ella era una ingenua que besó al príncipe para convertirlo en rey a pesar de que las posibilidades indicaban que no pasaría de sapo. Ambos sabían lo que pasaría, pero decidieron hacerse compañía mientras se mantenían a la espera de que uno de los dos hiciera realidad el ojalá por el que tenían que luchar ambos.

Diario de una escritora aficionadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora