|| Cap 4 ||

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POV Artemisa

Me sentía sin aire en aquella reunión, y la presencia de mi tío Hitoshi no ayudaba en absoluto. Como buen Kitsune, tenía esa maldita costumbre familiar de contar cualquier acontecimiento como si hubiera ocurrido tres veces peor de lo que realmente fue, adornando cada detalle hasta quedar él como el más competente de todos y consiguiendo, de paso, que el otro terminara recibiendo los gritos y el acoso del resto del clan. Si algo había aprendido de ellos era que nunca dejaban que la verdad arruinara una buena historia.

—Bueno, Artemisa. Tranquila. No hiciste nada malo. De hecho, tu equipo fulminó a todo el equipo azul —dijo Barrax con evidente satisfacción, golpeando tres veces su pecho justo sobre el lugar donde llevaba mi contador de muertes.

Rax suspiró mientras revisaba los pergaminos con los nombres de los muertos. Su expresión se volvió más pesada a medida que pasaba las hojas, como si cada nombre le agregara otro peso sobre los hombros.

—Sí, pero es una mierda tener que fingir tristeza ante sus familias por sus pérdidas. Esta vez solo dos pueden revivir; los demás ya están con Tenebris.

Al escuchar aquello bajé la mirada. Inmediatamente pensé en aquel extraño ser de las sombras, tan tranquilo mientras recogía los fragmentos luminosos que se desprendían del cuerpo de mi compañero. Aquello debía ser su alma. Muy pocos demonios eran capaces de robar almas; se suponía que yo también podía llegar a hacerlo, pero en mis clases de magia negra todavía ni siquiera habíamos llegado a ese nivel. Por eso, quizá por curiosidad o porque todavía no comprendía del todo lo que había visto, me sentí lo bastante segura como para hablar.

—Cuando atravesé las sombras vi a un demonio llevarse el alma del chico que me tiró por el acantilado.

Mi tío apretó los labios y abrió tanto los ojos que por un instante pensé que se le saldrían de las cuencas. Barrax tuvo que contener una sonrisa ante su expresión, mientras Rax permaneció completamente serio, separando con paciencia los informes de los muertos de los supervivientes.

—Eso es un tema muy importante que queríamos tocar —dijo Rax—. No me interesa a quién viste ahí. Me interesa cómo llegaste. Por lo que explicaste, al principio fue algo repentino, casi cuestión de suerte. Después tus compañeros vieron que podías hacerlo a voluntad. ¿Podrías hacer una demostración?

Buscó algo a su alrededor y señaló debajo de la mesa.

—Hay una sombra ahí. También detrás de mi bolso. Frente al bolso hay una cantimplora con sangría. —Me miró por encima del hombro, serio—. Pásamela sin moverte de tu lugar. Usa las sombras como lo hiciste anteriormente.

—Esta niña ni siquiera ha terminado su entrenamiento de magia negra. Es de nivel medio-bajo, por no decir bajo. Es imposible que ella...

La voz de Hitoshi me encendió algo por dentro. No soportaba que menospreciara mis habilidades delante de mis superiores, así que antes de que terminara la frase le golpeé el hombro con la cola. Después dejé que esta se deslizara por debajo de la mesa y atravesara la sombra proyectada sobre el suelo. Sentí ese frío extraño recorrerme desde la punta hasta la base, como si mi extremidad estuviera entrando en agua helada, y al otro lado mis garras emergieron de la oscuridad. Tomé la cantimplora y, utilizando la sombra que el propio Rax proyectaba sobre la mesa, la hice aparecer justo frente a él.

—...Pueda atravesar las sombras.

Barrax sonrió de oreja a oreja, tanto que parecía que la cara se le iba a entumecer. Rax tomó la cantimplora y bebió con cuidado, obligado a inclinarla de una manera particular por la ausencia de su labio superior. Hitoshi, en cambio, estaba tan furioso que sus seis colas aparecieron detrás de él, agitándose como látigos.

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