{Trap/Final}

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Después de dos meses de la boda que nunca fue, el mundo no se acabó.
Al contrario: se ordenó.

A veces pienso que lo más irónico de todo es que Jihyun no cayó por amor ni por celos, sino por algo mucho más simple y devastador: la avaricia.

La denuncia avanzó más rápido de lo que imaginé. Intento de homicidio, acoso reiterado, agresión física, daño psicológico comprobado y fraude documentado. Había vendido el cuadro de mi padre —Regazo de madre— haciéndose pasar por su padre, falsificando documentos y aprovechándose de un apellido que nunca pudo respetar y honrar. Cuando lo arrestaron, no hubo discursos, ni súplicas dramáticas. Solo el sonido seco de las esposas cerrándose y una historia que, por fin, dejaba de perseguirme.

Lo más gracioso es que incluso Jimin tuvo que pagar por una infracción carísima por exceso de velocidad. Al igual que Jihyun, ambos terminaron sancionados administrativamente por conducir a exceso de velocidad y provocar disturbios en la vía pública.

Multa pagada, advertencia firmada y con antecedentes limpios y una sonrisa cansada que decía "valió la pena". Jihyun, en cambio, no tuvo la misma suerte.

 Claro está que los chicos después le dieron su parte de la multa para que dejara de recordárnoslo a cada rato con un puchero

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 Claro está que los chicos después le dieron su parte de la multa para que dejara de recordárnoslo a cada rato con un puchero.

Gracias a él —y esa es una frase que nunca pensé decir— entendí algo importante: no todas las pérdidas son derrotas.


"Regazo de madre" jamás se recuperó. El cuadro desapareció en una cadena de compradores, intermediarios y silencios legales imposibles de romper. Duele. Mucho. Era una obra irrepetible, una parte de mi padre que ya no volverá. Pero su sacrificio no fue en vano, logramos rescatar y proteger el resto de las obras en el museo. Se aseguraron, se catalogaron correctamente, y quedándose en donde pertenecían. Se salvó el legado.

Perder una obra fue el precio.
Salvar todas las demás, la victoria.

Y por primera vez en mucho tiempo, al pensarlo, no siento rabia.
Siento paz.

Después de unos meses, la vida me dio una noticia que todavía me cuesta creer cuando la recuerdo: mi nombre, junto al de Taehyung y Jungkook, estaba en la lista de artistas seleccionados para exponer en Nueva York. No como promesa, no como sueño lejano. Era real. Firmado. Confirmado. Tres jóvenes artistas llevando su voz, su historia y sus heridas convertidas en arte al otro lado del mundo.

Lloramos. Reimos. Volvimos a llorar.
Y pensé en mi padre.

Antes de viajar a estados unidos, sentí la necesidad de cerrar algo más. No una herida, sino un círculo. Así nació un cuadro distinto a todos los demás. No estaba destinado a una galería, ni a la crítica, ni al mercado. Era un agradecimiento.

Lo pinté pensando en ese mafioso que de la nada llego.
En Seokjin "El hermoso".

Podía imaginármelo llegando a su oficina en el muelle, con el olor a sal incrustado en la madera y el ruido del agua golpeando los pilotes, con su paso seguro deteniéndose frente al lienzo, sus ojos recorriéndolo en silencio, y esa sonrisa pequeña —casi imperceptible— que solo aparece cuando algo lo toca de verdad.

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