Capítulo 23

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"Pero ahora me doy cuenta

de que ahora nos hemos quedado sin palabras.

Sólo tú y yo.

Sólo tú y yo hasta el final de los tiempos."



Los ruidos cesaron y al mirar a todos lados Fubuki no pudo encontrar algo fuera de lugar.

Todo desapareció y el baño había vuelto a como debería estar. Sólo quedaba ella y el ruido del agua meciéndose en la bañera sobre su cuerpo.

Todo se sintió normal, en calma. Calma, calma, calma, calma...

Fubuki se puso de pie y salió de la bañera. Comenzó a secarse el cuerpo con la toalla y caminó hacia el espejo. Todo estaba como debería estar, incluido ella misma.

Había subido unos cuantos kilogramos y sus caderas se habían vuelto más anchas, por lo que no era tan delgada como cuando era joven pero tampoco podía ponerse a dieta durante el embarazo. Quizás, podría hacerlo después de tener a su tercer hijo.

Fubuki sonrió por el pensamiento y desde el espejo miró a la lámpara del techo tras ella, la miró y se quedó así por bastante tiempo, esperando verla parpadear otra vez pero eso nunca sucedió. En verdad todo estaba en orden nuevamente.

Sin embargo, aún no podía dar explicación a lo que había sucedido. Miró sus manos y volvió a preguntarse si eso fue debido a sus poderes.

Con todo esto, Fubuki ni siquiera estaba segura si los había utilizado o sólo había sido una ilusión.

Si es que en verdad había utilizado sus poderes, ¿por qué no sintió nada?

No mareos, no imágenes borrosas, no voces extrañas.

Volvió a mirar alrededor sólo por si acaso pero la lámpara seguía intacta, no había sombras moviéndose tras la puerta, sólo era ella y nadie más en la habitación de paredes blancas y azulejos brillantes.

Ella continuó secándose su cabello, luego su rostro y, al mirar la toalla, encontró sangre ahí.

Fubuki entró en pánico y al encontrarse con su reflejo en el espejo se dio cuenta que estaba sangrando por la nariz. Se acercó al espejo y vio las gotas rojas caer sobre el lavabo y disolverse con el agua. No había dolor, sólo era la sangre, al agua y el lavabo.

Rojo y Blanco.

Fubuki se limpió la nariz hasta que dejó se escurrir, no pudo haber pasado más de cinco minutos. Aún se sentía aturdida, trataba de relajarse repitiéndose una y otra vez que todo estaba bien, sólo fue su imaginación. Sólo fue una pesadilla.

Entonces de nuevo colocó sus manos sobre el lavabo y esta vez miró su reflejo más cerca. Buscando distraerse.

Las arrugas sobre su cara, algunas ojeras bajo sus ojos, las canas teñidas; todo eso era prueba de todo el tiempo, a sus treinta y ocho años, que Fubuki había soportado los malos presentimientos que nunca llegaban a nada. Se convenció de que esto era lo mejor, sólo estaba paranoica de nuevo, el mundo giraba con normalidad y nada había cambiado.

No podía dejarse caer en falsos malos presentimientos de nuevo, no cuando tenía que concentrarse en su familia, no cuando por fin había conseguido tener paz en su mente, no cuando más dichosa era su vida.

Antes de comenzar a vestirse, Fubuki miró su cuerpo una vez más.

Con dos meses su vientre todavía no comenzaba a verse abultado pero en cualquier momento lo haría, Saitama tendría que saberlo tarde o temprano.

Habitaciones cuadradas (Saibuki)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora