Capítulo 2

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La luz taciturna se reflejó sobre su vista y se dividió hasta definir los contornos del suelo, montañas, árboles y algo delgado y alto frente a ella. Fubuki tuvo que restregarse sus ojos para poder ver bien sin encandilarse por la lámpara del poste sobre su cabeza.

Sintió al instante un escalofrío y escuchó el silbido del viento y las hojas moverse mientras el calor abandonaba su cuerpo.

Era de noche y hacía demasiado frío.

Miró de lado y vio gente. Pudo encontrarse a sí misma en medio de una calle estrecha, cerca de un vecindario residencial.

Miró el cielo y no vio nada, era de noche, muy noche, estaba demasiado oscuro. Pero el cielo era más negro y gris que azul. Se sintió perdida, no sabía dónde estaba.

¿Por qué estaba ahí?

Sentía que algo le falta y no sabía si era la respiración que estaba conteniendo hasta hace unos instantes o alguna cosa o alguien.

Sus pies comenzaron a moverse por instinto, ella sabía que tenía que ir a un lugar, pero no recordaba a dónde.

Reconoció lo que fueron casas solitarias, plantas grises y secas. La intermitencia de las luces de los focos y de los interiores de las casas la estaban mareando, era incómodo de ver.

Había cactus por todos lados, en cada casa. No había señal de personas felices, todo lo que vio pasar fueron adultos y ancianos con caras largas y tristes. No había rastro de niños, no había puestos de comida. Pero había muchos, muchos, muchísimos cupones de descuento tirados sobre la acera, colgados en los postes y en las paredes, en los basureros, en las puertas, en las espinas de los cactus...

"-25%", "-50%"," -99%", "liquidación total en toda la tienda".

Los pies de Fubuki la llevaron a una calle que le parecía demasiado familiar, era la única calle donde la luz de los postes no parpadeaba, el único donde las plantas tenían un poco más de color, pero también el único lugar sin ninguna señal de vida.

El lugar comenzó a hacerse más cercano y pronto se dio cuenta que eran sus propios pies lo que la estaban llevando ahí. Acercando, andando. Fubuki ya había estado en ese vecindario antes, no conocía el nombre, no conocía a nadie de allí. Era como estar en un estado de embriaguez, pero ella no recuerda haber bebido nada de alcohol.

De alguna forma consiguió detenerse delante de un condominio, estándar, nada lujoso, nada enorme. Un simple edificio con todas sus luces apagadas.

Una nueva brisa recorrió sus mejillas y Fubuki se abrazó a sí misma para protegerse del frío. Necesitaba calor de forma urgente.

Su cuerpo temblaba y la luz de la luna era lo único que la guiaba. No había autos cerca, no había nadie a la vista.

Fubuki reanudó su paso y comenzó a alejarse, pero la sensación de familiaridad, el eterno déjà vu, se detuvo.

Como si se tratase de un juego de pistas o una adivinanza, algo la llamaba a volver y ella obedeció porque no tenía otro lugar a dónde ir y hacía tanto frío como si en cualquier momento comenzaría a nevar.

Encontró unas escaleras en un costado del edificio y comenzó a ascender. Entonces se detuvo en un piso en específico. Fubuki sintió que ella no debería estar ahí, pero no quiso detenerse. Su instinto se oponía, su cuerpo se movía solo, ella reconoció esto como una especie de memoria muscular.

Imposible, ella nunca había estado en este lugar.

Al dar la vuelta, se encontró con las puertas de varios departamentos en el piso, pero ninguno de ellos importaba.

Habitaciones cuadradas (Saibuki)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora