Galia Saralegui se vio obligada a asistir a una escuela en la que claramente no encajaba.
Se había resignado a que la ignoraran, por eso le sorprendió que aquella bonita niña le hablara.
Pronto, se dieron cuenta de que a pesar de que aparentemente...
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Narra Galia Saralegui:
Una de las grandes fascinaciones del cuerpo humano es el lenguaje propio que éste utiliza para comunicarse.
Acostumbramos a retener nuestras emociones, a contener nuestros sentimientos y a complicar lo que comunicamos. Sin embargo, hay una forma de expresión que no podemos controlar porque no siquiera es creada por nuestra mente. El cuerpo humano es la más sencilla y asombrante manera con la que todos contamos para expresarnos.
Nos empeñamos en darle mil vueltas a las cosas, a fingir demencia para no afrontar lo que nuestro propio cuerpo ya sabe. Hay cosas que sencillamente no se pueden explicar, ni siquiera controlar, y una de ellas era como reaccionaba cuando estaba junto a ella.
Creo que mis piernas nunca habían flaqueado tanto antes, que mis músculos no sabían no que era la relajación hasta que estaba a su lado, y que mis brazos no sabían lo que era la calidez hasta que encontraban su camino a su cintura.
Una tarde más nuestras risas se encontraban al compás en aquella vieja librería de su abuela a la que nos habíamos acostumbrado a ir para pasar las tardes. Tratábamos de terminar cuanto antes nuestras tareas para luego poder dedicarnos a leer, escuchar, música, charlas o a estar simplemente una junto a la otra.
En ese momento ella se encontraba golpeándome con el cojín tras haberla asustado después de ver una película de miedo, como defensa comencé a hacerle cosquillas sintiendo como mis dedos se encontraban con la suavidad de la piel de su estómago, ya que la camisa se le abría a medida que se retorcía de la risa. Ella se encontraba literalmente encima de mi, y creo que quienes hablan de gaypanic no tienen ni idea de lo que es esto, porque ese término se le queda corto al nerviosismo que recorría mi cuerpo y la parálisis que me iba poseyendo.
- Eres imbécil. - Habló entre risas levantándose de encima de mi y abrochándose los dos botones que se le habían abierto.
- Pero para tu desgracia te gusto así. - respondí tratando de controlar mi respiración.
- Ya te gustaría a ti. - bromeó sacándome la lengua. - mañana elijo yo película que lo sepas.
- Como vuelvas a ponerme barbie. - amenacé sabiendo que por ella vería todas las que hicieran falta.
- Pues ahora que lo dices barbie tiene una peli en la que dos amigas llevan banderas del colectivo.
- ¿Dos amigas que se besan? - comenté divertida acercándome a ella.
- No, le tuvieron miedo al éxito. - Declaró.
- Entonces son igual que nosotras. - Hablé lista para reírme como si fuese una broma pero vi que ella no reaccionó.
- Deberíamos volver a casa, no quiero que tu padre piense que soy una mala influencia. - Comentó lanzándome la sudadera que le presté hace unos días y ella se puso la que yo había traído puesta hoy. - ¿Qué? Me combina mejor esta. - Declaró y cuando el olor fresco de su detergente mezclado con el de su colonia llegó a mi al ponerme la sudadera, no quise rebatirle nada.