Vivir

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Wren Ohmsford vio a través de los árboles la tranquila superficie del lago Myriam, que el sol pintaba de un deslumbrante oro rojizo. La intensidad de su brillo la obligó a apartar la mirada. Más alejadas, en dirección oeste, las montañas Irrybis eran como un desgarrón negro en el horizonte que
separaba la tierra del cielo y proyectaba las primeras sombras de la noche sobre la vasta llanura de Tirfing. Era solo una patrulla rutinaria: cinco vehículos del ejército iban por la parte sur de la ciudad. Jungkook conducía el último todoterreno blindado, Namjoon iba en el asiento del copiloto, a su lado. Yoongi iba al volante del vehículo de delante, Seokjin a su lado y Jimin, en la torreta. Iban en los dos últimos vehículos de un convoy de cinco. Hacían una patrulla rutinaria de una hora, luego volverían a la base. Iban por las calles derruidas y asediadas de Bagdad, siguiendo la ruta asignada. Namjoon iba cantando la canción que
había compuesto sobre Oz: «Irak no tiene munchkins, solo tiene arena. Suerte que tengo manos porque no está mi nena…». De repente, un grupo de niños y niñas de varias edades se puso a correr por el lado de la
carretera, chillando y pasándose el dedo por la garganta. Iban descalzos, tenían las extremidades oscuras y delgadas, la ropa desteñida bajo el calor sofocante. Corrían y gritaban. Había por lo menos seis.
—¿Qué hacen? —refunfuñó Jungkook confundido—. ¿Están haciendo lo que parece que están haciendo? ¿Tanto nos odian que quieren que nos rajen el cuello? ¡Si son solo niños!
—No creo que sea eso —dijo Namjoon, que se giró y vio como los niños se quedaban atrás mientras el convoy seguía su camino—. Creo que nos estaban advirtiendo. —Namjoon había dejado de cantar y tenía la cara paralizada y una expresión contemplativa. Jungkook miró por el retrovisor. Los niños se habían detenido y estaban de pie en la carretera,
inmóviles. Se iban haciendo cada vez más pequeños a medida que el convoy seguía avanzando, pero se quedaron en la calle, mirando. Jungkook se concentró otra vez en la carretera que tenían delante.
Ya no había nada más aparte del convoy, todo había desaparecido. No había ni un alma. Girarían en la siguiente calle, darían la vuelta a la manzana y se dirigirían a la base.
—Jungkook … ¿lo notas?
Namjoon tenía la cabeza inclinada, como si escuchara a lo lejos algo que Jungkook no oía y que tampoco notaba. Jungkook se acordó de la mirada de su amigo cuando fueron a escondidas al monumento conmemorativo del vuelo 93 y Namjoon había hecho la misma pregunta. La noche que habían ido al lugar del accidente había sido una noche muy tranquila, demasiado, como si el mundo hubiera agachado la cabeza para guardar unos minutos de silencio y nunca la hubiera vuelto a levantar. Todo estaba demasiado tranquilo. A Jungkook se le erizó el vello de la nuca. Entonces, del infierno se levantó una áspera mano hacia la carretera y creó llamas e hizo que trozos de metal salieran volando de debajo de las ruedas del vehículo que había delante del suyo, en el que iban Yoongi, Seokjin y Jimin, tres chicos, tres amigos, tres soldados de Hannah Lake, Pensilvania. Y eso fue lo último que Jeon Jungkook  recordaba, el único capítulo de su vida anterior.


El lunes por la mañana, cuando sonó el teléfono, los Taylor se miraron los unos a los otros, adormilados. Luv había pasado la noche escribiendo y quería volver a la cama una vez se hubiera acabado los cereales. Joshua y Rachel se iban un par de días a la Universidad de Loch Haven para
un simposio y querían salir pronto. Luv se moría de ganas de tener la casa para ella sola unos cuantos días.
—Son las seis y media. ¿Quién será? —dijo Rachel, desconcertada.
Como era la casa del pastor de la ciudad, las llamadas a horas intempestivas no eran inusuales, pero solían llamar desde la medianoche hasta las tres de la madrugada. Normalmente la gente estaba muy cansada a las seis y media de la mañana para meterse en líos o para molestar al pastor. Luv dio un saltó, cogió el receptor del teléfono y dijo un «hola» muy alegre. La curiosidad sacaba lo mejor de ella. Una voz que sonaba a asunto oficial preguntó por el pastor Taylor, y Luv pasó el teléfono a su padre, encogida de hombros.
—Preguntan por ti —dijo.
—Hola, soy Joshua Taylor, ¿en qué puedo ayudarlo? —saludó el padre de Luv enérgicamente. Se había puesto de pie y se había apartado a un lado para no tener que tirar del cable elástico y rizado por encima de la mesa. Los Taylor no habían invertido su dinero en un sofisticado teléfono
inalámbrico. Escuchó durante diez segundos y se volvió a sentar.
—Dios mío —se lamentó. Cerró los ojos como si fuera un niño que intenta esconderse. Rachel y Luv se miraron alarmadas; ya nadie se acordaba del desayuno.
—¿Todos? ¿Cómo ha sido?

Silencio otra vez.

—Claro. Sí. Sí. Allí estaré.
Joshua Taylor se volvió a poner de pie, se dirigió a la pared donde estaba el teléfono y colgó el auricular con una rotundidad que hizo que el corazón de Luv se estremeciera. Cuando se giró hacia la mesa, Joshua tenía la cara de un color gris enfermizo y una mirada sombría.
—Era Peter Gary, un capellán del ejército que se encarga de la asistencia a las víctimas. Park Jimin, Min Yoongj , Kim Namjoon  y Kim Seokjin fallecieron ayer en Irak por la explosión de una bomba en una cuneta.
—¡No! Dios mío, Joshua —dijo Rachel con voz estridente y tapándose la boca, como si quisiera tragarse las palabras, que habían resonado en la cocina.
—¿Han muerto? —gritó Luv con incredulidad.
—Sí, cariño, han muerto. —Joshua miró a su única hija e intentó alcanzarla con una mano temblorosa. Quería tocarla, consolarla, tirarse al suelo de rodillas y rezar por los padres que habían perdido a sus hijos, por los mismos padres a los que tendría que comunicarles la noticia en menos
de una hora—. Se han puesto en contacto conmigo porque soy el representante local del clero. Quieren que vaya con los oficiales del ejército a decírselo a las familias. Vendrá a recogerme un coche en media hora. Tengo que cambiarme —añadió con impotencia, mirándose los vaqueros y la camiseta que llevaba, su favorita, en la que ponía: «¿Qué haría Jesús?».
—¡Pero si iban a regresar a casa el mes que viene! Ayer mismo vi a Jamie Kim en el centro comercial, cuenta los días que faltan para que vuelvan —protestó Luv como si las noticias no pudieran ser ciertas por ese motivo—. ¡Y Marley! Marley está organizando la boda, ¡se va a casar con Seokjin!
—Nos han dejado, cariño.

Las lágrimas empezaron a caerle por el rostro; el shock se había convertido en devastación. Los ojos del pastor reflejaban dolor, Rachel lloraba en silencio, y Luv se sentó sin decir nada, aturdida e incapaz de sentir algo aparte de la obvia incredulidad. De repente, alzó la vista,
horrorizada. Tenía una pregunta:
—Papá, ¿y Jungkook?
—No he caído en preguntar, Luv. No han dicho nada de él. Seguro que está bien.

Luv se encogió de hombros, aliviada, e inmediatamente sintió remordimientos por haberle dado más importancia a la vida de Jungkook que a la de los demás. Pero al menos él estaba vivo. Estaba bien. Media hora más tarde, un Ford Taurus negro se detuvo delante de la casa de los Taylor. Tres oficiales uniformados salieron del coche portador de malas noticias y se dirigieron hacia la puerta. Joshua Taylor, que se había duchado y puesto el atuendo más respetuoso que tenía, les abrió la
puerta en traje y corbata. Rachel y Luv merodeaban en la cocina y escuchaban la conversación tan irreal que tenía lugar en la habitación contigua. Un hombre, que Luv asumió que era el capellán que había llamado a su padre, dio instrucciones al pastor sobre cómo proceder, le dio toda la información de la que disponían y le pidió consejo sobre a quién debían contárselo primero o sobre quién iba a necesitar más apoyo, y le preguntó si alguno de los chicos tenía familia fuera de la ciudad a la que tuvieran que reunir. Los cuatro hombres se fueron en el coche quince minutos más tarde. Jamie Kim fue la primera en recibir las noticias de que su hijo había fallecido. A continuación, fue la familia de Min Yoongi la que tuvo que oír que su hijo de veinte años, el hermano mayor, el chico que tenía tan buenas notas y nunca había faltado al instituto, regresaría a
casa en un ataúd. Luego comunicaron la noticia a los padres de Kim Seokjin, que tuvieron que acompañar a los oficiales a casa de su nietecito para contarle a Marley que no iba a haber boda en otoño (una tarea nada envidiable). Luisa Park salió corriendo y gritando de casa cuando el
suboficial que hablaba español con fluidez le dio el pésame. Seamus Park lloró y se aferró al pastor.

La noticia se extendió como la pólvora. Los que salían a correr por la mañana y los que paseaban a sus perros vieron el coche negro y a los hombres uniformados que iban dentro, y los cotilleos y especulaciones escapaban de las bocas y entraban en los oídos antes de que la verdad,
que iba a un ritmo más lento, devastara a la ciudad. Elliott Jeon estaba en la pastelería cuando oyó el rumor de que Kim Namjoon y Min Yoongi habían muerto y de que el coche negro todavía estaba aparcado delante de la casa de los Park. Se escondió en la cámara frigorífica de la tienda
durante media hora, rezando por la vida de su hijo, rezando por que los hombres de uniforme no lo encontraran… si no lo encontraban no podían decirle que su hijo también había fallecido. Sin embargo, lo encontraron. El señor Morgan, el propietario del supermercado, abrió la puerta de la cámara frigorífica para decirle que los oficiales estaban allí. Elliott Jeon temblaba de frío y de miedo cuando le contaron las noticias. Estaba vivo, aunque herido de gravedad. Lo habían llevado en avión hasta la base aérea de Ramstein, en Alemania, y tendría que permanecer allí hasta
que estuviera lo suficientemente estable para llevarlo de vuelta a Estados Unidos. Si sobrevivía, claro.

El papel principal del pastor y su familia en la comunidad es el de amar y servir. Esa era la filosofía del pastor Taylor, así que eso hizo. Rachel y Luv se esforzaron al máximo para hacer lo mismo. Todos los ciudadanos estaban en un estado de shock y de luto proporcionales a la tragedia. Se había declarado el estado de emergencia, y no parecía que el alivio estuviera a la vuelta de la esquina. No habría ayudas federales para reconstruir nada porque habían muerto, era permanente, no había nada
que hacer. Un avión devolvió los cuerpos de los chicos a sus familias. Se organizaron los funerales, que se hicieron cuatro días seguidos. Fueron cuatro días de duelo inimaginable. Los municipios de alrededor echaron una mano y recaudaron unos cuantos miles de dólares para hacer un monumento conmemorativo. No enterrarían a los chicos en el cementerio de la ciudad, sino en una pequeña colina que daba al instituto. Al principio, Luisa Park había protestado porque quería que su hijo fuera enterrado en un remoto pueblo fronterizo de México, donde estaban enterrados los abuelos del chico, pero, por una vez, Seamus Park le plantó cara a su mujer e insistió en que su hijo tenía que ser enterrado en el país por el que había muerto en servicio, en la ciudad que lloraba su muerte,
al lado de sus amigos que habían perdido la vida con él.
Llevaron a Jeon Jungkook al hospital Walter Reed, y Elliott Jeon cerró su negocio para estar a su lado. Sin embargo, los vecinos echaron una mano; abrieron la pastelería por él y se encargaron de que estuviera abierta los días que él se ausentaba. Todos sabían que Elliott no podía permitirse perder las ventas ni las ganancias.
El nombre de Jungkook volvía a estar en las marquesinas, pero esta vez solo ponía «Rezad por Jungkook ». Y rezaron por él cada vez que lo operaban para reconstruir el rostro dañado. Las malas voces decían que tenía la cara completamente desfigurada. Otros decían que se había quedado ciego, otros que no podía hablar. No podría volver a luchar nunca más. Qué desperdicio, qué tragedia.

Al cabo de un tiempo quitaron los carteles que pedían las oraciones y las banderas de las ventanas, y la vida se reanudó en Hannah Lake. Los vecinos estaban destrozados, tenían el corazón roto. Luisa Park boicoteaba la pastelería porque afirmaba que Jungkook tenía la culpa de que su hijo hubiera muerto, de que todos hubieran muerto. La mujer escupía cada vez que oía el nombre del chico. La gente chasqueaba la lengua y se aclaraba la garganta porque, aunque no lo admitieran, algunos estaban de acuerdo con ella. En el fondo se preguntaban por qué no se había quedado en casa. Por qué no se habían quedado todos en casa. Elliott Jeon acabó volviendo al trabajo después de hipotecar su casa y vender todo lo que tenía de valor. A diferencia de los demás, él todavía tenía a su hijo, así que no se quejaba de las dificultades económicas. La madre de Jungkook y Elliott se turnaban para estar con el chico, que, seis meses después de haber despegado en dirección a Irak, regresó a Hannah Lake. No se habló de otra cosa durante semanas, y la curiosidad cada vez era mayor. Se propuso hacer una cabalgata o algún tipo de ceremonia para celebrar el regreso de Jungkook, pero Elliott
siempre ponía excusas y se disculpaba. Jungkook no tenía ganas de ningún tipo de celebración, y la gente, a regañadientes, lo acabó aceptando. Esperaron un tiempo para volver a empezar a hacer preguntas. Siguieron pasando los meses. Nadie veía al chico. Volvieron a surgir rumores sobre sus heridas, y la gente se preguntaba qué tipo de vida podría llevar si de verdad su rostro había quedado tan desfigurado como decían. Otros se preguntaban si no habría sido mejor que hubiera muerto con sus amigos. El entrenador Kim y Taehyung fueron a verle en muchas  ocasiones, pero nunca los dejaron entrar.

Luv estaba de duelo por el chico al que siempre había amado. Se preguntaba qué se sentiría al ser guapo y que te robaran la belleza. Seguro que era más difícil que si nunca habías sido guapo. Angie siempre decía que la enfermedad de Taehyung era compasiva por una razón: robaba la independencia de la persona poco a poco, cuando era solo un niño, y, por tanto, Taehyung nunca había sido independiente del todo. No tenía nada que ver con las personas que se quedan paralizadas en un
accidente de coche y quedan confinados a una silla de ruedas cuando ya son adultos y ya saben perfectamente lo que han perdido, lo que se siente al ser independiente.

Jungkook era consciente de lo que significaba estar sano, ser perfecto, ser Hércules. Qué cruel debía ser caer desde la cima. La vida le había dado a Jungkook otra cara, y Luv se preguntaba si él sería capaz de aceptarlo algún día.

Jeon Jungkook - Máscara Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora