3. Ser descuidado puede sacarte a la luz parte 1

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Tres días habían pasado de la llegada de la princesa Jazmine al palacio. Los reyes de ambos reinos resultaron satisfechos ante la buena armonía que habían creado.

William estaba dirigiéndose al establo a empezar su turno. Se adentró a este y no pudo contener una carcajada ya que lo primero que vio fue a su amigo Romeo durmiendo en un costal de paja. No lo pensó y se le lanzó encima, el golpe no fue fuerte ya que su amigo lo amortiguó.

—¡Carajo William! ¿Qué haces? —se quejó este mientras se frotaba la cabeza, aun perezoso.

—Qué haces tú sería la pregunta —respondió riendo por lo bajo—. ¿Por qué estás durmiendo en el establo?

—Ayer en la noche terminé mi turno muy tarde. Y estaba tan cansado que no quería caminar hasta mi habitación, así que me dormí aquí.

—Tu siempre siendo tan despreocupado —bromeó mientras tomaba una pala y se la lanzaba—. Ten, te toca limpiar las heces.

—Eres un maldito descarado. Te acabo de decir que estoy cansado.

—Hace tres días las estoy limpiando yo. Así que mueve tu trasero —Romeo giró los ojos. Tardó unos minutos en levantarse pero a fin de cuentas lo hizo. William tomó el libro que había llevado y comenzó a leerlo, mientras a su vez comía una manzana.

—¡Ey! ¿Y tú no harás nada? —se quejó resentido.

—Claro que si. Mi turno empieza en cinco minutos —lo miró con suficiencia. Luego tomó otra manzana y se la lanzó—. Toma, come. Ve a saber tú cuándo fue la última vez que comiste.

Romeo aceptó la manzana, aunque era un poco desagradable comer mientras limpiaba las heces.


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El príncipe se había quedado dormido sentado mientras escribía informes para la alcaldía, realmente estaba harto. Lo despertó unos golpes en su puerta, era James, quien entró a la habitación dándole los buenos días.

—Alteza, debe bajar, el desayuno está servido —informó.

—Diles que en unos minutos bajo. Necesito una ducha —este último asintió y se retiró.

Al terminar de ducharse se miró al espejo ya vestido. En verdad detestaba las ojeras que se le marcaban indicando su cansancio.

Bajó al gran comedor. Saludó a sus padres y se sentó en su respectivo lugar. No tenía mucha hambre pero intentó comer un poco de fruta.

—Edward, hoy debes entregarme los dos informes para la alcaldía —su padre lo sacó de su transe.

—Oh. Si, ya están listos —contestó. Recordando que no durmió en toda la noche gracias a esos malditos informes.

—¿Te encuentras bien, cariño? —intervino Matilde.

—Si, madre. Solo estoy un poco cansado, es todo.

—Más te vale que estés bien. Hoy pasarás el día terminando tu discurso sobre las normas de seguridad.

—¿No era para dentro de cinco días? —preguntó desentendido.

—Decidí que debe ser para hoy. Es un tema importante.

—Si, pero el viaje al pueblo será dentro de cinco días.

—Ajá, pero las reglas las pongo yo. Así que hoy a las 5pm quiero tu discurso finalizado en mi oficina.

—¿No podría ser para mañana? —preguntó—. No he dormido en toda la noche para terminar los informes, me encuentro muy cansado, me gustaría poder dormir una pequeña siesta.

—¿Me estás retando, Edward? ¿No te acabo de decir que aquí las reglas las pongo yo? —comenzó a decirle, enfadado—. Deja de ser tan vago. Ya deberías ser responsable. No es mi problema que no hayas dormido y tampoco me interesa, deberías ser más organizado.

—Gabriel, por favor, cálmate. Puede estar cansado, es un chico joven —intervino Matilde.

—¡Tu ya deja de mimarlo! A las 5pm quiero el discurso finalizado en mis manos. Y además, por mal educado harás una lista de 200 reglas para mantener un pueblo seguro y con economía estable —finalizó, golpeando la mesa con su mano.

—Si, padre —dijo Edward, bajando la cabeza.

—Vete a tu cuarto ahora mismo. No quiero verte.



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Sus ojos realmente le dolían. No llevaba ni la mitad del discurso terminado y ya eran la 1pm. Estaba bastante frustrado ¿sería capaz de ser rey en algún momento? No podía concentrarse. "A la mierda" pensó. Tiró a un costado el lápiz con el que estaba escribiendo y se levantó, saliendo rápidamente de su habitación.

Buscó a William por la cocina, al no encontrarlo se adentró por los pasillos del piso de empleados. Habitación 16. Sin pensarlo dos veces, tomó la manija y abrió la puerta. Allí se encontraba, William. Urgaba en uno de sus muebles, tal vez buscando algo.

—¿Edward? ¿Qué haces aquí? —hablo mientras veía como se adentraba a la habitación para luego sentarse en su cama en un suspiro.

—No nos hemos visto.

—Lo sé. ¿Te encuentras bien?

—La verdad no. Mi padre me castigó, quiere que hoy para las 5pm le entregue un discurso y un listado de 200 reglas —William lo miró preocupado—. ¿Por qué estás almorzando aquí? —cuestiono al ver como este se sentaba en la mesa y comenzaba a comer un sandwich. William se encogió de hombros.

—Faltan cuatro horas Ed —habló alterado como si al que fueran a castigar fuera a él—. Vamos, yo te ayudo.

—No, tranquilo. Le diré que no soy tan perfecto como él pretende.

—No digas eso, no es verdad. Además sabes que no puedes enfrentarlo, sería aún peor. Yo te ayudaré a terminar lo que sea —Edward pareció pensarlo.

—Tienes razón. No puedo ser tan tonto en arriesgarme a que mi padre me arreste por no cumplir sus peticiones.

—¿Lo ves? No estás pensando bien. Vamos que no queda mucho tiempo —se apresuró a tomarlo de la muñeca para dirigirse al cuarto del príncipe.



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Lo que quedaba de la tarde lo pasaron completando las tareas de Edward. Aunque William no era príncipe pudo ayudarlo a completar su tarea a la perfección. Así que gracias a William cuando el reloj marcó las 5pm el discurso y el dictado ya se encontraban en la oficina del rey.

Al finalizar todo lo estresante optaron por salir a tomar aire. Cuando pensaron que por fin podrían salir al jardín, los interrumpió Mark, el guardia personal de Gabriel.

—Discúlpenme la interrupción. Señor Edward, el rey lo solicita en su oficina ya mismo —sus miradas se cruzaron indicando preocupación.

—¿Sucedió algo? Le dejé las tareas sobre su escritorio.

—No, no es eso. Le recomiendo que vaya usted mismo.

Mi Dulce AmadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora