Galia Saralegui se vio obligada a asistir a una escuela en la que claramente no encajaba.
Se había resignado a que la ignoraran, por eso le sorprendió que aquella bonita niña le hablara.
Pronto, se dieron cuenta de que a pesar de que aparentemente...
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Narra Galia Saralegui:
El aire frío de la mañana se colaba por mis huesos mientras pasaba junto a aquel edificio de ladrillos con ventanas azules.
Pasé por un par de calles más hasta que llegué a la familiar entrada del instituto al que estaba condenada a ir. Vi a las chicas entrar con las faldas y las medias del uniforme, lo que llevaba a plantearme cómo podían aguantar el frío así vestidas.
Yo llevaba los pantalones del uniforme de gimnasia con unos calcetines largos debajo y me estaba congelando.
- ¿Aun sigues con eso?- me preguntó la chica morena con la que competí corriendo el día anterior. - No sé cómo te lo permiten, quitas la imagen elegante de las que acudimos a esta institución.- habló la chica con una mueca de asco mientras revisaba mi atuendo.
- Si te molesta siempre puedes quitármelo.- Hablé señalando mi ropa mientras le guiñaba un ojo y pude ver como apretaba su mandíbula, tan predecible me reí interiormente para continuar hasta mi sitio.
- Buenos días chicas. - Habló la que sería la profesora de historia entrando en el aula, tras recitar versos de ofrecimiento del día todas se sentaron de nuevo. - Hoy continuaremos con la Belle Époque. - Comenzó a hablar mientras se sentaba en su silla dejando el libro en la mesa.
Busqué con mi mirada a la chica rubia de media melena que conocí el día anterior, y una parte de mi se preocupó al no verla ocupando su pupitre.
- ¿Se puede?- preguntó una voz tras dar unos suaves toquecitos a la mesa.
- Claro Ivy, pasa. - respondió con amabilidad la profesora.
- Disculpe la tardanza, estuve con el padre Fernando para preparar las lecturas de hoy.- La profesora hizo un gesto de asentimiento y continuó con la clase.
Al terminar las asignaturas, vi cómo Ivy hablaba con algunas preparando las lecturas y demás papeles que se llevarían acabo en el oficio religioso que se realizaría. Verla ahí, en ese papel me resultaba tan extraño, no parecía la misma chica que ayer me dijo que su autora favorita era Emily Dickinson. En mi mente no cuadraba en qué punto se relacionaban ambas cosas, aunque también podía ser por la forma en la que tendíamos a encasillarlo todo.
No fui al oficio. Me negué a hacerlo, y lo que menos esperaba es ver a la directora sentada a mi lado en el banco de la zona exterior hablándome sobre lo que me ayudaría ir para encontrarme a mi misma.
Señora, ya sé perfectamente quien soy, deje de tratarme como una oveja perdida.
Contuve mis ganas de chillarle eso, y cuando se marchó, un grupo de niñas que iban a mi clase caminó hacia donde estaba.
- ¿Te crees muy guay haciendo lo que te da la gana, verdad?- preguntó la morena con la que ya había hablado por la mañana. - Vistes como quieres, te salta los oficios. Dime una cosa, ¿cuánto paga tu padre porque te reformemos?.- Auch.