Soy el padrino

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--Suga--


—"Por favor, Suga... sé mi padrino de bodas."

La frase regresó a mí con una nitidez cruel, demasiado clara para alguien que apenas podía sostenerse despierto. No fue un recuerdo borroso ni amable; fue su voz tal como sonó esa noche, baja, sincera, cargada de una confianza que me había tomado por sorpresa.

Namjoon no lo dijo como quien hace una invitación formal. Lo dijo mirándome de frente, con esa expresión suya en la que se mezclan nervios y esperanza, como si poner su boda en mis manos fuera lo más natural del mundo.

Y yo... yo asentí.

Sin pensarlo. Pendejo yo... por decir que si...¿por qué no le dijo a Hobi?...

Aún puedo escuchar su voz con una claridad, colándose entre el ruido de mi cabeza y recordándome, con brutal precisión, que no solo había aceptado ser su padrino.

Había aceptado cargar con toda la responsabilidad que eso implicaba. Cuidar de Namjoon.

El cuello me dolía.
No, doler no era la palabra correcta. Ardía, como si hubiera dormido en una mala posición durante horas, con el peso de todo mi cuerpo hundiéndose contra algo demasiado duro para llamarse cama. Hice un gesto involuntario, llevando una mano a la nuca, y el simple movimiento provocó que un latido sordo explotara dentro de mi cabeza.

Abrí los ojos con dificultad.

La luz era tenue, filtrándose por alguna ventana que no recordaba haber dejado descubierta. El suelo frío del estudio fue lo primero que sentí con claridad bajo mi palma. Parpadeé varias veces, intentando enfocar, mientras el mundo parecía balancearse levemente, como si aún estuviera en movimiento.

—...No puede ser —murmuré, con la voz áspera, casi irreconocible.

Tardé unos segundos en procesarlo. No estaba en mi cama. Ni en un sofá. Estaba tirado directamente en el piso del estudio, rodeado del silencio incómodo que solo queda después de una noche demasiado larga.

Nuestro estudio.

El mismo lugar que, la noche anterior, había estado lleno de música, risas y botellas chocando entre sí.

Intenté incorporarme, apoyando el peso en un codo, pero el mareo fue inmediato y brutal. El estómago se me revolvió y tuve que detenerme, plantando la mano en el suelo para no caer de nuevo. Mi cabeza latía al ritmo de un bajo fantasma, insistente, como si la música aún siguiera sonando dentro de mi cráneo. Tenía la boca seca, la lengua pesada, y un sabor amargo que no necesitaba explicación.

Todo mi cuerpo protestaba al mismo tiempo, gritándome que había tomado decisiones muy cuestionables.

—¿Qué pasó anoche...? —susurré, más para mí que para el silencio que me rodeaba.

Cerré los ojos por un instante, buscando ordenar mis pensamientos, y fue entonces cuando los recuerdos comenzaron a llegar y no fue de una forma clara ni amable, sino en fragmentos sueltos, como fotografías mal reveladas: luces difusas, risas demasiado cerca, el sonido de vasos brindando sin cuidado... escenas incompletas que se superponían unas con otras, negándose a formar una historia coherente.

eso, de algún modo, fue lo que más me inquietó, porque entre esas lagunas mentales me llegó un recuerdo.

No como una imagen clara, sino como una sensación que me atravesó el cuerpo antes de que pudiera detenerla.

Una calidez.

Un calor distinto al del alcohol o al de la habitación cerrada. Era más cercano, más humano. Un perfume que no reconocía se mezcló con el olor a cigarro y alcohol en mi camisa y en mi piel. Dulce, floral... delicioso. No pertenecía a nadie que yo pudiera nombrar, y quizá por eso mismo se quedó adherido a mi memoria como una incógnita.

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