XIII

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No puedo vivir a base de tacos de la esquina y sopas instantáneas. Creo que era un poco urgente que fuera a surtir mi despensa.

Cerré la puerta del refrigerador por cuarta vez de lo que va en la mañana. Y a penas eran las 10.

Caminé derrotada a mi habitación para empezar a buscar ropa. Hoy día no tenía planeado salir, mucho menos tenía ganas. Pero si no quería morir de hambre era mejor que de una buena vez lo hiciera.

Unos jeans claros, camiseta negra y vans del mismo color fueron mi outfit perfecto y cómodo para realizar mis actividades. Mi cartera y una crossbody acompañaron mi atuendo.

Tenía que valer la pena el sacrificio de salir.

Pensaba en seriamente rentar un coche, porque comprar no era necesario. Aunque pensándolo bien, la renta por el tiempo que esté aquí saldría muy caro. Pero tampoco me atrevía a manejar siete u ocho horas en mi coche.

Suspiré profundamente cuando vi el Uber llegar.

...

— Le puedo dar asesoría fiscal como lo hace un contador, más sin embargo no puedo hacer el trabajo de uno. Pero también conozco algunos si es de su interés.

— Realmente si estoy interesada. Estoy próxima a mi jubilación y creo necesitar la asesoría.

— Perfecto. — respondí entusiasmada — Mire, estos son los medios por dónde me puede encontrar. — empecé a buscar en mi bolsa mi otra cartera — Justo me acabo de mudar aquí, pero pronto contaré con el domicilio.

Mierda... No los encuentro.

Justa y prudentemente se me fueron a olvidar hoy.

— Una disculpa, pero no tengo a la mano mis tarjetas de presentación. Pero, ¿Tiene disponible su celular para anotar el número?.

— Claro licenciada.

Después del embarazoso momento para mí, podía asegurar que tenía otro cliente más aquí, gracias a Dios.

Con los ánimos algo más elevados continué con mis compras.

En el último vistazo que di por la ventana del coche, puede visualizar que ya acababa de llegar al edificio.

Por una parte me daba algo de pesar haber gastado tanto en cosas que si consumiría, pero que no eran necesarias.

El señor del Uber amablemente me ayudó a bajar mis cosas, adentrándolas un poco al lobby.

Saqué toda la fuerza que tenía para poder cargar las bolsas al elevador, y de ahí al departamento. De algo tenía que servir el gimnasio.

— Ay Dios. — las solté una vez adentro — Ahorita guardo todo.

Me tumbé en el sofá cerrando los ojos. Después de todo, sí había valido la pena la salida.

Mi celular comenzó a sonar y aun sin abrir los ojos lo empecé a buscar dentro de mi bolsa que todavía traía puesta.

Al sacar ambos celulares me di cuenta que el que sonaba era el de trabajo. Recordé a la señora de hace unas horas, así que rápido tomé compostura y contesté.

— Sí, ¿Diga?. — esperé unos segundos en línea, pero no se escuchaba nada — ¿Se le ofrece algo?.

Nadie hablaba y de hecho, no se escuchaba nada.

— Disculpe, pero creo que tal vez está equivocado.

Antes de que yo colgara, lo hicieron del otro lado.

— ¡Maldita sea, yo no estoy para juegos!.

Volví a guardar el celular y esta vez mejor preferí empezar a guardar la despensa.


NARRADOR OMNISCIENTE

Iván resopló al estirar su espalda en el respaldo mientras frotaba su rostro con algo de cansancio.

— Pinche Alf. Por qué no viniste a chambear, chingao'. — suspiró — ¿Me iré de una vez?.

Continuó por hacer lo que estaba revisando en la computadora, pero luego de algunos minutos se volvió a desesperar.

— Chingue su madre. Lo dejo para mañana.

Empezó acomodar algunas de las cosas que estaban en el escritorio, aunque realmente no fue gran cosa porque seguía siendo un desastre.

Tomó algunas de sus cosas ya casi marchándose, y hasta parecía broma que justo antes de salir, sonó un celular que siempre tenía en esa oficina.

— Agh. — dijo pensando en si, sí o no contestar — ¿Sí?. — terminó por contestar.

¿Compa Iván?. — se escuchó del otro lado — Soy yo. Hugo.

Ah, sí. Que onda, compa. ¿Cómo anda?.

Bien, bien. Relax como siempre.

Pongase a chambear, omee. — bromeó.

— Sabes que yo ando en el trabajo 24/7. — ambos rieron, pues sabían a lo que se referían — Oiga, compa. Hablando de la chamba. ¿De casualidad no andas en el restaurante?. Tú, Ovidio o el Alfredillo.

Solamente yo. Ovidio anda en la gaso y Alf no pudo venir. Voy de salida. — Pinche Alfredo — ¿Por qué?.

Fíjate que necesito un paro, compa. Bueno. Primero preguntarte si de casualidad, ¿No se encontraron por ahí una cartera café?.

— Sí, compa. De hecho Alfredo... — hasta que le cayó el veinte.

Hijo de la...

Suspiró calmando su enojo.

— Pinche Alfredo.

...

— Buenas tardes, Iván. — le contestó Sofía. Quién descaradamente lo veía de arriba abajo — Sí. Sí está. No ha salido de su oficina desde mediodía.

— Bueno, eh... — rascó su nuca tratando de disimular la incomodidad en la que se encontraba — Voy a pasar.

— Adelante. — puso una sonrisa ladina — Es casa de tu hermano. Y todo lo suyo, también pronto será mío.

Pero ya no le contestó más.

Sólo asomó una línea en sus labios y asintió algo confundido.

Sofía no había cambiado y al parecer, nunca lo haría. Pensó Iván.

Cada vez que se acercaba más a la pequeña oficina, se escuchaba salir de la habitación música con el volumen tenue. Baladas románticas, para ser exactos.

Iván era de las únicas personas que conocían muy bien a su hermano. Alfredo era un romántico empedernido con la persona correcta.

El problema era que él no estaba con esa persona, por eso demostraba lo contrario.

— Si has pensado dejar mi cariño, recuerda el camino donde te encontré. Si has pensado cambiar tu destino, recuerda un poquito quien te hizo mujer. — se escuchaba casi como susurros la voz de Alfredo cantando

Suspiró. — Ay, carnal.

Pero había otra cosa importante por aclarar.

Ni pedo. A lo que venía. Pensó.

— ¡Dame la pinche cartera, Jesús!.

¿Me recuerdas? - JAGSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora