XXXV. Intervención

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El día pasaba lentamente, Julieta me tenía de un lado a otro como si fuera un accesorio suyo y yo temía decir algo que revelara lo poco que quería estar ahí. Sonreía y decía sí a todo, pero en el fondo de mi mente me preguntaba cómo estaría Agnes ahí abajo, ¿habría desayunado?, ¿le habrían ajustado las sogas lastimándola?, ¿cuándo nos iríamos de aquí?

Después de escucharla, temía profundamente que terminara decidiendo alejarse de mí y estableciera muros eternos a su alrededor. De ser así, no tendría qué reprochar, tenía mil motivos para hacerlo y todos eran válidos, pero deseaba que no fuera así. No podía seguir esperando el momento para poder tenerla nuevamente en mis brazos e impedir que se escurra de ellos.

—Entonces, ¿qué opinas? —preguntó Julieta sacándome de mis pensamientos. Debió notar mi ausencia porque suspiró y se sentó en la cama.

—Lo siento —murmuré sin saber bien qué más decir mientras la ansiedad se hacía a un lado en mi pecho.

—Lo entiendo —afirmó—, estás nervioso. ¿Es por Darlene?

—¿Darlene? —pregunté frunciendo el ceño, me tomó unos segundos pescar la idea y tomarlo como excusa—. Me atrapaste —dije abriendo los brazos como si me estuviera rindiendo. ¿Realmente no esperaba nada peor de mí?, ¿era yo tan bueno mintiendo?, ¿o sus sentimientos la cegaban?

—Tranquilo. Yo estaré contigo todo el tiempo —añadió con una amplia sonrisa, a la que respondí lo mejor que pude—. Ahora dime, ¿qué opinas de este? —repitió mostrándome un conjunto de ropa.

—Se te verá bien —afirmé.

El resto de la mañana pasó entre conversaciones banales. Para el almuerzo, habían llegado otras personas de la Lucha Blanca, incluida Darlene, quienes venían a celebrar el haber capturado a Agnes y mi participación en ello.

—Timmy, no sabes cuánto nos alegra dejar en el pasado lo pasado y volver a contar contigo —soltó Darlene.

—Hay que tener mucho valor para llamar como algo pasado al asesinato premeditado del 95% de mi unidad —respondí con amargura no disimulada. Ella abrió los ojos de par en par, no se lo esperaba. Quizá pensaba que debido a mi actuar, ya todo quedaba olvidado. A mi lado, Julieta tomaba mi mano bajo la mesa y presionaba esta, buscando calmarme.

—Ciertamente, hay que tener mucho valor para tomar riesgos a favor de nuestra lucha —señaló, teniendo la aprobación de su compañía.

—¿Qué no se supone que esto es una celebración? —intercedió Julieta, obligándome a morderme la lengua y no causar una pelea, no justo ahora.

Dejé pasarlo momentáneamente. Discutir no iba a servir de nada. Me quedé callado el resto del almuerzo y me limité a escuchar cómo hablaban de los planes que se podrían hacer a partir de ahora. Los planes iban desde ir a alguna playa, poder viajar, reencontrarse con familiares en otras naciones, hasta tomar el poder de nuestra nación.

—¿Tú qué piensas hacer una vez que esto acabe? —preguntó Julieta intentando incluirme en la conversación.

—Reparar —respondí sin dudar—, hay muchos lugares que aún necesitan restauración, y personas, por supuesto.

—Esa respuesta es tan Timothée —respondió con los ojos brillantes.

—Bueno —interrumpió Darlene tosiendo, poniéndose de pie, claramente incómoda por mi respuesta, y, cómo no iba a estarlo, si ella solo pensaba en sí misma—, creo que podemos hacerle una visita a nuestra refugiada —agregó con saña.

Todos nos pusimos de pie con ella y la seguimos. Por mi parte, solo deseaba ver ya a Agnes para saber que se encontraba bien, pero debía fingir serenidad, así que me ubiqué al final del grupo de 5 personas, con Julieta a mi lado.

Entre el fuego y la guerra ▪︎ T. ChalametDonde viven las historias. Descúbrelo ahora