|| Cap 31 ||

6 0 0
                                        



solo una semana habia pasado desde que Ikaro y mis retoños vinieron a visitareme, y ya me habia recuperado mucho más rápido de lo que los médicos creían posible. Dijeron que era imposible regenerar tantos órganos, tantos huesos, en tan poco tiempo sin perder la razón.

Pero lo que ellos no sabían es que, más allá de los hechizos de recuperación y las gemas del alma... yo tenía una medicina secreta. Mis cachorros.

Finian, Linerius y Laila. Pequeños, vulnerables, llenos de vida y de sonidos suaves que no sabía cuánto necesitaba hasta oírlos una vez más, sus llantos no me lastimaban: me salvaban.
Cada aullido, cada estirón de sus patitas buscando mi pecho, cada mirada que me lanzaban como si yo fuera el universo entero... remendaba una herida.

No caminaban aún, no hablaban, ni siquiera balbuceaban. Pero sus ojos... Dioses, sus ojos.

Uno tenía los ojos de un azul profundo, como el mar iracundo, otro los tenía verdes, brillantes, como las praderas en primavera, llenos de esa chispa curiosa que prometía caos y risa. Y la tercera... mi pequeña Laila... tenía los ojos naranja dorado, como el fuego, como las brasas que no se apagan. Mis hijos eran la prueba viva de que, incluso en el infierno, puede nacer belleza.

Y yo... era su madre, nada me hacía más orgullosa.

En mi último día en la enfermería, sentada sobre la cama que había sido mi prisión y mi refugio, los alimentaba en silencio, con una ternura que parecía no encajar en una criatura como yo. Las luces eran tenues. La magia calmante flotaba en el aire. Los tres mamaban en paz, sus diminutas zarpas aferradas a mi piel, su calor impregnado en mis cansados huesos.

Ikaro estaba junto a mí. Siempre presente. Firme, leal... silencioso. Ese joven y atractivo ciervo, al que una vez salvé de las cadenas, ahora se había vuelto el único adulto presente en quien confiaba para cuidar lo que más amaba. Pues podía pensar en muchos más, en amigos y familia que lo harían, pero no podrían dedicar sus días a ellos, solo protegerlos no era suficiente, necesitan presencia, el calor protector de alguien, algo que me faltó tanto que no pienso dejar que ellos sientan el frío de la soledad con una oscura presencia indiferente a sus necesidades de compasión.

—Ikaro —dije sin mirarlo, acariciando la cabeza de Laila—, dime... ¿Cómo han estado con él?

Él tardó en responder. Yo ya sabía lo que eso significaba.

—Señorita... Grimm... no ha estado bien —susurró finalmente—. Casi un mes después de su llegada, algo en él... cambió. Sus ojos... se volvieron violetas.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Violáceos?

—Sí. Al principio creímos que era una enfermedad o una maldición. Pero no logramos saber el que, pues, después de eso, cambió completamente.

Se detuvo. Yo también.

—Habla, Ikaro —dije con la voz baja y peligrosa.

—Abandonó casi por completo sus responsabilidades. Empezó a gastar el dinero de la casa en vicios.

—¿Qué tipo de vicios?

—Todos los posibles —dijo sin rodeos—. Alcohol, drogas Y mujeres... muchas. El círculo de la lujuria se volvió su hogar casi permanentemente

Mi pecho se comprimió, pero no me sorprendía. Era un déjà vu.

—¿Y los niños?

—Los dejó en manos de nodrizas, y, en mi opinión, muy malas en su trabajo. A veces ni preguntaba por ellos. Los días que los veía... simplemente los ignoraba.

Demon withinDonde viven las historias. Descúbrelo ahora