V. Golpe

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Timothée

Esta noche me estaba costando conciliar el sueño. Había caído en cuenta que desde dentro de la G-16 tenía más posibilidades de hacer algo por la Lucha Blanca que desde fuera, podría hacer algo para desarticular la unidad y terminar con todo esto. Ser consciente de eso solo me había puesto intranquilo porque significaba planear y efectuar un plan, y eso incluía posiblemente traicionar a Agnes como parte de su tropa. No entendía bien por qué me incomodaba traicionarla, quizá me incomodaba el traicionar en general y ella no tenía nada que ver con eso.

Por otro lado, pensaba que no me hubiera incomodado tanto si es que no hubiera conocido un pequeño lado humano de ella hoy. ¿Quién habrá sido la chica a la que pintaba?, ¿su hermana?, ¿su madre? El dolor que se percibía en su mirada mientras contemplaba su obra de arte me había removido por dentro. Agnes sintiendo dolor. Agnes sintiendo algo, es que no terminaba creyéndomelo.

La sensibilidad en el arte, a mi parecer, siempre venía acompañada con sensibilidad humana. No se puede expresar algo mediante una canción, un poema o una pintura si es que no eres capaz de sentirlo. ¡Diablos, Tim!, me regañé, ¿por qué tienes que ser tan sensible hacia esas cosas? Si no hubiera sido ella, hubiera corrido a abrazarla y a decirle que entendía el dolor, que sentirlo era una putada y que sentirlo con compañía solía ayudar.

¿Por qué tendría que ser tan sensible hacia las muestras de arte o humanidad de los demás?, ¿era porque me arrastraban a recuerdos de mi padre?, ¿o porque simplemente así era yo?

Como alguien que formaba parte de la Lucha Blanca, incluirme en las filas militares no había sido bien visto, aunque nunca contemplé otra opción por mi padre. Él, a pesar de su edad, había pertenecido a la unidad comandada por Agnes el año que ella asumió el mando con su mayoría de edad, y había fallecido en esta. A veces me preguntaba si él solo era una sombra más entre todas las personas que habían muerto por su causa y en su unidad o si recordaría siquiera su nombre. Desde su muerte, sentí la obligación de culminar lo que él intentó hacer, aunque eso se enfrentara a mis ideales. Sin embargo, ahora que estaba acá podía juntar ambas situaciones, después de todo, ambos deseábamos lo mismo, pero por medios diferentes: el fin de la guerra.

Eso generaba una nueva incógnita: ¿Cómo contactarme desde aquí con la Lucha Blanca? Las unidades solían aislar sus comunicaciones de las naciones pues consideraban que así era más sencillo evitar infiltraciones de información, incluso habían suspendido el servicio postal, y con ello la seguridad sería mayor, pero los superiores solían tener un modo de comunicarse con el gobernador y con otros superiores. Quizá en la oficina de Agnes encontraría una forma de comunicarme, podría acercarme en algún momento y ponerme en contacto con la gente a la que dejé en la Nación, quizá así se podría dar fin a la guerra de una vez por todas... y me dormí soñando con el momento en el que todo acabara y volviera a casa con mamá y mi hermana.

(...)

Durante el desayuno, hablé con Carl, discutimos la posibilidad de usar una radio y cómo podríamos armarla en lugar de irrumpir en el espacio de Agnes con el peligro de ser descubiertos acordando buscar piezas para poder armar una.

Posterior a ello, me dediqué a ver a los soldados entrenar, cada grupo tenía a alguien a cargo y podía contrarrestar la cantidad de personas en esta unidad con la que se solía ver en televisión, se notaba la ausencia de gente. En el campo contiguo estaba uno de los grupos de mujeres donde Agnes se encontraba dando una muestra de combate cuerpo a cuerpo, en segundos tenía a una chica entre las piernas y con la cara contra el suelo. Me acerqué mientras soltaba a la chica.

―¿Quién es la siguiente? ―preguntó hacia las mujeres que la observaban. Ellas se miraron entre sí dubitativas y ninguna avanzó ni dijo nada.

Entre el fuego y la guerra ▪︎ T. ChalametDonde viven las historias. Descúbrelo ahora