En un mundo dividido, el odio que consumió el alma de una joven es la gota que derramó él vaso, Desató y terminó a la fuerza, una guerra sangrienta termina por llegar al límite de todos los involucrados, no pueden seguir, pero la desconfianza y des...
Cuanto más avanzábamos, más precisos se volvían los cambiaformas. Era como si el terreno les hablara. Marcar rutas, tomar notas, moverse en silencio... todo lo hacían con una naturalidad que daba confianza.
El territorio se abría ante nosotros, extenso y lleno de trampas invisibles. Valles anchos, montañas cerrando el horizonte y bosques tan densos que apenas entraba la luz. No era un lugar cualquiera. Aquí pasaron cosas, se sentía. Los cambiaformas asumieron que los híbridos usaban estos bosques para esconderse. Su parte bestia les daba ventaja: velocidad, sigilo, camuflaje. Era el escenario perfecto para una guerra silenciosa. Incluso surgió la teoría de túneles subterráneos, rutas ocultas para moverse sin ser vistos.
Terra lo confirmó. Sentía algo bajo la tierra. Una vibración, un eco constante. Seguimos esa pista hasta encontrar una entrada medio oculta por raíces y musgo. No parecía reciente. Las marcas eran antiguas, como si nadie pasara por ahí desde la Primera Guerra Carmesí.
No entramos. No sabíamos qué había adentro, ni hasta dónde llegaban. Marcamos el lugar y seguimos. Ya teníamos suficiente con mantenernos vivos en la superficie.
Llegamos a la mitad del trayecto. Terra nos advirtió que había visto soldados rondando el bosque. La capital estaba cerca. Un río nos lo confirmó: si lo seguíamos, llegaríamos. Siempre es así. Donde hay agua, hay asentamientos. Y este no iba a ser la excepción.
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Nos detuvimos a comer junto al río. La carne que llevábamos apenas alcanzaba para dos días más de viaje, y como no sabíamos cuánto faltaba para llegar a la capital, acordamos cazar si se agotaba antes. No era lo más prudente, pero los demonios no comemos por necesidad, sino por instinto. Vivimos para devorar. Sin alimento, nos arrancaríamos la carne entre nosotros... o de nosotros mismos. No había alternativas.
Mientras masticábamos los últimos trozos, Terra, que dormía recostada bajo la sombra de un árbol, se incorporó de golpe. Sin decir palabra, adoptó su forma híbrida. Fue rápido, reflejo puro. Los demás la imitaron sin preguntar. Incluso Odessa me transformó sin advertencia.
—¿Qué pasa? —pregunté, desconcertada, con la voz aún espesa de comida y confusión.
—Soldados —susurró Terra, clavando las garras en la tierra húmeda.