III

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Wolfind

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Wolfind. 26 de octubre a las 09:37. 28 días para la próxima mitad del ciclo lunar.



Tony bajaba las escaleras de la casa de forma apresurada, luchando por colocarse y acomodarse el moño de forma correcta. En cuanto el moño quedó perfecto, haciéndole ver irresistible, se dirigió a la cocina para encontrar algo de desayunar. Le sorprendió no encontrase con cierto rubio ahí, aunque tampoco le dio mayor importancia. Si bien Peter solía salir temprano hacia el trabajo, siempre se aseguraba de saludarle por las mañanas antes de partir. Aunque, suponía que por su discusión la noche anterior, esta habría sido la excepción. No negaría que echó de menos el típico comentario sucio de boca del leñador en cuanto le viera entrar a la cocina. No le gustaban, cierto; pero se había acostumbrado tanto a ellos que se le hacía extraño no recibirlos.

Sin darle más vueltas al asunto, se dirigió al refrigerador e indagó dentro, buscando con qué llenar su estómago hambriento. Como venía siendo costumbre en él, ya se le comenzaba a hacer tarde para el trabajo. Pero si se apresuraba, aún podía llegar a tiempo.

Tan sumergido estaba luchando por encontrar la leche condensada para hacerse un delicioso pan tostado, que no escuchó cuando la puerta de la cocina (que guiaba al jardín trasero de la casa) fue abierta. En cuanto se enderezó y alzó la vista, se quedó petrificado ante lo que vio. No era raro que Peter entrara y saliera por la puerta de la cocina para dirigirse y regresar del trabajo. Según el rubio, era más sencillo salir por ahí y saltar la cerca para, posteriormente, dirigirse al bosque, que salir por la entrada principal y tener que rodear toda la manzana para poder llegar a las afueras de Wolfind. Eso no fue lo que sorprendió y dejó petrificado a Tony, sino el hecho de ver lo que Peter traía consigo. Mientras que en el rostro del leñador estaba instalada una cara de arrepentimiento y culpabilidad total, en su mano derecha se hallaba instalado un enorme y bello ramo de rosas rojas.

—H-hola, Tony —tartamudeó, sin saber muy bien cómo continuar.

—¿Hola?

Quill se sonrojó ligeramente. Llevó su mano a su nuca para rascar de forma nerviosa y desvió ligeramente la vista. Nunca solía hacer estas cosas: llevarle rosas a alguien. Él estaba acostumbrado a que, simplemente con guiñar un ojo, hacer que sus putas de turno se bajaran los pantalones y calzones (o que se alzaran las faldas, en dado caso). Nunca había tenido la necesidad de rogar y conquistar a alguien. Pero ya había entendido que, si quería a Tony sólo para él, tendría que luchar en verdad, no sólo sacarse la polla y esperar a que el otro cayera rendido ante ella. Sí, ya había comprendido que Tony no era ningún facilote. Y, de algún modo, saber que alguien se le resistía, le encantaba. ¿Orgullo masculino?

—Yo... Te traje esto. —Le tendió el ramo de rosas, observando esperanzado a que Tony lo tomara y aceptara sus disculpas por lo sucedido la noche anterior.

Sin embargo, sus esperanzas cayeron en cuanto escuchó al lindo castaño suspirar sonoramente y cruzar sus brazos sobre el pecho. Le observó con indiferencia; era obvio que seguía enojado con él por su pequeña discusión.

La Bestia de Wolfind (Stony)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora