Capítulo XXIX

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Alexander

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El Sol apenas comenzaba a salir cuando Metzli y yo por fin nos quedamos dormidos. Su espalda pegada a mi pecho, mi brazo sobre su cintura y nuestras piernas entrelazadas.

Era la primera vez que dormíamos juntos y podía acostumbrarme a la sensación de tenerla entre mis brazos toda la noche con bastante rapidez.

A pesar del enorme cansancio que sentía, no pude dormir más que un par de horas. No debían de ser más de las ocho de la mañana. Metzli seguía junto a mí cuando mis ojos se abrieron y lo primero que sentí fue su aroma.

Pegué mi nariz a su cuello e inhalé la frescura de su piel, bañándome en el confort que me brindaba. Su piel estaba hirviendo, pero lejos de sentirme abrumado, me pegué más a ella, intentando absorber todo el calor que pudiera darme.

Algo había cambiado dentro de ella el día anterior. No sabía si se debía a la emboscada o el estado en el que me había visto después de la cirugía de Dania. Lo único que sabía con certeza era que mi mate finalmente estaba comenzando a aceptarme.

Después del baño, la acosté sobre la cama y devoré su coño hasta que se vino dos veces. Solo tuve el tiempo justo para colocarle una de mis playeras antes de que cayera dormida. Me puse unos pantalones de pijama y me acurruqué junto a ella, cubriéndonos con la cobija.

No pasó mucho tiempo antes de que yo también me quedara dormido. Había sido un día largo, lleno de emociones fuertes. No solo era el cansancio físico por la batalla, sino también el cansancio emocional al lidiar con la situación de mi hermana.

Afortunadamente, se estaba recuperando y en poco tiempo podrían darla de alta del hospital. Sin embargo, todas las emociones que había suprimido durante la operación cayeron como costales de concreto sobre mis hombros en el momento en el que salí de su habitación.

Metzli había sido extraordinaria en ayudarme a sobrellevarlo. La manera en la que cuidó de mí fue tierna, incluso dulce, era un lado de ella que jamás había visto. Pero también supo cómo distraerme, alejarme de los malos pensamientos que me consumían en ese momento, llenándome de placer y haciendo que me olvidara todo. De todo menos de ella y lo que su simple toque me hacía sentir.

Cuando eres cachorro nunca te explican con exactitud la magnitud con la que tu mate puede afectarte, el poder que puede tener sobre ti.

Nunca había visto a mi madre traer a mi padre de rodillas. Jamás había escuchado a algún lobo de mi manada hablar de la intensa necesidad de poseer a su mate. Claro, el instinto está ahí, después de todo somos seres territoriales, pero siempre lo había entendido como algo superficial, como un objeto más que hay que tener en control.

Lo que sentía por Metzli era todo menos superficial. No la veía como algo brillante que debía controlar, como una posesión que resguardar del mundo porque sería el punto débil del cual se aprovecharían mis enemigos.

Metzli era... era el fuego que ardía dentro de mí. El aire que necesitaba respirar. Quería abrir mi pecho y guardarla ahí por el resto de nuestras vidas. Sentir su corazón latir tan cerca del mío que no pudiera distinguirse uno del otro.

Aún quedaban cosas por solucionar, cosas por discutir, pero podía sentir la distancia que se había propuesto a poner entre nosotros disminuir. Nuestro lazo comenzaba a fortalecerse, ayer lo sentí cuando estaba en el quirófano. Esa línea tan delgada que nos unía había vibrado tan fuerte, sentí como si una fibra de mi corazón comenzara brillar y el calor reconfortante que solo había sentido con Metzli me invadió por completo.

Ella había estado conmigo mientras unía los pedazos de piel de Dania, mientras sentía su sangre gotear de mis dedos. Cuando creí que me desmayaría exhausto, una ola de calor me recorrió e instintivamente supe que era ella, era su forma de brindarme la energía que necesitaba.

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