En un mundo dividido, el odio que consumió el alma de una joven es la gota que derramó él vaso, Desató y terminó a la fuerza, una guerra sangrienta termina por llegar al límite de todos los involucrados, no pueden seguir, pero la desconfianza y des...
A primera hora de la mañana, dejé atrás a mi madre y a mi hermana sin despedirme. No fue por falta de cariño; simplemente no quería convertir aquel momento en una despedida. Si las miraba demasiado tiempo, si veía sus rostros antes de marcharme, probablemente terminaría dudando de todo lo que estaba a punto de hacer. Así que caminé junto a mi padre en silencio, siguiendo el camino que conducía hacia el descenso.
Yo nací en el Limbo, la capital y la superficie del Infierno, un lugar que para nosotros era casi una puerta entre el mundo exterior y las profundidades de nuestra tierra. Desde allí comenzaba el descenso hacia los anillos inferiores. Los diferentes niveles del Infierno estaban conectados mediante un enorme sistema de teleféricos, compuesto por poleas, cadenas y cabinas reforzadas capaces de transportar demonios de un anillo a otro a una velocidad considerable.
Las cabinas descendían constantemente por aquellos enormes conductos verticales, entrando y saliendo de estaciones construidas alrededor de las paredes del cráter. Desde arriba, las veía desaparecer en la oscuridad y regresar minutos después cargadas de demonios, suministros y soldados que iban de un anillo a otro. El sistema no era precisamente cómodo, pero comparado con bajar caminando, era una maravilla.
Porque sí, también podíamos descender a pie.
El problema era que hacerlo podía tomar días, semanas o incluso meses, dependiendo de cuánto quisiéramos avanzar. Y llegar hasta el centro de la Tierra, donde se encontraba el castillo del rey, podía tomar uno o dos años si alguien se empeñaba en recorrer todo el trayecto a pie. No era un camino pensado para quienes tenían prisa, sino para quienes no tenían otra opción o para los malditos fanáticos que disfrutaban de una buena caminata por las entrañas del Infierno.
Nosotros no íbamos hacia el centro.
Nuestro destino era el anillo de la Violencia.
Allí se encontraba uno de los principales coliseos de entrenamiento militar, donde los demonios eran preparados para convertirse en soldados. No sabía exactamente qué me esperaba detrás de aquellas paredes. Había escuchado historias de cachorros que llegaban convencidos de que serían grandes guerreros y regresaban meses después apenas capaces de caminar; otros nunca regresaban. Algunos descubrían que tenían talento para la magia, otros para la estrategia y unos cuantos, simplemente, descubrían que su única habilidad era recibir golpes sin morir.
Yo todavía no sabía cuál de esos sería mi caso.
Mientras avanzábamos, miré de reojo a mi padre. Él parecía tranquilo, pero conocía demasiado bien sus gestos para no notar la tensión en su mandíbula y la forma en que mantenía las orejas ligeramente hacia atrás. No estaba preocupado por el descenso. Estaba preocupado por mí.
Yo también lo estaba.
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Mi padre me dejó observando las cabinas que pasaban una tras otra sin detenerse. Apenas una quedaba vacía, los demonios se apresuraban a subir y ocupaban los espacios disponibles, empujándose entre ellos para alcanzar el siguiente nivel antes de que la cabina desapareciera en la profundidad. Había un límite que nadie debía sobrepasar; cruzarlo significaba caer miles de kilómetros hacia el fondo. Para evitar accidentes habían instalado una enorme malla de seguridad, aunque, por alguna razón, yo seguía mirando expectante, casi esperando que alguien tuviera la brillante idea de comprobar si realmente funcionaba.