XI. Versiones

192 14 11
                                    

Timothée

Tras ver las lágrimas en las mejillas de Agnes solo pude sentirme desolado. Me sorprendía mi propia reacción emocional, aunque no más que la que ella había demostrado minutos atrás. Ahogué mis ganas de estrecharla entre mis brazos y borrar cada palabra o hecho que la hubiese llevado a ese punto mientras caminaba alrededor del campo. Qué fácil me había sido transitar del rencor a la empatía con ella, no me lo reprochaba, pero tampoco lo entendía en su totalidad.

En cuanto estuve seguro de que probablemente ya se hubiera metido a su habitación, me dirigí hacia la construcción de la que la había visto salir, no esperaba encontrar nada, solo deseaba deambular por sus pasos mientras su imagen siendo vulnerable golpeaba mi pecho insistentemente.

Al ingresar me encontré con una estancia amplia, había algunos sofás y libros. Al fondo de este lugar había una puerta de fierro que se abría desde donde yo estaba, por lo que la abrí, daba paso a un ascensor que iba... ¿hacia abajo? La curiosidad reemplazó el agobio en mi foco de atención. Presioné el botón del piso más bajo, el 20. Al abrirse la puerta me encontré con un pasadizo largo. Vi hacia todos los lados posibles, sentía que un peligro se acercaba a mí, pero no sabía de dónde venía eso. Al ver el espacio concluí que lo más probable era que sea un búnker preparado para cualquier tragedia.

Empecé a caminar por el pasadizo y noté que a cada lado de este habían celdas, estas estaban separadas del pasadizo por un vidrio grueso. Dentro de estas celdas se podía ver camas, lavatorios e inodoros. Seguí caminando observando el lugar e impresionándome por lo vacío que se sentía la estancia.

—Miren quién apareció por acá. Nada más ni nada menos que Timothée Chalamet —me sobresalté al escuchar una voz, pues esperaba estar a solas. Cuando me dirigí hacia la celda de donde provenía esta, observé a un hombre de unos treinta años, con cabello negro, ojos grises y marcados por ojeras profundas y piel pálida. Estaba sentado acostado en la pared y tenía un libro entre sus manos, me miraba con una ceja levantada y sonreía de lado.

—¿Cómo sabes quién soy? —inquirí dejando de lado otras mil preguntas que pude haber formulado.

—¿Quién no sabe quién eres, Timothée?

—¿Quién eres tú?

—Ah, esa es una historia diferente —murmuró pasándose la lengua por los labios y dejando su libro a un lado. ¿Era por él que Agnes estaba tan preocupada? Lo miré intentando analizar sus rasgos y su proveniencia. Se veía relajado y cómodo desde su celda. De pronto se puso de pie y se dedicó a estirar sus extremidades—. ¿Entonces has venido a liberarme por fin?

—¿Cómo liberaría a alguien que no conozco? —pregunté confundido con el ceño fruncido.

—Oh —pareció sorprendido—, me suelen llamar Antón, mucho gusto.

—¿Por qué esperabas que yo te liberara, Antón?

—¿Qué no eres de la Lucha Blanca?

—Sí, ¿y? —cada vez me sentía más confundido.

—Nosotros colaboramos con la Lucha Blanca —al ver mi rostro confundido prosiguió—, ambos queremos que todo esto acabe.

—Eres... ¿de la Nación del Norte? —pregunté sabiendo que la única colaboración que habíamos tenido en algún momento era con parte de la Nación del Norte que también quería detener la guerra, colaboración en la que nos traicionaron, vale la pena recalcar.

—¡Eureka!

—Ustedes nos traicionaron...

—Vine aquí a arreglarlo —anunció serio.

Entre el fuego y la guerra ▪︎ T. ChalametDonde viven las historias. Descúbrelo ahora