En un mundo dividido, el odio que consumió el alma de una joven es la gota que derramó él vaso, Desató y terminó a la fuerza, una guerra sangrienta termina por llegar al límite de todos los involucrados, no pueden seguir, pero la desconfianza y des...
Todo era oscuridad. No podía sentir mi cuerpo. Ni siquiera sabía si estaba respirando, solo podía escuchar el eco amortiguado de las olas rompiendo contra la costa. El agua tapaba mis oídos, mezclando el sonido de las olas con una voz que, desde algún lugar, me llamaba, distorsionada, confusa. Intenté orientarme, pero la sensación era imposible de distinguir.
El mareo me hacía dudar si aún flotaba en el agua o si ya estaba en la orilla, pero algo era seguro: alguien me hablaba. Las palabras se perdían en la niebla de mi mente, apenas reconocibles. Pasaron minutos, o tal vez horas, hasta que poco a poco recuperé la conciencia. Con cada segundo, el dolor comenzó a emerger como una ola terrible, desgarrador y abrumador, envolviendo mis patas traseras en una sensación entumecida que se arrastraba hasta mi columna. Era un dolor que jamás había sentido antes.
Mis ojos, todavía desenfocados, apenas lograban percibir la arena bajo mi cuerpo. Intenté levantar una pata con cuidado, pero el mínimo esfuerzo me obligó a acostarme de nuevo, sofocando un grito de dolor.
—¿Quién eres? ¿Qué está pasando?... —La mezcla de miedo y confusión me atormentaba. Un olor a sangre me invadió, despertando un terror que retumbaba en mis pensamientos—. ¿Mis patas? ¿Mi cola? ¿Están... están bien? ¡Dime algo!
Sentí el aliento de alguien acercándose a mi oído. La voz que oí fue baja, tensa, y llevaba un tono de urgencia que solo aumentaba mi desesperación.
—Quédate quieta, no son tus patas.
Algo jalaba de mí, pero no podía verlo ni entender qué estaba pasando. La incertidumbre se volvía insoportable.
—¿Quién eres? ¿Qué me estás haciendo? —Mi respiración se aceleraba, el miedo clavándose como espinas en mi pecho.
—Basta, solo déjame hacer esto, ya estoy terminando —respondió, su voz cargada de frustración.
Intenté mantener la compostura, aunque mi vista y oído comenzaban a aclararse. Entonces, una melodía comenzó a resonar en el aire, una canción de cuna. La reconocí de inmediato. Era angelical. La voz de un ángel, capaz de alterar los sentidos de los demonios, se filtraba en mis oídos. Sentí su efecto suavizándome el cuerpo, calmando el dolor, debilitando mis músculos como una droga sedante, y la arena bajo mí se transformó en una cama suave y delicada. Físicamente, estaba relajada, como si flotara en terciopelo, pero mi mente se mantenía despierta, aterrada.
¿Qué me estaba haciendo? ¿Por qué un ángel me ayudaba justo después de lo que acabábamos de vivir? Cada vez más, la música se volvía envolvente, ganando fuerza, empanándome, hasta que mi mente, agotada, comenzó a desvanecerse. La oscuridad me cubrió de nuevo, llevándome otra vez a la inconsciencia.
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