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Jungkook miraba a través de la apertura que separaba la vitrina y el mostrador delantero de la zona de trabajo de la cocina para intentar ver a Luv, mientras se preguntaba si la chica había decidido que no valía la pena perder el tiempo con él. Como las últimas noches Luv ya se había ido cuando él había llegado al trabajo, empezó a llegar cada vez antes para verla aunque fuera desde detrás del escaparate de la pastelería antes de que se fuera. Le decía a Elliott que había que hacer cosas en la
pastelería, aunque su padre nunca se preguntó el porqué. Probablemente estaba contento de ver que Jungkook salía de casa y de su habitación, a pesar de que nunca lo admitiría. Eso era lo que el doctor le había dicho a Jungkook que debía hacer.
La psicóloga que el ejército le había proporcionado le dijo a Jungkook que tenía que adaptarse a la «nueva realidad» y «asumir lo que le había pasado» para «encontrar nuevas ocupaciones y conexiones». El trabajo era un buen comienzo. Jungkook no quería admitir que trabajar lo había
ayudado, y también había empezado a correr y a levantar pesas. El ejercicio era lo único que le hacía sentir algo aparte de desesperanza, y por eso hacía mucho ejercicio. Jungkook se preguntaba si espiar contaba como «nueva ocupación». Se sentía como un acosador espiando a Luv, pero lo hacía de todos modos. Esa noche Luv barría el suelo mientras cantaba The Wind Beneath my Wings y usaba el palo de la escoba de
micrófono. Jungkook odiaba esa canción, pero sonreía mientras la miraba balancearse de un lado a otro y cantar desafinando, aunque no resultaba desagradable. Movió el montón de polvo hasta que se colocó justo enfrente del mostrador de la pastelería y lo vio de pleno. Entonces se detuvo y lo miró mientras sonaban las últimas palabras de la canción en la tienda vacía. Ella le sonrió, indecisa, como si no la hubiera hecho llorar hacía solo unas cuantas noches, y Jungkook sintió el instinto de
luchar o huir que había adquirido recientemente y que lo invadía cada vez que alguien lo miraba directamente.
Luv había subido el volumen de la música, que resonaba fuera de la  tienda hasta tal punto que parecía más una pista de patinaje que un supermercado. Las canciones eran una mezcla benigna de canciones tranquilas que inducían el coma en los clientes que iban por los pasillos comprando cosas que probablemente no necesitaban. A Jungkook le apetecía escuchar Def Leppard, con sus gemidos a pleno pulmón y estribillos enérgicos.
De repente, Luv soltó la escoba y corrió hacia la entrada; Jungkook salió de la cocina y rodeó el mostrador, asustado de que hubiera pasado algo. Luv abrió las puertas automáticas y apartó una hacia un lado para que Kim Taehyung pudiera entrar en la silla de ruedas. Una vez dentro, Luv
volvió a cerrar las puertas mientras charlaba con Taehyung.
Jungkook intentó no sonreír, de verdad que lo intentó, pero Taehyung llevaba una linterna en la cabeza. Era enorme y tenía unas bandas elásticas que se sujetaban a la cabeza del chico como si fuera uno de esos viejos aparatos para los dientes. Era la típica linterna de cabeza que imaginaba que debían llevar los mineros cuando se adentraban en las minas. Iluminaba tanto que Jungkook hizo un gesto de dolor, se tapó el ojo bueno y se giró.
—¿Qué narices llevas puesto, Kim?
Luv, sorprendida de que se hubiera atrevido a salir de los confines de la pastelería, lo miró. Taehyung pasó junto a Luv y se dirigió a Jungkook No actuó sorprendido por verlo ahí y, a pesar de que lo miraba fijamente a la cara, no reaccionó ante su cambio de apariencia. Taehyung puso los ojos en blanco y frunció el ceño al intentar mirar el foco que llevaba en la frente.
—Ayúdame a quitármelo, tío. Mi madre me obliga a ponerme este cacharro cuando salgo por la noche porque cree que si no lo llevo me atropellarán. No puedo quitármelo yo solo.

Jungkook hizo una mueca por la fuerte luz blanca y azulada que emitía, le quitó la linterna de la cabeza y la apagó. A Taehyung se le quedó el pelo de punta y Luv se lo arregló distraídamente cuando pasó por detrás de la silla de ruedas. Era un gesto afectuoso, incluso maternal. Le colocó el pelo bien, como si lo hubiera hecho mil veces antes, y Jungkook se dio cuenta de que probablemente era así. Luv y Taehyung eran amigos desde que Jungkook tenía memoria y, evidentemente, Luv se había acostumbrado a hacer por Taehyung, sin que él se lo pidiera o incluso sin darse cuenta de que lo hacía, lo que él no podía hacer por sí mismo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó a Taehyung. A Jungkook le sorprendía que el chico se paseara a las once de la noche en silla de ruedas.
—Es noche de karaoke, guapo.
—¿Noche de karaoke?
—Sí. Hace tiempo que no lo hacemos y algunos productos se han quejado. Al parecer, las zanahorias han fundado un club de fans de Kim Taehyung. Esta noche se la dedicamos a los fans. Luv tiene muchos seguidores en la sección de congelados.
—¿Karaoke? ¿Aquí? —Jungkook no esbozó ni una sonrisa… aunque quería hacerlo.
—Sí. Somos los reyes del lugar cuando está cerrado. Controlamos el sistema de sonido, usamos la megafonía como micrófono, ponemos nuestros CD y le damos caña al supermercado. Es genial. Deberías apuntarte, pero es mi deber advertirte de que soy fantástico y me cuesta soltar el micro.

Jeon Jungkook - Máscara Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora