Capítulo 34

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"...Ohh, ohh, habitaciones cuadradas.

Ellas no escuchan.

A ellas no les importa

si un hombre está desesperado."

(Square Rooms – Al Corley)



Al contrario de lo que esperaba Fubuki, el quiebre no fue inmediato.

La casa había sido destruida, los niños habían sido destrozados hasta convertirse en dos simples manchas negras sobre el suelo, el mismo suelo donde Saitama yacía arrodillado con la mirada gacha.

¿Por qué te niegas a despertar, Saitama?

El huracán había desaparecido.

El cielo se había vuelto negro y por las grietas que lo bañaban había fragmentos donde se entreveía la luz y dividían el cielo que comenzaban a caerse a pedazos, destruyendo así los restos en pie de la ciudad abandonada y oscura y rodeada por una neblina blanca que borraba todo paisaje lejano y lo convertía en una gran pared sólida, blanca, pulcra. Así era como el mundo comenzaba a derrumbarse.

Sin embargo, Saitama seguía ahí arrodillado mirando sus manos manchadas de su propia sangre roja y la sangre negra de un par de entes infantes. Puede que el contraste de ambos colores, ambas sangres, esa comparación entre lo irreal y lo real, lo hayan aturdido.

Fubuki se puso de pie y se acercó a él. El cuerpo de

Saitama se tensó ligeramente al escuchar sus pasos. Él echó un vistazo tras su espalda, sobre su hombro, hacia donde estaba ella, pero sin enfocar sus ojos sobre Fubuki.

—¿Era necesario...? ¿Po-por qué...? —Dijo Saitama en voz baja, las palabras apenas y salieron de su boca. Su mente estaba en shock, sus manos por fin habían dejado de temblar, incluso ahora que poco a poco estaba perdiendo el control de ese mundo.

A Saitama no parecía importarle eso último.

—Te lo dije antes. —Habló Fubuki, colocada de pie a tan sólo unos pasos tras él. Cautelosamente resguardándose de lo que le rodeaba y de lo que podría pasar a continuación. —Te dije que no me iría sin ti. Ahora tienes que despe-

—Pero aquí lo tenía todo... —Interrumpió él subiendo el volumen de su voz. Fubuki se silenció y Saitama volvió su vista al suelo. —Tú y yo, lo teníamos todo, Fubuki... Entonces, ¿p-por qué?

Fubuki negó con la cabeza, ella sabía que Saitama no podía verla pero necesitaba reafirmar esa verdad para sí misma más que nunca.

—Aquí no teníamos nada porque todo este mundo es falso, una mentira. En verdad, tienes que entenderlo.

Si yo pude...

Saitama no dijo nada, él movió su vista alrededor del lugar.

El humo, el polvo, las nubes desvaneciéndose, el telón de la lejanía cayendo y demostrando que todo ese mundo era tan pequeño como un pequeño cuarto en un pequeño departamento.

Nunca antes el suelo se había sentido tan frágil y la vegetación tan falsa.

Fubuki acomodó su cabello mientras daba un paso al frente, lento y silencioso, luego volvió a hablar.

—Si te quedas aquí, estarás completamente solo, tal y como siempre lo estuviste...

Ella dio otro paso.

—Pero allá afuera... Saitama, allá afuera tienes a personas reales que te esperan, amigos que se preocupan por ti.

Entonces Saitama volteó a verla y Fubuki se paralizó.

Habitaciones cuadradas (Saibuki)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora