POV Artemisa
Salto de tiempo: 7 años
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Los años en la Arena de la Violencia parecían no pasar nunca. Cuando comenzamos aquel entrenamiento éramos cien niños; siete años después, solo quedábamos treinta y cinco... y cada vez éramos menos. Había rostros que desaparecían de un día para otro, camas que quedaban vacías y nombres que dejaban de escucharse durante las formaciones. Con el tiempo aprendí que en aquel lugar la ausencia era otra forma de contar el tiempo.
Los primeros dos años fueron casi exclusivamente entrenamiento defensivo. El objetivo era sencillo de entender y brutalmente difícil de cumplir: aprender a levantarte incluso después del peor golpe. No importaba cuánto doliera, cuánto sangraras o si sentías que alguna parte de tu cuerpo ya no respondía; debías moverte. Levántate, respira, ignora el dolor y vuelve a intentarlo. No escuches al cuerpo cuando te pida detenerte; escucha la orden y termina tu objetivo.
Cuando comenzamos a trabajar en equipo, todo cambió. La necesidad de impresionar al comandante convirtió la competencia en una guerra silenciosa, y esa rivalidad terminó siendo el último clavo en el ataúd de los más envidiosos. Curiosamente, los que más morían eran los de Herejía; seguir reglas parecía ser algo que sus cuerpos rechazaban incluso antes de que sus cabezas pudieran procesarlas. Para ellos, una orden era una sugerencia y una sugerencia, una oportunidad para hacer exactamente lo contrario.
Yo, en cambio, seguía las órdenes al pie de la letra. No porque fuera incapaz de pensar por mí misma, sino porque había entendido algo que muchos tardaron demasiado en aceptar: un soldado que decide cuándo obedecer deja de ser un soldado confiable. Por eso terminé ganándome el apodo de «Perro». Era fiel, obediente y jamás cuestionaba una orden frente a mis superiores, aunque los demás se burlaran de mí por hacerlo. Su rebeldía les consiguió fracasos, castigos, expulsiones y, eventualmente, tumbas.
Aun así, quienes cumplíamos con nuestro deber empezamos a recibir recompensas. Ascensos, condecoraciones, mejores posiciones dentro de las maniobras y, sobre todo, algo mucho más valioso: confianza. Aprendimos a movernos juntos, a cubrir los puntos ciegos del otro y a confiar en que nadie abandonaría su posición aunque el infierno entero pareciera venirse abajo. Esa confianza nos dio una ventaja enorme en combate. Pero todo eso estaba a punto de cambiar.
Después de las vacaciones de invierno regresamos a nuestras habitaciones y encontramos una sorpresa esperándonos en cada puerta. Junto al número de la habitación y el nombre de su residente había aparecido una pequeña pizarra acompañada de una tiza. En la parte superior, escrito con letras grandes y perfectamente visibles, había una sola palabra: MUERTES. Desde aquel día nuestro pequeño escuadrón comenzaría a enfrentarse directamente con otros escuadrones en maniobras de batalla.
Ya no habría simulaciones suaves ni soldados que simplemente se dejarían derribar para enseñarnos una lección. Cada uno llevaría alrededor del cuello un pequeño contador mágico capaz de cambiar de cifra cada vez que arrebatáramos una vida. La magia registraría cada muerte individual y convertiría nuestros cadáveres acumulados en números que cualquiera podría ver. Era una forma bastante elegante de convertir el asesinato en una competencia.
Así que debíamos exhibir frente a todos los que visitaran nuestros dormitorios cuántos compañeros de entrenamiento habíamos matado. El contador no registraba las masacres grupales; cada muerte debía atribuirse a un individuo. Cuantas más vidas arrebataras, mayor sería tu recompensa. Ascensos, privilegios, mejores equipos y oportunidades dentro del ejército. En aquel lugar hasta la muerte podía convertirse en una moneda.
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Demon within
FantasyEn un mundo dividido, el odio que consumió el alma de una joven es la gota que derramó él vaso, Desató y terminó a la fuerza, una guerra sangrienta termina por llegar al límite de todos los involucrados, no pueden seguir, pero la desconfianza y des...
