En un mundo dividido, el odio que consumió el alma de una joven es la gota que derramó él vaso, Desató y terminó a la fuerza, una guerra sangrienta termina por llegar al límite de todos los involucrados, no pueden seguir, pero la desconfianza y des...
Volví al castillo. En el pasillo que llevaba a mi habitación vi a varios sirvientes salir apresurados, evitando cruzar miradas conmigo. Ya habían terminado de limpiar y deseaban marcharse antes de que los notara. No era difícil entender por qué. En mis días allí, Odrek y yo solíamos dejar desastres... y ellos pagaban las consecuencias mientras intentaban hacer su trabajo.
Entré. Como siempre, el resultado era impecable. Así debía ser. En ese lugar, el más mínimo error se pagaba con la muerte.
El cansancio me cayó de golpe. Tomé a mis cachorros por la cola; esa misma cola capaz de atravesar cráneos como si fueran mantequilla ahora los sostenía con un cuidado maternal. Besé sus frentes con ternura, memorizando su calor, su olor, cada pequeño movimiento. Luego los dejé en la sombra. Sentí las pezuñas temblorosas que los recibieron al otro lado. Ikaro no dijo nada. Yo tampoco. No hacía falta. Ambos sabíamos qué debía hacerse.
Con la noche artificial del centro de la Tierra envolviendo el castillo, me acosté por fin. El cuerpo me dolía, pero no tanto como el peso del día. No había luchado, no había sangrado, y aun así me sentía exhausta. El deber pesaba más que cualquier batalla.
Cerré los ojos sabiendo que aquello solo era una pausa.
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La mañana siguiente llegó como todo en mi vida: sin permiso. La luz del día me golpeó con una crueldad innecesaria; por el cansancio olvidé cerrar las cortinas y, entre sueños, me repetía que debía hacerlo. Lo pensé tantas veces que, cuando algo finalmente bloqueó la luz, solo sentí alivio.
No sospeché nada hasta que una voz familiar se coló entre mis pensamientos.
—Mi niña... hija mía...
Era suave, grave, cargada de un afecto que no escuchaba desde hacía demasiado tiempo.
—Pa... —la palabra se me escapó antes incluso de despertar del todo.
Abrí los ojos antes de que mi conciencia pudiera procesar lo que veía. Al principio solo hubo formas abstractas, sombras mal definidas, hasta que logré enfocar. Frente a mí estaba el rey.
—¡AH!
Salté de la cama, destrozando en un segundo el orden que los sirvientes habían dejado con tanto cuidado. Caí del otro lado, con la cabeza contra el suelo, las patas traseras dobladas sobre el colchón y la cola cayéndome encima del rostro como un peso muerto.
—JAJAJA. No creo que fuera para tanto, hija —dijo, rodeando la cama para encontrarme.
—E-eh... mil disculpas... —me incorporé torpemente, intentando recuperar algo de dignidad—. En el campo de batalla, esa cercanía cara a cara es mortal...
—Oh, ya veo. Un viejo inútil como yo no lo sabía. disculpa, preciosa.
Me reverencié más rápido que un parpadeo. Tan rápido que mi quijada golpeó el suelo con un sonido seco, haciendo rechinar mis dientes.