III

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Wolfind

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Wolfind. 20 de enero a las 07:43. Algunas horas hasta el siguiente plenilunio.


En un punto de su curioso sueño en el que él se encontraba sentado a los pies de un árbol marchito, de noche y contemplando a lo lejos un castillo que parecía estar en sus últimas, unos ruidos extraños contrastaron notablemente con la atmósfera deprimente y sombría de aquel sueño, haciéndele despertar sólo para darse cuenta de que el origen de dichos ruidos era Steve, quien le abrazaba por la espalda con posesión y le roncaba en el oído. No lo hacía de una forma escandalosa, sino armoniosa, delatando que estaba durmiendo de lo más tranquilo y a gusto.

Tony adoraba los ronquidos de su novio pues le ayudaban a conciliar el sueño mucho más fácilmente. ¿Ya lo había mencionado? Aunque claro, cuando Steve le hacía cucharita o simplemente le abrazaba para ambos acurrucarse juntos, caía dormido en cuestión de nada, de un suspiro. Los grandes brazos del rubio eran como un somnífero potente y muy efectivo contra todo tipo de insomnio.

Y aunque quiso dejarse arrullar por un largo rato más, escuchando a su novio dormir plácidamente, con su respiración erizándole los cabellos y acariciándole delicadamente su perfil, sabía que ese día era un día importante. Ahora que las clases se habían reanudado para los estudiantes, varios puestos laborales habían quedado disponibles, y si todo salía bien y sumado a la ayuda de cierta amiga suya, tendría su trabajo de regreso en aquel restaurante elegante.

Así que, renuente pero consciente de que debía hacerlo, como niño que despierta sin querer ir a la escuela pero que termina apartando las cobijas porque sabe que de no hacerlo su madre le meterá la del siglo, logró liberar un brazo de su prisión musculosa. Apartó lentamente las sábanas que les cubrían a ambos. No le impresionó encontrarse desnudo debajo de éstas, de hecho, raro era cuando despertaba y llevaba ropa encima. Por supuesto, Steve era el encargado de despojárselas y viceversa, por lo que el rubio estaba desnudo de igual forma. A veces se preguntaba por qué insistían en colocarse las prendas a la hora de meterse a la cama cuando perfectamente sabían que no pasarían ni dos minutos para que ambos volvieran a quedar en cueros.

Sin inmutarse por su desnudez, tomó las muñecas de su novio para muy cuidadosamente comenzar a desenredar los brazos que le apresaban. Sintió cómo Steve se removía algo inquieto, pero seguía roncando, lo que le indicaba que seguía durmiendo. Se detuvo y esperó unos instantes antes de continuar con su tarea, logrando escabullirse del posesivo abrazo. Ya sentía la victoria cerca, dejando con delicadeza ambos brazos sobre el colchón y procediendo a girar su cuerpo muy despacio para poder sentarse en la orilla de la cama. Pero no fue consciente de la mirada azul asesina que le miraba a sus espaldas, contemplando sus movimientos. Y no lo notó hasta que un brazote le rodeó la cintura y el abdomen, tirando de él hasta arrastrarlo de vuelta al colchón antes de que pudiera ponerse de pie, siendo apresado nuevamente.

—¿Adónde crees que vas, bombón? Tú te quedas aquí conmigo.

Steve le besó suavemente en los labios antes de acurrucarse sobre la almohada y volver a cerrar los ojos, listo para volver a dormir. Su rostro fue atraído por unas manos hasta los duros pectorales del rubio, escondiéndolo ahí, abrazándole con fuerza para que no pudiera volver a escapar.

La Bestia de Wolfind (Stony)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora