Tony Stark, un hombre joven con un matrimonio fallido, escapa de la ciudad y de las garras de su marido abusador. Así es como llega a Wolfind, un pequeño pueblo leñero apartado de todas las luces y ruidos de la ciudad. Ahí conoce a Steve Rogers, un...
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Wolfind. 21 de diciembre a las 13:39. Un día hasta la próxima mitad del ciclo lunar.
Hasta hace apenas unos momentos, Tony pensaba que había sido una mañana de mierda. Como ya lo venía haciendo, se había despertado temprano para salir de la casa de Steve y poder vagar por las calles, de local en local, tienda a tienda, en busca de una vagante para cualquier trabajo. Por supuesto, esto lo hacía con los reproches de su novio de por medio, quien no se cansaba de repetirle que debería dejar de preocuparse por eso y dedicarse a abrazarse todo lo que pudieran. La misma historia. Por esa razón, se despertaba temprano para poder salir de la casa antes de que el rubio despertara. Muchas veces le costaba escaparse de la cama y de los brazos fuertes de su novio; Steve sí que era posesivo, incluso mientras dormía. La mayoría de las veces lo conseguía con éxito, aunque dejando a un enfurruñado rubio entre las sábanas y con el ceño fruncido en desacuerdo, renegando su ausencia a su costado; pero otras veces, cuando Steve despertaba y le pillaba infraganti, lo regresaba a rastras de vuelta a la cama, le encerraba bien entre sus brazos y lo pegaba contra su torso desnudo, haciendo que sea literalmente imposible el escapar de ese fornido cuerpo. En esas ocasiones, Tony sólo resoplaba para volver a dormirse sin más.
Esa mañana había sido una en las que la suerte estuvo de su lado y pudo escapar de su enojón y posesivo novio sin que éste despertara. Mas como en el resto de mañanas con suerte al escabullirse de la casa, esa misma suerte se esfumaba a la hora de encontrar un puesto en cualquier negocio o local. O no se requería de personal en ese momento, o le seguían rechazando por el episodio de la cafetería meses atrás o por la mala fama que su exjefe en el restaurante se encargó de darle: irresponsable.
Así que, derrotado y con sus ánimos por los suelos, se dispuso a regresar a casa para tirarse con Steve en el sillón de la sala y quedarse ahí, pegado a él, sólo dejándose drogar por las malditas feromonas del rubio y por los mimos que éste le hacía para consolarle. Sin embargo, un chiquillo de no más de quince años había llamado poderosamente su atención. Estaba en un callejón bastante solitario en compañía de una bolita de chicos y chicas de su misma edad. Los adolescentes parecían estar divirtiéndose con lo que parecía ser un globo, haciéndolo rebotar por los aires, fingiendo que jugaban al vóleibol. Y una sonrisa traviesa, señal de que algo había llegado a su mente para enterrarse ahí, se dibujó en su rostro cuando dio cuenta de que eso con lo que jugaban los mocosos no era un globo.
Y con ánimos renovados, Tony llegaba a casa con cincuenta pesos menos (una estafa, por cierto) en el bolsillo, pero con una adquisición que les daría un poco de diversión a él y a su novio. O tal vez sólo a él. Abrió la puerta, encontrándose con un enfurruñado Steve sobre el sillón individual, de brazos cruzados y con el ceño fruncido.
—Cachorritoooo —canturreó al tiempo que entraba y cerraba la puerta—, ya lleguéééé.
Recibió un gruñido como respuesta por parte de su novio, quien desvió la vista de él.