Veintiocho

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Era una fiesta esplendida, la chica apoyada contra su hombro era espléndida; Sharon era todo lo que siempre quiso. Era hermosa, bondadosa, carismática...Y parecía agradarle. Había notado el brillo en su mirada, la forma a la que se aferraba a él mientras bailaban y el afecto en sus palabras cada vez que hablaban.

Sam no creyó que fuesen un secreto los sentimientos de ella hacia él; más sí significaban una constante en su vida. Era uno de los tantos asuntos que no podía resolver y era mucho más delicado que cualquiera.

En un momento la giró entre sus brazos, despacio. La vio sonreír y sus ojos almendrados se estrecharon con ilusión. Era delicada como una pequeña muñeca. La arrastró hacia su pecho otra vez y besó su cabeza con suavidad. La mantuvo así un momento mientras cerraba sus propios ojos con fuerza; evitando derramar una sola lágrima, o, en su defecto, evitando que ella lo viese.

Pero el sexto sentido era aquello que Sam no podía evitar, era la angustia que se esparcía en el interior de Sharon; despacio, mortal. La opresión comenzó a hacerse tan fuerte que la invadió la nostalgia y el dolor inexplicables. Sentía el nudo en su garganta áspero, impidiendo que dijera una sola palabra.

Sam la separó despacio, tomando sus hombros delgados entre las palmas de sus manos; sintiéndolos fríos y temblorosos. Miró su rostro sonrosado y acarició su mejilla con ternura.

—Eres hermosa, Sharon. Eres asombrosa.

—No tienes que decir todas esas cosas...—bajó su mirada hacia sus pies, evitándolo—, puedes...puedes admitir que soy mala bailarina.

— ¿Qué dices?—sonrió—. Eres la mejor compañera de baile que he tenido.

— ¿Y por qué se siente como una mentira?

Sharon estaba bromeando. Era su intención, así que solo rió por lo bajo. Sam guardó silencio, se dedicó a contemplar como la luz en los ojos de la joven luchaba por no apagarse.

—Me gustas, realmente, Sharon.

Eso también se sentía como una mentira, pero Sharon ya no tenía el valor de volver a preguntar. La presión en su pecho no se sintió menos ligera. Entonces le dio la oportunidad de retractarse si quería, de salir corriendo aun si le hacía daño.

— ¿En verdad? ¿Lo dices en serio?

—Realmente quiero cortejarte. Si me lo permites...Me las voy a jugar por llevarte a un lugar agradable, digno de ti. De obsequiarte algo. De ganarme tu confianza.

Ella asintió lentamente, emocionada de que sus sospechas no hubieran sido ciertas, de que Sam en verdad la quisiera. Porque la quería...No quería atreverse a pensar lo contrario ahora.

Sam quiso dar un último salto de fe, olvidando mirar a su alrededor cuando acunó las mejillas de Sharon y la acercó hasta dejar que sus labios se tocaran con especial cuidado. Y, en un momento, la sintió tan entregada...aferrándose a él con toda su fuerza, prolongando el momento junto, escarbando en su interior para mantenerlo consigo.

Habían muchas maneras de lastimar a quien quería, sin duda Sharon era una de esas personas que podían volverse especiales en calidad de segundos; pero la manera más lenta de hacerle daño, era no queriéndola lo suficiente. Y ella no lo merecía.

Juró esforzarse, tenía que esforzarse.

—Es un buen hombre, María.

Su padre colocó una mano pesada sobre su hombro. Ella apartó la mirada del frente, evitando incluso la del coronel. Parpadeó con rapidez, disipando cualquier rastro de lágrimas que se hubiesen formado en el borde de sus ojos cristalinos.

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