|| Cap 25 ||

9 1 0
                                        




La mañana emergió con colores fríos, pinceladas de azul y gris que se mezclaban con la humedad del ambiente, dejando un leve pinchazo helado en la piel.

La mañana emergió con colores fríos, pinceladas de azul y gris que se mezclaban con la humedad del ambiente, dejando un leve pinchazo helado en la piel

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me incorporé con dificultad. Aún sentía el mareo residual del viaje en barco, pero mi entrenamiento no me permitía el lujo de seguir descansando. Mi día comenzaba con el sol.

Me acerqué a Dagur y deshice sus ataduras. Seguía dormido, temblando por el frío, hundido en un sueño profundo. Nadie más estaba despierto. Sus ritmos de vida y el mío eran tan distintos que la brecha entre nosotros se sentía insalvable, reducida a una mera relación profesional.

Aprovechando la quietud matutina, decidí caminar. Necesitaba entrar en calor, despertar mis músculos y despejar mi mente.

El paisaje se extendía ante mí como un vasto lienzo vacío. Kilómetros y kilómetros de tierras deshabitadas se extendían en todas direcciones. Sin embargo, en ciertos puntos específicos, noté rastros de actividad: huellas en la tierra, fogatas apagadas, senderos apenas marcados. Eran señales de viajeros que venían y se iban, nunca asentándose, como si la región fuese un destino de paso, un mirador fugaz en lugar de un hogar. A pesar de su tránsito, dejaban el terreno casi intacto, conservándolo con una meticulosa delicadeza.

Los híbridos tenían costumbres extrañas. Me resultaba incomprensible cómo aquellos con sangre demoníaca podían convivir en paz con los descendientes de ángeles. No era cuestión de educación, sino de naturaleza. Los demonios somos ambiciosos, difíciles de contener. ¿Cómo lograban mantener el equilibrio? La duda se instaló en mi mente, incitando mi curiosidad.

Seguí caminando hasta alcanzar el pueblo que habíamos visto resplandecer la noche anterior. De cerca, lucía humilde pero sorprendentemente poblado para estar en una zona tan aislada. No detecté más de quinientas almas en el lugar.

Desde la distancia, observé a los híbridos llevando su vida con normalidad, como si la guerra no existiera. Niños corrían por los prados entre el ganado, mientras los adultos iban de un lado a otro, trabajando sin descanso. Grandes cargamentos de comida eran transportados por un camino que se perdía en el horizonte. Nunca fui buena orientándome sin una brújula, pero por lo que sabía, ese sendero llevaba al noreste del territorio, directo a la capital.

Sentí una presencia acercándose, pero no reaccioné. Su olor me reveló que era Odessa. Me había seguido hasta aquí, transformada en un halcón. Lo supe de inmediato; ningún ferox de esa especie seguiría a un depredador de mi tamaño sin razón.

—Deberías aprender a elegir mejor en qué animal transformarte, Odessa —dije antes de que se posara a mi lado.

—S-Sí... lo siento... —murmuró. Su mirada se fijó en el pueblo con la misma curiosidad que la mía—. Los otros ya vienen, están esperando a que Dagur termine de desayunar.

—Bien... ¿Qué puedes decirme de este lugar?

Odessa titubeó, visiblemente nerviosa. Evitó mi mirada mientras sacaba unas anotaciones.

Demon withinDonde viven las historias. Descúbrelo ahora