Agnes
Las tardes me las pasaba pintando en el espacio disponible del ala médica, era el único lugar en el que encontraba paz, lejos del bullicio de los soldados, los gritos y las armas. Pintar era la única actividad que lograba relajarme, ubicarme en el presente y recordarme por qué hacía todo esto.
En estas últimas semanas se había sumado un pendiente: ver si Timothée Chalamet lograba despertar o no del coma al que había sido inducido tras el ataque padecido hace unas semanas, si había valido la pena poner la vida en riesgo por salvarlo o si, de todas formas, era una causa perdida.
No pude explicarles con honestidad a mis compañeros qué fue lo que me impulsó a arriesgar la vida por su pellejo, "Necesitamos la mayor cantidad de personas posibles" les dije cuando empezaron a cuestionar mis decisiones, obviando que era el hijo de un antiguo amigo que perdí en combate. Antonieta, la médico líder y una de las pocas personas de confianza que tenía, me había comentado que había despertado el día anterior, así que quizá sí había valido la pena.
La verdad es que había más razones para preocuparme que el que un tipo, que encima me odiaba, despertara o no, como el avance la Nación del Norte y la recuperación de la tierra que fueron abarcando en su expansión tras la Guerra Química. Pero tenerlo acá, mientras su vida pendía de un hilo había traído consigo muchos recuerdos, la mayoría de ellos dolorosos: por su padre, por su representatividad en la Lucha Blanca y, por último, por similitud a alguien a quien había perdido hace unos años.
―Permiso para presentarme, comandante Evans ―había escuchado esa voz infinitas veces, aunque esta vez sonara apagada, como si le dificultara emitir sonidos. Anteriormente solo lo había oído mediante pantallas en las que reproducían manifestaciones de la Lucha Blanca, aquel movimiento social que intentaba desarticular la guerra y buscaba la paz, una paz inexistente durante los últimos 20 años a causa de, como él lo llamaba, "un pedazo de tierra con minerales", si tan solo supieran lo que había en juego...
Me giré para verlo, estaba frente a mí con una bata de hospital dejando entrever gran parte de su piel pálida, tan pálida que podría haber visualizado sus venas en ella con solo acercarme. Tenía un gesto severo en el rostro, era de esperarse, en muchas ocasiones me había llamado la mujer del terror por liderar la guerra, por mantenerla.
Estaba descalzo y tenía ambas manos entrelazadas por detrás de su cuerpo. No pude evitar advertir la belleza de su rostro, la delicadeza con la que cada parte de él parecía haber sido pincelada, acompañada de unos ojos verdes teñidos de una oscuridad que no me sorprendía, con unos rizos castaños cayendo de su coronilla y una mandíbula perfilada.
Me acerqué unos pasos a él, ubicándome frente suyo, fácilmente podría decir que me llevaba una cabeza de altura, o incluso más. Me invadieron unas estúpidas ganas casi incontrolables de sentir su piel, de sentir que de verdad estaba vivo. Parecía traído de otra dimensión, las caras de acá solían tener un rasgo solitario, desesperanzador, con una tristeza profunda y una gran resignación, pero él parecía estar furioso, sus ojos brillaban de enojo y las venas bajo su piel se pronunciaban por lo tenso que se encontraba. Estaba vivo, y no solo en el significado estricto de la palabra. A diferencia de los zombies, que era como nos llamaba Antonieta, que deambulaban por acá, él de verdad estaba vivo.
―Permiso concedido. Aunque... ya sé quién eres, Chalamet ―dije indiferente al rechazo que emanaba su presencia contra la mía. Si hubiera estado de buen humor hasta podría haberme resultado una escena graciosa. Él, por su parte, pareció sorprenderse por mi respuesta, hizo una mueca con los labios, pero no se movió y, tras unos minutos, continuó sin decir nada manteniéndose de pie únicamente observándome con la misma mirada severa sobre los ojos, casi como si de tener una arma a la mano, hubiera disparado sin pensarlo dos veces―. Te quedarás con nosotros durante una temporada. No sé qué te ha dicho Antonieta hasta ahora, pero debes entender lo delicado del estado en el que te encontramos ―y lo delicado del estado militar como para dar a conocer nuestra ubicación y llevarte a otro cuartel, agregué en mi mente.
―Pero... ―empezó a decir frunciendo el ceño y alborotando las ondas castañas que rozaban su cuello con una de sus manos― necesito volver, me necesitan ―suspiré antes de poder responderle. Lo que seguía sería complicado, incluso habiendo pasado por diversas muertes, no se volvía más fácil.
―No existe más esa unidad. El ataque fue brutal, Stan y tú son los únicos que están aquí ―dije lo más neutral posible, sus ojos se abrieron enormemente y se acercó más a mí, curioso y posiblemente dolido por lo que acababa de decirle. Habían aniquilado a casi toda su unidad, al menos la parte que se presentó esa maldita tarde en busca de compasión en seres que solo veían destrucción. ¡Ja! ¿No eres tú uno de esos seres?, me reproché a mí misma.
―¿Stan sobrevivió? ―casi podía decir que se veía feliz, y me sorprendió verlo así después de la noticia que le acababa de dar, su apariencia viva se incrementó y, con ello, su atractivo. Me sorprendió, además, lo expresivo que resultaba su rostro, hasta entonces había mostrado enojo, curiosidad, sorpresa y felicidad en menos de cinco minutos, algo inusual en un lugar donde los rostros eran inexpresivos casi en su totalidad. Me esperaba un llanto, un momento incómodo para mí y tener que brindar un consuelo superficial y, en cambio, tenía un hombre con los ojos brillantes de alegría frente a mí.
―Así es ―apunté a la esquina del cuarto en el que pintaba antes de que preguntara algo más y continuara sin saber bien cómo reaccionar a su estado de ánimo, no quería tener la oportunidad de lidiar con ello, estaba acostumbrada a lidiar con zombies sin sentimientos―. Ahí tienes ropa más... adecuada para ti ―dije mirando de arriba a abajo la tela traslúcida que lo cubría, mientras veía cómo sus mejillas se teñían de un rosado casi imperceptible, una expresión más: vergüenza. Causó en mí una ternura que no sentía hace mucho tiempo, pero mantuve mi expresión serena―. Cuando te hayas vestido, puedes ir por el pasadizo y a la derecha encontrarás un camino comunicante con los dormitorios, estamos escasos de gente, así que podemos darnos el lujo de tener dormitorios propios. Ten ―le tendí la llave que guardaba en mi bolsillo―, te corresponde la 505.
―Gracias, comandante ―susurró en respuesta mientras la tomaba, pude observar la delicadeza de sus dedos y la firmeza de su mano.
―El horario de actividades está ubicado en el revés de la puerta, aunque en esa condición no creo que puedas hacer mucho ―dije con una mueca en mi rostro porque tener un soldado herido no servía de mucho y ponerlo en forma nuevamente sería un trabajo adicional. Mal momento para haber decidido liderar la unidad con los más jóvenes y principiantes de la población.
―Intentaré acoplarme.
―Puedes empezar observando. Nos vemos mañana, Chalamet ―dije retirándome de la habitación que había destinado para mis pinturas, aunque estas se encontraban cubiertas para el momento en el que él entró.
Me acompañaba una sensación difícil de definir, me sentía ¿feliz? ¿era eso? ¿feliz porque haya sobrevivido? ¿hace cuánto que no sentía felicidad por absolutamente nada? Era difícil creerlo, ni siquiera lo conocía. ¿Si no lo conocía por qué había puesto en peligro mi vida por salvarlo? Esa respuesta sí la conocía, pero admitirla era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Sabía que la convivencia sería complicada y conocía el odio que ese muchacho sentía por mí, supongo que yo misma me lo busqué.
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Entre el fuego y la guerra ▪︎ T. Chalamet
FanficEn un mundo que vive en una guerra constante, ella comanda una de las más grandes fuerzas y busca encaminar a su Nación a la victoria absoluta. Él, por su parte, solo busca detener el innecesario derramamiento de sangre y encontrar paz para toda la...