VII

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La capital

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La capital. 28 de agosto a las 11:10. Más de dos años desde ese plenilunio.


Había dejado cicatriz. Por supuesto que había dejado cicatriz.

Hacía ya más de dos años desde ese incidente que tantas cosas cambió en su vida, unas para bien y otras para mal. Y, sin embargo, ese recuerdo en su espalda seguía vigente, inmutable, igual que en el día que al fin le retiraron los puntos muchos meses atrás. Nunca se iría. Nunca desaparecería. Eso era un hecho.

Sólo que, en comparación al resto de cicatrices que adornaban su delgado cuerpo, a ésta en particular le tenía un cariño especial. Tal vez debido a que esa la había obtenido por haber salvado a su cachorrito, como una medalla de reconocimiento o un título honorífico. Y sólo por eso, valía la pena el haberla ganado, valía la pena llevarla durante el resto de su vida y valía la pena portarla con orgullo.

No era una medalla o un título; era algo mucho más valioso.

Tony suspiró por última vez, observándose al espejo completo, con el torso desnudo, girando la cabeza y espalda la más que podía para apreciar su cicatriz. Verla era algo a lo que ya estaba acostumbrado a hacer. Al principio, y como todas las demás, fue doloroso, especialmente por los fantasmas del pasado que arrastraba consigo; pero terminó por aprender a amarla.

Regresó a su postura adecuada y alzó los brazos para poder ponerse la playera.

Después de haberse visto obligado a abandonar Wolfind, vivió por un tiempo con sus padres, con la excusa de poder recuperar todo el tiempo perdido y ponerse al día. Mas él sabía bien claramente que en realidad lo había hecho de esa forma para poder tomar las fuerzas que necesitaba para enfrentarse a su antigua casa.

Nuevamente, fue difícil. Muy difícil. Pero como todo en su vida, supo sobrellevarlo y cerrar el capítulo, permitiéndose iniciar uno nuevo. Además, sus hermanos estuvieron ahí en todo momento, extendiéndole sus manos con una sonrisa en sus rostros. Con su ayuda, vendieron cada uno de los muebles del interior y los remplazaron por unos completamente nuevos y que no traían cargas pesadas con ellos. Ahora, su casa era un lugar casi irreconocible a como lo fue algunos años atrás.

Muchas cosas cambiaron. Nuevas experiencias llegaron, nuevos problemas que superar, obstáculos que saltar. Sonrisas, lágrimas, carcajadas. Se enorgullecía rotundamente de sí mismo por haber tomado las riendas de su vida y el haber sabido cómo llevarlas de la mejor manera, por el mejor camino.

Concluyó con muchos ciclos, con casi todos los ciclos que sólo le entorpecían su andar, y los remplazó por nuevos.

Pero claro, había uno que todavía estaba en punto y seguido, pendiente a ser retomado o, por el contrario, a ser terminado con un final inconcluso.

Un ciclo que estaba presente en todo momento, que él lo tenía bien en claro. Siempre buscando una forma de hacerse notar, como en ese momento, cuando tocaron a su puerta.

La Bestia de Wolfind (Stony)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora