La banda del instituto tocaba una mezcla de canciones patrióticas con las que el señor Morgan, el director de la banda, los había machacado una y otra vez. Luv se las sabía todas. Desearía volver a estar en el instituto para poder interpretarlas junto a ellos con el clarinete, así tendría algo que hacer aparte de tiritar y arrimarse a sus padres mientras daban palmas y miraban el intento patético de cabalgata, que iba rezagada por Main Street. Aunque marzo no era el mes ideal para hacer cabalgatas en Pensilvania, todo el mundo había salido para la ocasión. Habían despejado las calles y el clima se había comportado, a pesar de que la amenaza de tormenta había oscurecido el cielo para el gran final. Los chicos ya habían acabado la instrucción básica y el entrenamiento individual avanzado, y habían reclutado a su unidad, así, sin más. Serían de los primeros soldados en ir directamente a Irak.
Luv se calentó los dedos con el aliento; tenía las mejillas tan rojas como su pelo color fuego. Entonces llegaron los soldados. Llevaban ropa de camuflaje de color marrón, botas de cordones y gorras que les tapaban las cabezas rapadas. Luv daba saltos para intentar ver a Jungkook. La unidad estaba formada por reclutas del suroeste de Pensilvania. Los soldados se abrían camino por pequeños pueblos en convoyes formados por una larga hilera de vehículos militares, todo terrenos tácticos y algún tanque, para añadir dramatismo. No se distinguía a un soldado de otro, eran todos iguales. Luv se preguntaba si les robaban la individualidad por compasión, para que despedirse de ellos no fuera algo tan personal.
Y entonces Jungkook pasó desfilando junto a Luv, tan cerca que podía tocarlo. Ya no tenía el pelo largo, su precioso pelo largo, pero el rostro sí era el mismo: mandíbula cuadrada, labios perfectos, piel suave y ojos oscuros. Después de la última noche en el lago, Luv había pasado por
todas las etapas: ira, humillación e ira otra vez. Pero la ira desapareció cuando recordó lo que había sentido al tener los labios del chico sobre los suyos. Jungkook la había besado y ella no comprendía por qué. No se permitió pensar que él se hubiera enamorado de repente: ella no lo percibió así, no percibió amor. Parecía más bien una disculpa, y, tras semanas de fluctuar entre la vergüenza y la furia, decidió que aceptaba la disculpa del chico. La aceptación implicaba perdón y, al perdonarlo, los viejos sentimientos que había escondido durante tanto tiempo volvieron a ocupar el lugar de siempre en su corazón, y la ira se desvaneció como si hubiera sido una pesadilla. Ella intentó llamarlo, ser valiente por una vez, pero el grito se quedó en un alarido tímido y el nombre del chico desapareció en cuanto salió de los labios de Luv. Él miraba al frente y no se dio cuenta de que ella le miraba fijamente la cara ni de que había intentado llamar su atención. Era más alto que los hombres de su alrededor, así que fue fácil seguirle la pista a medida que bajaba por la calle. Luv no vio ni a Namjoon ni a Yoongi ni a Jimin ni a Seokjin.
Más tarde, en la heladería, vio a Marley, la novia de Seokjin, que estaba embarazada. Tenía la cara húmeda por las lágrimas y le sobresalía la barriga por la chaqueta acolchada que ya no le cerraba por el centro. Luv sintió celos por un instante. Que tu pareja, un soldado guapo, tuviera que dejarte para ir a la guerra era tan triste y exquisitamente dramático que Luv fue a casa y escribió el argumento de una nueva novela sobre dos amantes separados por la guerra. Los chicos se fueron, cruzaron el océano y se dirigieron hacia el calor y la arena, hacia un mundo que no existía en realidad; al menos no para Luv, ni para los habitantes de Hannah Lake. Era una realidad tan lejana y apartada de todo lo que conocían… La vida siguió como había hecho hasta entonces: la gente rezaba, amaba, sufría y vivía. Los lazos amarillos que Luv había ayudado a atar alrededor de los árboles tuvieron un aspecto alegre y fresco durante dos semanas, pero la primavera trajo granizo y arañó con sus garras de hielo los lazos festivos, que, destrozados por el viento y desgastados, no tardaron mucho en desaparecer. El reloj hacía tictac en silencio. Pasaron seis meses. En ese tiempo, Rita tuvo un bebé, igual que Marley Davis, que tuvo un niño y le puso Seokjin, como el padre de la criatura. Luv añadió otro capítulo a la novela que había escrito sobre los enamorados separados por la guerra. Escribió que tenían un bebé, una niña llamada Seok. No pudo evitarlo. Cada vez que Marley entraba en el supermercado, Luv anhelaba coger al pequeño; no quería imaginar cómo debía sentirse Seokjin a miles de kilómetros de distancia. Le escribía cartas a Jungkook y le contaba lo que pasaba en Hannah Lake, las cosas divertidas que veía, cómo iban las estadísticas de los equipos del instituto, los libros que leía, el ascenso a gerente nocturna que le habían concedido en el supermercado… todas las cosas graciosas que quería decirle, pero nunca tenía el valor. Y entonces firmaba: «Siempre tuya, Luv». ¿Puedes ser de alguien que no te quiere? Luv decidió que sí se podía, porque su corazón le pertenecía a él independientemente de si él quería o no que fuera así. Cuando acababa de escribir, escondía la carta en un cajón y se preguntaba qué sentiría Jungkook si ella de repente le mandara una. Probablemente pensaría que estaba loca y se arrepentiría de haberle pedido disculpas y de haberla besado. Pensaría que para Luv el beso había significado más de lo que en realidad había sido, y que le faltaba un tornillo. A Luv no le faltaba ningún tornillo, era solo que tenía mucha imaginación. A pesar de su don para la fantasía y para crear historias, Luv nunca pensó que él le correspondería. Ella le había preguntado si le podría escribir cartas, hasta se había comprometido a hacerlo, pero en el fondo pensaba que él no quería que le escribiera, y, como ya tenía el ego herido, no podría aguantar otra humillación. Las cartas se amontonaban y no era capaz de enviarlas.
Irak
—Oye, Kook, ¿has recibido alguna carta de amor de Luv Taylor?
—Yo pienso que Luv es atractiva —dijo Yoongi desde el catre—. ¿Viste lo guapa que estaba el día del baile? A mí no me importaría que me mandara cartas.
—Luv no es guapa —dijo Jimin—, ¡pero si parece Pippi Calzaslargas!
—¿Quién narices es Pippi Calzaslargas? —gimió Seokjin, que intentaba dormir.
—Mi hermana, de pequeña, veía una serie que se llamaba Pippi Calzaslargas. La sacó de la biblioteca y nunca la devolvió. Pippi tenía dientes de conejo y era pelirroja, y llevaba dos trenzas tiesas en la cabeza. Era delgada, rara y tonta, como Luv. —Jimin exageraba para meterse con Jungkook.
—Luv no es tonta —dijo Jungkook. Le sorprendía que le molestara tanto que Jimin se riera de Luv.
—Bueno, vale —rio Jimin—, eso no cambia las cosas.
—Pues sí —respondió Yoongi, que quería dar su opinión—, ¿quién quiere una chica con la que no se puede ni hablar?
—¡Yo! —respondió Jimin—. No hace falta que hables, desnúdate.
—Eres un cerdo, Jimin —suspiró Namjoon—, suerte que a todos nos gusta el jamón.
—A mí no me gusta —gruñó Seokjin —, y tampoco me gusta que os pongáis de cháchara a la hora de dormir, así que cerrad el pico.
—Tío, Seokjin, eres la Bruja Mala del Este —dijo Namjoon, riendo—. Bueno, la Bruja Mala de Oriente Medio. —Namjoon había escrito una canción muy divertida en la que comparaba Irak con Oz, y al poco tiempo todos los miembros de la unidad tenían apodos sacados de El mago de Oz.
—Y tú eres el Espantapájaros, gilipollas. Ese era el que no tenía cerebro, ¿verdad?
—Sí. El Espantapájaros. Suena genial, ¿verdad, Yoongi?
—Sin duda es mejor que Dorothy —dijo Yoongi entre risas. Un día había cometido el error de llevar unas zapatillas de lucha rojas al gimnasio. El resto era historia. Cuando no estaban de patrulla o durmiendo,entrenaban No había muchas más cosas con las que ocupar el tiempo libre.
—¿Por qué no das unos golpecitos con los talones y nos llevas de vuelta a casa, Dorothy? — dijo Namjoon —. Oye, Jimin, ¿por qué tú no tienes apodo?
—Eh… me llamo Connor. Te contradices tú mismo. —Jimin se estaba quedando frito.
—Tendríamos que llamarlo Munchkin… o Totó, quizá. Al fin y al cabo, es solo un perro chiquitito que ladra mucho —dijo Seokjin.
Jimin dijo inmediatamente:
—Tú mismo. Tendré que contarle a Marley que te liaste con Lori Stringham en la sala de lucha.—A Jimin siempre le había molestado que se metieran con su estatura. Era perfecta para la lucha libre porque era un luchador de cincuenta y seis kilos, pero para nada más—. Kook es el Hombre de Hojalata porque no tiene corazón. La pobre Luv Taylor lo descubrió por las malas. —Jimin intentó dirigir la atención otra vez hacia Jungkook, volviendo a meterse con él.
—Kook es el Hombre de Hojalata porque es de acero puro. Joder, ¿cuánto peso has levantado hoy?
Otro de los chicos de la unidad se unió a la conversación:
—Eres una puta mole. Tendríamos que llamarte Iron Man.
—Ya estamos otra vez —se quejó Seokjin —. Primero Hércules y ahora Iron Man. —Le daba envidia la atención que todos le prestaban a Jungkook y no lo ocultaba. Jungkook rio y dijo:
—No te preocupes, brujita enclenque, mañana te dejo que me ganes a un pulso, ¿vale?
Seokjin soltó una risita. La irritabilidad era en gran parte fingida. La tienda se quedó en silencio hasta que los ronquidos y suspiros fueron lo único que se oía en la oscuridad. Pero Jungkook no podía dormir, no paraba de darle vueltas a lo que Jimin había dicho. Rita Marsden era guapa, lo había dejado sin aliento y él había creído que estaba enamorado de ella hasta que se había dado cuenta de que no la conocía en absoluto. Rita no era inteligente, no de la manera que él quería. No había podido entender cómo podía ser tan atractiva en las cartas y tan diferente cuando estaban juntos. Rita era guapa, pero, al cabo de un tiempo, ya no le parecía nada atractiva. Jungkook quería a la chica de las cartas. Abrió los ojos de repente, en la oscuridad. La chica de las cartas era Luv Taylor. ¿Realmente quería a Luv Taylor? Se echó a reír. Luv era tan pequeñita. Harían una pareja ridícula. Y ella no era guapa, aunque el día del baile estaba guapísima. Verla ahí, con el vestido, bailando con los idiotas de sus amigos lo había sorprendido y cabreado. Al parecer no le había perdonado del todo lo que ella y Rita habían hecho. Había intentado no pensar en ella, no pensar en lo que había pasado la noche que habían estado en el lago, y había tratado de convencerse de que había sido una locura pasajera, un último acto desesperado antes de irse. Además, ella había dicho que le escribiría y no lo había hecho, aunque no podía culparla después de todo lo que había pasado. Sin embargo, le habría gustado que le enviara alguna carta. Luv escribía buenas cartas.
La nostalgia se apoderó de él. Ya no estaban en Kansas. Se preguntó en qué se había metido, en qué los había metido a todos. Y si era honesto consigo mismo, no era Hércules ni el Hombre de Hojalata. Era el León Cobarde. Había huido de casa y se había traído a sus amigos con él. Eran su red de seguridad, sus animadores. Se preguntó qué coño hacía en Oz.
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Jeon Jungkook - Máscara
Sonstiges> [Esta historia es una adaptación todos los derechos para la autora original]
