Galia Saralegui se vio obligada a asistir a una escuela en la que claramente no encajaba.
Se había resignado a que la ignoraran, por eso le sorprendió que aquella bonita niña le hablara.
Pronto, se dieron cuenta de que a pesar de que aparentemente...
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Narra Galia:
En el instituto en el que estuve, recuerdo que, en repetidas ocasiones nos hablaron sobre la importancia de la fe.
La famosa frase de la fe mueve montañas.
En su momento no le hice mucho caso, pero me di cuenta de que en eso siempre tuvieron razón. Me había resignado a vivir de una forma que no quería, a continuar con un legado familiar que en el fondo no me gustaba y dejé de pintar pensando que eso ya no me serviría para nada. Pero, todo eso cambió, entrar en el mundo del arte le dio un nuevo sentido a mi trabajo, y yo misma volví a encontrar mi rumbo, mi identidad, y la manera en la que quería construir mi futuro. Sin embargo, para todo esto necesité de esa fuerza milagrosa, que era la fe ciega de alguien en mi, en mi caso, fue la fe de una bonita chica rubia que hacía ya unos años que había conseguido conquistarme.
A lo largo de mi vida, siempre había sido atea, pero desde que la conocí a ella había comenzado a ser devota de los milagros. No creía que fuese casualidad que nos hubiésemos encontrado en los momentos exactos en los que cada una estaba prisionera dentro de su propia yo, presa de una identidad que no le correspondía. Nos salvamos mutuamente en periodos distintos en los que las dos nos necesitábamos, y ahora, una vez que todo parecía al fin ponerse a nuestro favor, tenía una cosa clara: no la dejaría escapar.
Aprovechando los cuatro días de vacaciones que le darían por sus turnos de noche intensivos decidí programar un viaje sorpresa para ella. La llevaría al mar, porque en la lista de cosas por realizar juntas que hicimos en la secundaria, ese plan de ir a la playa estaba el primero. Seguramente ella ya la habría conocido, pero esperaba que pudiésemos estar allí unos días juntas.
- Si no me dices dónde vamos no sabré qué tipo de ropa meter en la maleta.- Inisitió por decimotercera vez mi pequeña impaciente.
- No pienso darte ninguna pista si eso pretendes, además, ya te he dicho que no te preocupes demasiado por la ropa.
Ella resopló haciéndose la indignada, pero cuando luego fuimos a saludar a su madre, la Señora Martínez se puso de mi parte convenciendo a su hija de que ella sería igual si me tuviese una sorpresa.
Gracias suegra, pensé.
El viaje lo hicimos en avión hacia Menorca, una de las islas españolas con las mejores playas y algo infravalorada. Cuando la curiosidad de mi chica no pudo más y leyó los carteles una preciosa gran sonrisa se le formó en el rostro.
- ¿Vamos a la playa?- Exclamó emocionada, llamando la atención de algunos que estaban alrededor, los miré mal por la mirada que nos lanzaron, y me concentré en devolver el abrazo ilusionado de mi rubia.- Eres la mejor.
- Lo sé.- Bromeé recibiendo un pequeño codazo suave de su parte por mi ego.
El viaje se nos hizo demasiado lento por las ganas que teníamos de llegar ya. Una vez conseguimos encontrar el hotel, nos dirigimos directamente a la recepción, en la que un señor mayor nos atendió.