Galia Saralegui se vio obligada a asistir a una escuela en la que claramente no encajaba.
Se había resignado a que la ignoraran, por eso le sorprendió que aquella bonita niña le hablara.
Pronto, se dieron cuenta de que a pesar de que aparentemente...
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Narra Galia:
Todos necesitamos sentiros queridos.
Tal vez por eso, el día del cumpleaños se haya vuelto un evento especial en el que la gente acostumbra a decirte cosas bonitas.
Sin embargo, todos los años una sensación agridulce se instalaba en mi pecho. Me daba cuenta de lo que tenía, pero también de lo que me faltaba o extrañaba, y más de una vez me centraba tanto en mis pensamientos que apenas me permitía disfrutar del día.
Aquella mañana, nada más despertar tenía una llamada perdida de la rubia.
- ¿Cómo se ha despertado mi cumpleañera favorita?
- Cansada, una cierta persona me llamó anoche y no me dejó dormir. - me quejé mientras una sonrisa involuntaria se formaba en mis labios.
- No fui yo a quien le pareció buena idea ponerse a hablar de qué tipo de fruta, de animal o de árbol seríamos. - reímos a través de la línea - bien, solo te llamaba para felicitarte de nuevo hoy por la mañana, y advertirte que a las ocho y media me paso a buscarte.
A pesar de que hacía dos días había estado molesta con ella , cuando vino a pedirme perdón y hablamos me di cuenta de que no era capaz de aguantar mi enfado mucho tiempo cuando se trataba de ella. Me di cuenta de que perderla por mis sentimientos era absurdo, así que la mejor opción era ser su amiga y actuar como tal.
Cuando puse mi uniforme me dirigí directamente a la cocina, donde Rosa me recibió con un enorme abrazo y muchísimos besos.
- Hija. - escuché una voz a mis espaldas mientras estaba riendo y abrazando a la mujer morena.
- Madre.- saludé sin muestra de emoción en mi voz.
- Felicidades. Te hemos comprado un nuevo modelo de iPhone. - comentó haciéndome entrega del objeto que en realidad en esos momentos ni me interesaba.- Ahora vamos a la mesa, el desayuno nos está esperando. - comentó.
- Gracias.- respondí.- Rosa, ¿por qué no nos acompañas? prácticamente eres una madre para mi. - le dije notando la molestia que había causado ese comentario a la mujer que acababa de entrar en la cocina.
- No creo que mi presencia sea adecuada niña, tus padres querrán tenerte para ellos antes de irte a clase.
- Y me tendrán, pero yo quiero que mi día comience contigo desayunando a mi lado.
- Felicidades pequeña. - Habló mi padre entrando en la cocina con una sonrisa y dejando un beso en mi frente.- Vamos Rosa, siéntese con nosotros.
Así nos dirigimos al que seguramente sería uno de los desayunos más incómodos de toda mi vida, los cuatro tomamos las tostadas y el café mientras teníamos conversaciones triviales por compromiso. Por eso, cuando el timbre que indicaba que Ivy había llegado sonó una sensación de alegría invadió mi cuerpo, era mi escapatoria, por lo que tomé la taza de café aun hirviendo, la eché en un vaso para llevar y me despedí para irme con la rubia.