Capítulo 7

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Saitama era un héroe que nunca perdía una batalla, nunca salía herido de gravedad, nunca era confundido u olvidado por nadie.

Fubuki también era una heroína, de hecho, ella y Saitama se habían vuelto algo cercano a lo que se podría considerar "compañeros" o "un equipo"; sin embargo, la diferencia de fuerza y resistencia era evidente entre ambos, Saitama llevaba años ejerciendo su profesión mientras que ella no podía tener más de un mes de siquiera haber llegado a la ciudad.

Esta distancia intangible entre niveles para ambos hacía los momentos juntos en público un poco incómodos. Más que nada para Fubuki, quien en el interior disfrutaba en demasía la idea de ser escuchada y vista con admiración. Saitama no, él era mucho más humilde y más sensible a las muestras de afecto.

Pero era extraño, él ya debería haberse acostumbrado a esta clase de atención.

Las cartas y regalos bañados en brillos y corazones, las largas filas para autógrafos y el no poder caminar más de cinco casas de forma constante sin ser detenido por alguno de sus fanáticos pidiéndole una foto. No importa a qué parte de la enorme ciudad fueran, no importa la hora del día o a donde quisiera mirar; todo lo que Fubuki encontraba era algo sobre Saitama. Su rostro, sus ropas, el hermoso color café de sus ojos.

La idea de que ella sólo había conseguido hacerse de fama gracias a Saitama hacía sentir a Fubuki algo vacía y apartada, porque esto es algo que no había conseguido mediante sus esfuerzos o todo su trabajo duro, sino gracias a sus contactos.

Es decir, toda su fama como heroína dependía únicamente de la coincidencia de haberse encontrado a Saitama en la ciudad y de que justo fuera él el héroe más amado en el lugar.

Pero no es como si ella tuviera otra opción, era que simplemente sus poderes se negaban a ser usados sin afectar de gravedad su salud a menos que Saitama estuviera ahí a su lado.

Era estar atada a la presencia de él, era estar permanentemente limitada a ser la sombra o el apoyo de alguien más.

Fubuki se conocía y sabía a la perfección que ella nunca estaría conforme con esto, nunca estaría satisfecha con no ser la del primer lugar. Pero ese primer lugar sólo le podía pertenecer a Saitama, a nadie más, ni siquiera a Fubuki; es por eso que ella suspiraba y dejaba caer su espalda, rendida, sobre la madera de la banca del parque. La situación era agotadora, pero no podía evitar seguir pensando en eso.

Ella hizo su cabeza hacia atrás, miró al cielo, siempre tan azul y despejado y brillante y hermoso, Fubuki cerró sus ojos y dejó la brisa mover sus cabellos, rozar su piel; concentrándose en el crujir de las hojas de los árboles que le hacían sombra con el fin de encontrar algo de paz.

Esa brisa le recordaba a la de un ventilador, porque era ligera y programada.

El sol parecía falso, sus rayos no le calentaban la piel en lo absoluto.

Ni qué decir de las flores en los árboles, todas tan vivas y coloridas, ninguna mostraba señal de estar marchita o de querer morir; como si fueran de plástico.

Todo demasiado bueno para ser real. Era eso o quizás simplemente la vida era demasiado injusta.

Ella sintió una opresión en su hombro y se encontró a Saitama intentando ligeramente sacudirla con uno de sus brazos, él estaba sonriendo. —Mira esto.

Él le extendió una bolsa de plástico. Al abrirla, se encontró con papeles: un periódico y varias revistas.

—¿Por qué me das esto? ¿Noticias de algo? —Preguntó ella.

Habitaciones cuadradas (Saibuki)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora