Por Hannah Lake no había ningún hotel sofisticado ni ningún local pijo para hacer el baile de graduación, así que el instituto de Hannah Lake decoraba el gimnasio con cientos de globos, guirnaldas de luces, balas de heno, árboles de mentira, carpas o lo que el tema de la fiesta requiriera.
El tema de este año era la canción I Hope You Dance, una canción inspiradora que no inspiraba nada en lo que a decoración se refería. Así pues, las guirnaldas de luces y las carpas volvieron a decorar un baile de graduación más en el instituto de Hannah Lake. Luv, que estaba sentada al lado de Taehyung y miraba a las parejas que bailaban en el gimnasio, se preguntaba si lo único que había cambiado en cincuenta años era el estilo de los vestidos.
Luv toqueteaba el escote de su vestido mientras pasaba la mano por los pliegues de color crema. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás y miraba como la tela de la falda caía hasta el suelo, emocionada por los destellos dorados que creaba la luz en el vestido. Había encontrado el
vestido en un perchero de liquidación un día que paseaba con su madre por un centro comercial en Pittsburgh. Lo habían rebajado una y otra vez, probablemente porque era un vestido de una talla muy pequeña en un color que no estaba de moda entre las chicas pequeñas. Pero el color gris topo favorecía a las pelirrojas y a Luv le quedaba genial. Había posado para las fotos con Taehyung en la sala de estar de los Taylor, con el corpiño del vestido por la barbilla, como le gustaba a su madre. A los dos segundos de salir de casa, sin embargo, tiró del vestido y se puso el escote a la altura de los hombros y, por primera vez en su vida, casi llegó a sentirse guapa.
Nadie le había pedido a Luv que fuera su pareja para el baile. Taehyung no se lo había pedido a nadie y había bromeado diciendo que no quería que las chicas se sintieran intimidadas en el baile. A pesar de que lo había dicho con una sonrisa en la boca, hubo un destello de tristeza en su rostro. Como Taehyung no solía compadecerse de sí mismo, Luv se había quedado sorprendida por el comentario y le había pedido que fuera su acompañante. Era el baile de graduación, podían quedarse en casa sentados enfurruñados por no tener pareja o podían ir juntos.
Eran primos, e ir juntos daba pena, pero era mejor eso que perdérselo. Además, tampoco es que ir juntos les fuera a causar problemas de popularidad. Su vida social no iba sobre ruedas (al menos no en el caso de Luv). No sería una noche romántica, pero Luv llevaba un vestido y tenía un acompañante para el baile, aunque no fuera convencional.
Taehyung llevaba un esmoquin negro, una camisa plisada de color blanco y una pajarita negra. Se había puesto espuma en el pelo rizado y se lo había peinado, astutamente, de tal manera que parecía
Justin de *NSYNC… o eso pensaba Luv. Los jóvenes se mecían hacia delante y hacia atrás sin apenas mover los pies y con los brazos inmóviles alrededor del cuerpo de sus parejas. Luv intentaba no imaginarse cómo se sentiría si estuviera tan cerca de alguien especial en su baile de graduación. Por un instante deseó haber ido con alguien que pudiera sacarla a bailar. Sintió una punzada de remordimiento y miró a Taehyung con culpabilidad, pero él se fijaba en una chica que llevaba un vestido rosa chillón con brillos y tenía el pelo rubio escalonado. Rita.
Becker Garth la cogía con fuerza y le acariciaba el cuello con la nariz. Le susurraba al oído mientras se movían. El pelo oscuro de él contrastaba con los mechones claros de ella. Becker, que tenía más confianza en sí mismo de la que merecía y una actitud propia de los chicos bajitos que
tienen que hacerse notar, tenía veintiún años y era demasiado mayor para ir al baile de graduación de un instituto. Sin embargo, Rita estaba en las primeras etapas de encaprichamiento y al mirarlo ponía una cara tan adorable que hacía que pareciera todavía más guapa.
—Rita está guapísima. —Luv sonrió. Estaba feliz por su amiga.
—Rita siempre esta guapísima —dijo Taehyung, cautivado por su belleza.
Algo en el tono de voz de Taehyung hizo que el corazón de Luv se estremeciera. Puede que fuera porque ella nunca se había sentido guapa, o por el hecho de que Taehyung se hubiera dado cuenta y
estuviera fascinado por algo a lo que Luv pensaba que era inmune, a lo que Luv pensaba que no le daba importancia. Sin embargo, ahí estaba, su primo, su mejor amigo, su compinche, embobado como todos los demás. Y si Kim Taehyung enamoraba de una cara bonita, Luv no tenía
esperanzas: Jeon Jungkook nunca se fijaría en alguien tan insignificante como ella. Todo siempre estaba relacionado con Jungkook.
Ahí estaba él, rodeado de sus amigos. Parecía que Jungkook, Yoongi y Namjoon habían venido sin acompañantes, para desgracia de las alumnas de último curso que estaban en casa porque no habían recibido ninguna invitación para el baile. Resplandecientes en sus esmóquines negros, jóvenes y atractivos, engominados y afeitados, celebraban con todo el mundo y con nadie en particular.
—Voy a pedirle a Rita que baile conmigo —dijo Taehyung de repente, moviendo la silla hacia delante como si hubiera dado con la solución y quisiera hacerlo antes de acobardarse.
—¿Qué… qué? —Luv tartamudeó. Esperaba que Becker Garth no fuera un idiota y observó fascinada y asustada a partes iguales cómo Taehyung se dirigía hasta Rita, que, cogida de la mano de Becker, estaba saliendo de la pista de baile. Rita le sonrió a Taehyung y rio por algo que le había dicho. «Déjalo en manos de Taehyung, no va falto de encanto», pensó Luv. Becker le frunció el ceño al chico y pasó junto a él, como si no valiera la pena detenerse por él, pero Rita le soltó la mano y, sin esperar a que su acompañante le diera permiso, se sentó con cuidado sobre el regazo de Taehyung y le pasó los brazos por encima de los hombros. Empezó a sonar Get Ur Freak On de Missy Elliott, y Taehyung se puso a bailar como un loco, como pedía la letra de la canción. Empezó a dar vueltas con la silla y a hacerla girar una y otra vez, y Rita reía y se agarraba a él de manera que su pelo rubio ondeaba sobre el pecho del chico. Luv movía la cabeza arriba y abajo al compás de la música y se contoneaba sin moverse de su sitio mientras reía por la audacia de su amigo. Taehyung no le temía a nada, especialmente teniendo en cuenta que Becker Garth todavía estaba de pie en la pista de baile, de brazos cruzados, enfadado y
esperando a que acabara la canción. Si Luv fuera guapa, quizá se atrevería a ir con él para intentar distraerlo, quizá le diría de bailar para que Taehyung pudiera disfrutar de su momento sin que Becker estuviera vigilando. Pero no era guapa. Se mordió una uña y confió en que todo saliera bien.
—Hola, Luv.
—Eh… hola, Yoongi. —Luv se puso derecha y escondió las uñas mordisqueadas en su regazo.
Min Yoongi tenía las manos en los bolsillos, como si estuviera igual de cómodo con un esmoquin que cuando llevaba vaqueros. Le sonrió y señaló la pista de baile con la cabeza.
—¿Quieres bailar? A Taehyung no le importará, ¿no? Como está bailando con Rita…
—¡Claro! Vale. —Luv se levantó demasiado deprisa y se tambaleó en los zapatos de tacón, que hacían que fuera siete centímetros más alta y midiera casi un metro setenta. Yoongi volvió a sonreír y le tendió el brazo para que se estabilizara.
—Estás guapa, Luv. —Yoongi sonó sorprendido. Le recorrió el cuerpo con la mirada hasta que la miró directamente a los ojos. Frunció el ceño, como si intentara saber qué había distinto en ella.
A los veinte segundos de que hubieran empezado a bailar, la canción cambió. Luv pensó que eso iba a ser todo lo que iba a conseguir, pero .Yoongi le pasó los brazos por la cintura cuando empezó a sonar una balada y pareció estar contento de seguir bailando. Luv giró la cabeza para ver si Taehyung había devuelto a Rita a su acompañante, pero vio que no lo había hecho. Estaba haciendo ochos lentamente con la silla alrededor de las otras personas que había en la pista de baile. Rita
tenía la cabeza apoyada en su hombro mientras bailaban lentamente lo mejor que podían. Becker estaba de pie al lado del bol de ponche con la boca retorcida en una mueca y la cara roja.
—Van a acabar dándole una paliza a Kim si no va con cuidado —dijo entre risas Yoongi, que había seguido la mirada de Luv.
—Me preocupa más Rita —dijo Luv, dándose cuenta de que era verdad. Becker la ponía nerviosa.
—Sí, puede que tengas razón. Hay que estar muy mal para pegarle a un chico en una silla de ruedas. Además, si Garth le tocara un pelo, se armaría un lío de los buenos. Ninguno de los luchadores que estamos aquí lo permitiríamos.
—¿Por el entrenador Kim?
—Sí. Y por Taehyung. Es uno de los nuestros.
Luv sonrió; estaba contenta de saber que el sentimiento era mutuo. Taehyung quería a todos y cada uno de los miembros del equipo de lucha libre y se consideraba el segundo entrenador del equipo, la mascota, el entrenador personal, el encargado de calcular las estadísticas y, en general, un gurú de la lucha libre.
Después, Namjoon le pidió a Luv un baile. Era adorable y estaba distraído, como siempre, y a .Luv le gustó bailar con él, pero cuando Jimin se acercó y la invitó a bailar, Luv empezó a preguntarse si era el objeto de una broma entre ellos o, peor, de una apuesta. Quizá Jungkook sería el
siguiente y entonces todos le pedirían que posara con ellos para una foto y se reirían a carcajadas de la farsa del baile de graduación. Como si ella fuera una atracción de feria.
Pero Jungkook no le pidió que bailara con él, no se lo pidió a nadie. Se quedó de pie. La cabeza y los hombros del chico sobresalían entre la multitud. Llevaba el pelo repeinado hacia atrás en una cola en la nuca, que le acentuaba las llanuras y los valles de su atractiva cara, sus ojos
oscuros, sus cejas rectas y su mandíbula cuadrada. Cuando pilló a Luv mirándolo, frunció el ceño y apartó la mirada. Luv se preguntó qué había hecho. En el camino de vuelta a casa, Taehyung estaba excepcionalmente callado. Decía que estaba cansado, pero Luv lo conocía demasiado bien.
—¿Te encuentras bien, V?
Taehyung suspiró y Luv lo miró a los ojos por el retrovisor. Taehyung nunca podría conducir y nunca se sentaba en el asiento del pasajero. Cuando iban a dar una vuelta en coche por la ciudad, Luv cogía prestada la furgoneta de los Kim porque estaba preparada para la silla de ruedas.
Habían quitado el asiento del medio para que Taehyung pudiera subir por una rampa y entrara en el vehículo. Entonces ponía el freno de las ruedas y lo ataban con cinturones anclados en el suelo que impedían que la silla volcara. Ir en coche por Main Street, con Taehyung en el asiento de atrás, no era muy divertido, pero Luv y Taehyung ya estaban acostumbrados y a veces Rita iba con ellos para que Luv no se sintiera como un chófer.
—No. Hoy es una de esas noches, Luvie.
—¿Ha sido muy real?
—Demasiado real.
—Yo estoy igual —dijo Luv en voz baja. Sintió como se le cerraba la garganta por la emoción que le crecía en el pecho. A veces la vida parecía muy injusta, excesivamente dura e insoportable.
—Parecía que lo estabas pasando bien. Muchos chicos te han pedido que bailes con ellos, ¿no?
—¿Les has pedido tú que bailaran conmigo, Taehyung? —Cuando lo entendió, la realidad le sentó como una bofetada.
—Sí… Se lo he pedido yo. ¿He hecho mal? —Taehyung parecía afligido.
Luv sonrió y lo perdonó inmediatamente.
—No pasa nada, ha sido divertido.
—Jungkook no te ha sacado a bailar, ¿verdad?
—No.
—Lo siento, Luv. —Taehyung era consciente de lo que Luv sentía por el chico y de que había perdido toda esperanza después del fiasco de las cartas de amor.
—¿Acaso piensas que alguien como él se enamoraría de alguien como yo? —Luv miró a Taehyung a los ojos a través del espejo. Sabía que él lo entendería.
—Solo si tiene suerte.
—Ah, Taehyung. —Luv negó con la cabeza, pero le agradecía que lo hubiera dicho, sobre todo porque sabía que lo pensaba de verdad.
Llegaron a la conclusión de que no estaban listos para volver a casa, así que dieron vueltas con el coche por Main Street una y otra vez. Los cristales oscuros de las ventanas de las tiendas reflejaban el brillo de los focos delanteros de la vieja furgoneta azul y las pocas posibilidades de la
solitaria pareja en el interior. Después de un rato, Luv se salió de la calle principal y condujo hasta casa. El cansancio le había llegado de golpe y estaba lista para la sencilla comodidad de su cama.
—A veces es difícil aceptar la realidad —dijo Taehyung de repente.
Luv esperó a que continuara el discurso.
—Es difícil aceptar el hecho de que nunca te van a querer como tú quieres.
Por un instante, Luv pensó que estaba hablando sobre ella y Jungkook, pero entonces se dio cuenta de que en realidad no se refería al amor no correspondido, estaba hablando de su enfermedad. Se refería a Rita. A las cosas que nunca podría ofrecerle y a las cosas que ella nunca le pediría. Porque estaba enfermo. Y nunca iba a mejorar.
—Hay días en los que pienso que ya no lo puedo soportar más. —La voz de Taehyung se quebró, y el chico calló tan repentinamente como había empezado a hablar. A Luv se le llenaron los ojos de lágrimas de compasión, y se las enjugó al mismo tiempo que metía la furgoneta en el garaje oscuro de los Kim. La luz automática parpadeaba por encima de
ellos a modo de soñolienta bienvenida. Metió el coche en la plaza de aparcamiento, se quitó el cinturón y se giró en el asiento para mirar a su primo. En la oscuridad, la cara de Taehyung se veía demacrada, y Luv sintió una ola de miedo que le recordó que él no iba a estar siempre a su lado, que no estaría a su lado durante mucho más tiempo. Alargó el brazo y le cogió la mano.
—A veces pasa, Taehyung. Hay momentos en los que piensas que no puedes soportarlo más. Pero entonces te das cuenta de que sí puedes. Tú puedes. Eres un tío duro. Vas a tomar aire, vas a aguantar un poco más, vas a sufrir un poco más y, finalmente, recobrarás las fuerzas —dijo Luv. Sonreía, insegura, y sus ojos llenos de lágrimas contradecían las palabras de ánimo. Bailey asintió y le dio la razón, con los ojos llenos de lágrimas también.
—Pero a veces también tienes que admitir que es una mierda, Luv.
Luv asintió y le apretó la mano más fuerte.
—Sí, no pasa nada.
—Tienes que reconocerlo. Plantarle cara a la mierda. —La voz de Taehyung se volvió más fuerte, más estridente—. Aceptarla. Reconocerla, regodearte en ella, convertirte en una mierda. —Taehyung suspiró. Su mal humor estaba mejorando gracias a la retahíla de palabrotas que había soltado. Decir palabrotas era terapéutico. Luv sonrió levemente.
—¿Convertirte en una mierda?
—Si hace falta, sí.
—Tengo helado de chocolate y frutos secos en casa. Parece caca. ¿No podemos convertirnos en helado mejor?
—Hombre, sí que parece mierda con los frutos secos. Trato hecho.
—Qué asco, Taehyung.
Taehyung chasqueó la lengua y Luv fue a la parte de atrás, desató los cinturones que sujetaban la silla y abrió la puerta corredera.
—Oye, Taehyung.
—¿Qué?
—Te quiero.
—Y yo a ti, Luv.
Por la noche, después de quitarse el vestido, de sacarse todas las horquillas del complicado peinado y de quitarse el maquillaje de la cara, Luv se quedó de pie frente al espejo y se valoró sinceramente. Había crecido un poco, ¿no? Ya casi medía un metro sesenta. No era tan bajita. Seguía siendo flacucha, pero ya no parecía una niña de doce años.
Se sonrió, admirando la sonrisa blanca y recta por la que tanto había sufrido. El pelo todavíse estaba recuperando del desastre del verano anterior. Convencida de que el pelo corto sería más fácil de manejar, le dijo a Connie de la peluquería Hair She Blows que se lo cortara tan corto como a un chico. Quizá no se lo había cortado lo suficiente porque le salía disparado de la cabeza como si llevara una permanente de los años setenta. Se pasó gran parte de su último año en el instituto con el pelo como el de Annie, de la obra de teatro de Broadway, y eso contribuía a su aspecto de niña pequeña. Ahora ya casi le llegaba a los hombros y podía recogérselo en una coleta. Se prometió que no volvería a cortárselo nunca más; dejaría que le creciera hasta que le llegara a la cintura y, a lo
mejor, el peso del pelo haría que los rizos se deshicieran un poco. Como Nicole Kidman en Días de trueno. Nicole Kidman era pelirroja y era muy guapa. Pero también era muy alta. Luv suspiró y se puso el pijama. Elmo la miraba desde la camiseta.
—Elmo te quiere —se dijo a sí misma haciendo una imitación de la voz chillona de la marioneta. Quizá era hora de comprarse ropa nueva, de cambiar de estilo. Quizá si no llevara pijamas de Elmo parecería mayor. Debería comprarse vaqueros de su talla y camisetas que enseñaran que no tenía el pecho plano… ya no.
Sin embargo, ¿seguía siendo fea? ¿O es que había sido fea durante tanto tiempo que ya todo el mundo lo creía? Con todo el mundo se refería a los chicos del instituto. Se refería a Jungkook. Se sentó al escritorio y encendió el ordenador. Estaba escribiendo una novela nueva. Una novela nueva con el mismo argumento de siempre. En todas sus historias, el príncipe se enamoraba de una plebeya, el cantante de rock perdía la cabeza por una admiradora, el presidente se quedaba embelesado por la humilde profesora o el multimillonario caía rendido a los pies de la dependienta. Había un tema recurrente, un patrón que Luv no quería pararse a estudiar detenidamente. Y, normalmente, Luv se imaginaba en el papel de la enamorada. Siempre escribía en primera persona y se describía como una chica con extremidades largas, rizos suaves, pechos grandes y ojos azules. Pero esta noche no apartaba los ojos del espejo, de su rostro pálido lleno de pecas.
Se quedó sentada durante un largo rato, con la vista fija en la pantalla del ordenador. Pensó en el baile de graduación, en cómo Jungkook la había ignorado. Pensó en la conversación que había tenido después con Taehyung y en cómo él se había rendido ante la mierda, aunque fuera una rendición temporal. Pensó en las cosas que no entendía y en cómo se sentía con ella misma y empezó a escribir, a hacer rimas, a volcar su corazón en la página.
Si Dios crea nuestras caras, ¿rio cuando hizo la mía?
¿Crea piernas que no andan y ojos que no miran?
¿Acaso riza el pelo de la cabeza hasta que se alza persistente?
¿Tapa las orejas del sordo para hacerlo dependiente?
¿Es coincidencia que piense así o es el destino?
¿Es correcto culparlo por las piedras que ha puesto en mi camino?
Por los defectos que empeoran cada vez que me miro a un espejo.
Por mi fealdad, por el odio y por el miedo.
¿Nos esculpe para divertirse o por algún motivo que no entiendo?
Si Dios crea nuestras caras, ¿hizo la mía riendo?
Luv suspiró e hizo clic en imprimir. Cuando la impresora barata escupió el poema, Luv lo colgó en la pared con una chincheta que agujereó el papel blanco. A continuación, se metió en la cama e intentó borrar de su mente las palabras que se repetían una y otra vez: «Si Dios crea nuestras
caras, si Dios crea nuestras caras, si Dios crea nuestras caras…».
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Jeon Jungkook - Máscara
De Todo> [Esta historia es una adaptación todos los derechos para la autora original]
