Capítulo 18

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Comenzaron a descender la colina y caminaron hasta llegar al lugar con sombra que estuviera más cerca del lago. Fubuki sacó una manta de su bolso y la tendió sobre el pasto, Saitama se recostó ahí mirando el cielo despejado.

Entre los árboles podían escucharse varios pájaros y lo que parecían ser ardillas. Había pequeñas flores de colores claros y de tonos rosados sobresaliendo entre la hierba y los arbustos. Comieron algo de fruta y pan bajo la sombra y con la cómoda brisa primaveral. Después de un rato, Fubuki se dio cuenta que Saitama se había quedado dormido entre sus piernas.

Ella no tuvo intenciones de despertarlo, sino que comenzó a acariciar su cabeza y a jugar con su pelo, quitando los pequeños trozos de hoja y pasto que el viento le puso.

Su rostro durmiente se veía muy relajado, haciéndola alegrarse de nuevo de que las pesadillas por fin habían desaparecido desde que comenzaron a vivir juntos.

Fubuki se preguntaba si era la soledad de su departamento lo que siempre le había impedido el descanso nocturno. Pero por mucho que le insistió, él nunca se atrevió a hablar de sus sueños.

Ahora parecía que ya no importaba, las noches de desvelo y miedo se habían esfumado y Saitama parecía irradiar alegría y juventud a sus apenas treinta años.

—Fubuki... —Soltó Saitama en un quejido, como el de un niño que se niega a despertar para ir a la escuela. —Fubuuuki, deja de acariciarme la cabeza y recuéstate conmigo en el pasto, quiero abrazarte...

Ella sintió su cara acalorarse. —No, si sigues durmiendo ahora después no podrás dormir en la noche. Mañana tenemos trabajo, Saitama.

—No me trates como a un niño... tampoco actúes como si fueras una mamá enojona. Soy tu novio, podrías darme un poco de jugo y darme de comer en la boca mientras yo es- ¡ey! ¡Duele, duele, Fubuki, suelta!

Fubuki pellizcaba una de sus mejillas.

—Eres un holgazán, ¿siempre tienes que estar durmiendo?

Saitama se sentó y comenzó a sobar su mejilla adolorida, su ceño fruncido y sus ojos aún con sueño. —Vámonos, ya me aburrí.

—¿Tan rápido te aburriste? —Cuestionó Fubuki alzando una ceja y tratando de ahogar una risa por lo infantil que podía ser el hombre frente a ella. —No tienes remedio...

Ella lo amaba demasiado y quería pensar que la razón por la que Saitama nunca pudo controlar su voluntad como siempre lo hizo de forma inconsciente con los demás era porque ellos siempre estuvieron destinados a estar juntos. Un destino ya escrito y condicionado que Fubuki tomaba como una explicación cursi y ridícula, pero reconfortante y bella y también tranquilizadora.

Miró a Saitama sentarse y mirar hacia el lago; él había sido sincero con ella desde un principio y Fubuki creía que este era el momento perfecto para confesarle su propio secreto también.

Así que Fubuki se puso de pie y limpió de sus pantalones parte de las hojas que habían caído de las ramas del árbol sobre ella. Miró alrededor, por encima de la colina, tras los árboles y a las orillas del lago; no había nadie además de ellos.

Fubuki respiró con determinación. —Pensándolo bien, —dijo de pronto, Saitama volteó a verla, —tú nunca me has invitado a bailar.

Saitama alzó una ceja. —¿Te gusta bailar?

—No lo odio, creo que he bailando algunas veces. A lo que me refiero es que nunca hemos hecho otras cosas juntos además de trabajar, comer y venir a lugares como este.

—Te estás quejando...

—Te estoy pidiendo que hagamos algo divertido. —Fubuki se acercó a él y le tendió su mano. —Intentemos bailar.

Habitaciones cuadradas (Saibuki)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora