Galia Saralegui se vio obligada a asistir a una escuela en la que claramente no encajaba.
Se había resignado a que la ignoraran, por eso le sorprendió que aquella bonita niña le hablara.
Pronto, se dieron cuenta de que a pesar de que aparentemente...
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7 Años después del último adiós.
Narra Ivy:
La primera vez que tuve todas las miradas puestas sobre mí al subirme a un escenario recuerdo haber deseado desaparece. Durante mucho tiempo odié que la atención se centrara en mi persona, pero conforme tuve que encontrar la manera de sobrevivir tanto física como emocionalmente, aprendí que lo que realmente aterraba era la propia mirada de una misma, cuando fui capaz de mirarme de frente y darme el lugar que merecía, la atención del resto comenzó a serme indiferente, e incluso aprendí a disfrutar de ella.
Aquel día había tenido un turno difícil en el hospital, pero sabía que mis chicos me esperaban y no podía dejarlos plantados. Cuando siete años atrás llegué a España junto a mi madre nos encontramos con la triste realidad de que encontrar trabajo aquí no era tan sencillo como esperábamos, sin embargo, un día vi un cártel que me cambió la vida. Esa tinta en un papel anunciando un casting para bailarinas hizo que conociera al grupo musical del que desde entonces comencé a formar parte, y con ese dinero pude pagar mis estudios para convertirme en la doctora que siempre había deseado ser.
No siempre fue un trabajo sencillo, ni siquiera bonito, en aquel mundo había demasiada misoginia e incluso los músicos a veces podían ser bastante pedantes, pero conforme les fui conociendo fuimos creando una especie de pequeña familia en la que apoyarnos.
Por un lado estaba Raúl, un guitarrista algo egocéntrico que adoraba la atención y le costaba aceptar las negativas cuando se interponían en algo que él ansiaba. Víctor era el batería de la banda, solía parecer un chico rudo pero después era el más tímido y pacífico de todos. Lola era una chica algo excéntrica que enseguida se convirtió en un apoyo fundamental para mi, tenía una voz preciosa y era la cantante de la banda junto a Manu, el más problemático de los cinco, era un chico adinerado que siempre vestía de marca y que el término empatía no parecía conocerlo, pese a ello era bastante divertido y siempre encontraba la manera de hacernos reír.
- Chiqui, ¿estás preparada?- Preguntó la chica de pelo morado llamada Lola mientras abría la puerta del camerino que nos habían ofrecido en aquel bar de copas de ricos en el que íbamos a actuar.
- ¿Cuál es mejor?- Pedí su opinión mostrándole dos pinzas, una plateada de brillos y otra roja, ella escogió la de brillos y me hice un moño con ella dejando dos mechones sueltos. Llevaba una especie de body con falda que me cubría lo necesario para bailar pero que resaltaba cada una de mis curvas.
Salí junto a los chicos, y pese a que no muchas bandas de músicas apostaban por una bailarina, ellos decían que la manera de transmitir su música debía ser también por el movimiento, y ya que a ninguno se le daba demasiado bien aquello confiaban en mí para esa tarea.
Los instrumentos comenzaron a sonar siendo acompañados de sus voces, y entonces fue cuando llegó mi turno. Con suavidad comencé a moverme por el escenario, subiendo la intensidad de mis movimientos a medida que el ritmo ascendía, la adrenalina que me invadía al bailar era la forma que tenía de evadirme de todos los problemas, y hasta cierto punto sentía que creaba un clima con la música en la que ella tomaba mi cuerpo bajo el control de sus notas. Sabía que mis movimientos no dejaban indiferente a quienes me veían, eso al principio me hacía sentir insegura, pero después comencé a amar esa sensación poder que me dominaba en el escenario.