Quince

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Natasha se había tomado su tiempo al contemplar las cosas, fueron los quince minutos más largos de su nueva vida; los primeros cinco los usó para recordar que no estaba más en aquel viejo apartamento tan pequeño y con tanto por refaccionar, sino que estaba en una habitación amplia, bonita y elegante. Percibió el estilo de Sarah en cada rincón, era como si Steve no lo hubiese olvidado y decidió solo plasmarlo en la ligereza de las cortinas floreadas, en los colores de las paredes, en los acabados de la madera... No le disgustaba en aboluto, se sentía agradecida. Tenía una cama alta y mullida, no más aquel viejo catre que hacía doler su espalda y cada hueso de su cuerpo tronaba como si hubiese sido quebrado sin nada de delicadeza.

Fue un golpe de suerte y a la vez no. Una mujer como ella, decían las malas lenguas, no merecía ese privilegio. Y no lo hacía por el interés, nunca fue su intención aprovecharse de Steve. Fue la necesidad de no perder lo poco que ya poseía lo que la obligó a aferrarse a su propuesta. ¿Qué podría saber el resto? Y si tenían la certeza de algo, pues la desconocía y no le interesaba saberla. Ella era extraña a discusiones, despreocupada de dimes y diretes de la gente. Pero Margaret Carter no era una desconocida, ni mucho menos. Eso la regresó de golpe a su realidad.

Se tomó apenas unos segundos para despojarse de su vestido y caminar hacia el baño. Otra vez se halló en la nada misma apenas abrió la puerta que la llevaba al corredor. Envuelta en una bata ligera y de simple y pulcro color beige, caminó descalza hasta dar con la puerta que buscaba. Era espacioso y en ese momento se sentía una paz envidiable; nada de ruido, calmado y silencioso como el campo nocturno. Con cuidado preparó el baño y finalmente se decidió por entrar hasta que el agua cubrió sus hombros parcialmente. Fue terapéutico y revitalizante durante un rato. Se había quedado contemplando la pared oscura por la poca iluminación que había mientras su cabeza vagaba hacia el incidente de hace un rato.
Se preguntaba qué estaba haciendo, qué camino estaba tomando. No quería darle problemas a Steve, pero la manera en que actuó fue poco usual en ella. Fue impulsivo y había destilado molestia y hasta cierto grado de odio mezclado a la satisfacción que le trajo mostrarle el anillo reluciente en su dedo.

Miró ahora su mano, el diamante pequeño relucía sencillo pero divino. Si Steve hubiese decidido casarse con Peggy, ¿Cómo le hubiese parecido?¿Le habría dado el mismo?¿Le habría comprado otro?¿Le habría gustado?

Surgían tantas dudas y todas banales, sin respuesta. Importaba ahora que se casaría. Pero se casaría con un hombre que ya había tenido historia con otra mujer. Ella nunca intentó nada con nadie, nunca le importo. ¿Cómo siquiera alguien que la conocía, al menos un poco como Margaret, podría pensar que se había entregado a otros hombres? Eso fue bajo, eso la había ofendido. Ella debía de dejar la pena a un lado, no deberían llamarle la atención sus lágrimas o su infortunio. Ya no. Pero le sembró duda.

La frase «Cumplir con las labores de esposa» eran algo que ya la venía atormentando y no sabía el motivo de su ansia si a fin de cuentas Steve no la tocaría. No la vería de ese modo. Lo más probable es que aunque lo niegue iría y buscaría el consuelo de otra mujer. Porque a ella no la veía como eso. Para él siempre sería su amiga, sería el que la rescató de la miseria. ¡Ja! Como si no tuviera ya suficiente con que sucediera, tenía que atormentarle la cabeza el saberlo. Pero...¿Y si en algún momento se decidiera a quererlo más allá de lo fraternal?¿Lo lograría? No tenía siquiera por qué imaginarlo, ¡Estaba ya mal de la cabeza! Fue ahí cuando todo dio vueltas y un sentimiento extraño comenzó a albergarse en su pecho y a asentarse en su estómago. Se volvía intenso si cerraba los ojos. Erizaba su piel bajo el agua.

De pronto, escuchó la puerta cerrarse, cosa que la alertó y la arrojó fuera de su burbuja. Supo que él ya no estaba abajo, había salido. Y un presentimiento, aunque rogaba porque no fuera ese, le decía que fue a buscarla a «ella». ¿Para qué? ¡Lo peor! Si así fuera, ¿Por qué habría de entrometerse?

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