No iré a los Oscar

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Cuando regresó a su hogar en Los Ángeles, Piper estaba destrozada. Haber perdido a Alex era lo más dramático que le había ocurrido después de la muerte de su madre y de su abuela, cuando escuchó el mensaje que la morena le había dejado en su móvil, creyó morir.

No quería salir de su casa. Solo quería llorar y compadecerse de sí misma. Su glamurosa vida la ahogaba y nadie parecía darse cuenta de ello a excepción de Tomy y alguno de sus amigos.

Tres días después y mientras preparaba su maleta para viajar a Tokio junto con todo el equipo de la película Brigada 42, aparecieron su padre con su mujer en su casa.

La bronca que mantuvo con ellos fue monumental, histórica. Eran incapaces de tener un ápice de humanidad ante los sentimientos de ella. Se limitaron a reprocharle su inadecuado comportamiento mientras su padre mandaba notas a la prensa para intentar explicar su boda años atrás.

Finalmente, cansada de escucharles, Piper tomó una decisión y les echó de su casa. Lo que menos les importaba a su padre y a aquella odiosa mujer era cómo se encontraba ella. Su padre se marchó muy ofendido. Su hija estaba tan loca como su difunta mujer y su comportamiento, día a día, así lo manifestaba.

Como siempre contó con Tomy, su amiga Salma y pocos más. Aquellos fueron quienes se preocuparon de que comiera, durmiera y se marchara de viaje a Tokio. Un cambio do aires y distracción era lo que necesitaba.

Una de las mañanas, tras haber regresado de su viaje, la joven Piper Chapman, en la preciosa suite de su casa de Bel Air se probaba varios vestidos de noche. La gran gala de los Oscar se acercaba y tenía que decidir que llevaría. Hacia mes y medio que había regresado de España y su vida aun estaba patas arriba.

—Uis my love el vestido de Elie Saab está hecho para ti.

—No me convence —suspiró ella mirándose en el espejo.

Veinte minutos después Tomy volvió a la carga.

—Por el amor de my life ese Dolce & Gabbana te queda de infarto.

Piper se miró al espejo. Aquel vestido de pedrería negra y corte sirena realzaba su figura pero tampoco le emocionaba. Quitándoselo se sentó sobre la cama, cogió una galleta Oreo y su primo murmuró —My love, tienes que cambiar tu actitud. ¡Para de comer! —gritó quitándole la galleta—. De nada sirve que continúes así. ¿No ves que lo único que haces es sufrir?

—No puedo hacer otra cosa —murmuró arrancándole la galleta con gesto hosco.

—Sí... si puedes, mueve tu lindo trasero y ve a buscar a la Geo.

Durante todo el tiempo Piper había pensado mil veces en coger un avión e ir en busca de la persona que más quería en el mundo, pero el miedo la paralizaba y le recordaba que ella no sería más que un problema para la otra mujer.

Días atrás Eva la había llamado por teléfono y le había explicado lo que Nicky le había relatado y le reveló también la verdad sobre cómo las fotos y la noticia llegaron a todas las redacciones. Escuchar aquel relato consiguió que el corazón le latiera a mil. Saber que Alex aún sentía algo por ella la hizo irremediablemente feliz. Pero tras analizar la situación y darse cuenta de que no había movido ni un dedo para ir a verla, se desmoralizó.

Estaba cansada de ser ella la que siempre fuera atrás. Quizá la quisiera, pero no lo suficiente como para tragarse su orgullo herido e intentar solucionar el problema.

—Toma, pruébate este Calvin Klein, es precioso.

Como una autómata, Piper se levantó, dejó la galleta y se probó aquel vestido clorado. Cuando se miró en el espejo ni siquiera veía su reflejo.

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