28. Desbordar la tina

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—¿Qué... qué se supone que voy a hacer... qué voy a hacer con mi vida? —susurró entrecortado—. Esto no tenía que pasar.

—Mantendrás tu cabeza en alto —dijo con firmeza, intentando brindarle seguridad a él —. Se que todo es una mierda. Tu corazón duele, tu mente te agobia y sientes que ya no aguantas más. Pero... pero tú no te romperás, Edward. Debes mantener tu cabeza en alto. Me tienes a mi —habló rápidamente. Probablemente ella también estaba nerviosa. Edward aún se sentía mareado.

—Tendré un hijo —dijo con perdición. Cleo lo miró en comprensión.

—Sé que tú no querías esto. Jazmine tampoco lo quería.

—¿Cuánto tiempo tiene?

—Tres semanas. Podrán mentir con que es tuyo, no lo sé.

—No tengo otra opción, Ese bebé tendrá que ser mío.

—Estaremos en contacto. Recuerda que nos veremos en la boda, allí charlaremos mejor.

—Debo ir en busca de las sortijas... —habló indiferente—. ¿Cómo se encuentra Jazmine?

—Esta muy asustada por la situación. Espera que no te enojes con ella. Ella no quería llegar a esto.

—Me haré cargo cargo del bebé. Pero nadie puede enterarse de que no es mío. Esperaremos hasta luego de la boda para anunciarlo.

—Bien —dijo con un suspiro—. Mantén la cabeza en alto. Todo saldrá bien. 


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Yacía en su habitación, recostado en su sillón junto al gran ventanal. Sentía como sus emociones estaban tapadas, sentía tanto dolor que ya no sentía nada. Probablemente ya no tenía derecho a sentir. Con las sortijas en mano las observaba pensativo. ¿Cómo esos pequeños objetos de oro iban a decidir toda su vida con tan solo colocarlas en su dedo? No tenía sentido. Pensó que si fuera con William con quien compartiría sortijas por el resto de su vida, quizá si le encontraría sentido alguno. Pero eso solo era producto de sus delirios.

Odiaba su vida, se odiaba él, odiaba a su padre, odiaba el castillo, la corona, odiaba todo. Estaba siendo justo, al fin y al cabo su vida lo odiaba a él. Era un trato. 

Nunca pensó en ser padre. Nunca pensó en formar una familia. Le daba miedo esto a lo que se tendría que afrontar de ahora en adelante. ¿Qué haría cuando la criatura naciera? No lo sabía, ¿sería el peor padre del mundo? 

Esperaba que Cleo tuviera razón; que puedan aguardar hasta después de la boda. Esperaba ser tan fuerte como ella decía. Deseaba estar con su presencia, porque él mismo no se sentía capaz de hacerlo, no se sentía capaz de afrontar todo lo que estaba por venir. ¿Cómo es que veía tanta fe en él? Desde su punto de vista, solo se veía a sí mismo como un desastre. Alguien a quien solo le pasaban cosas malas. Quizás, después de todo era porque se las merecía.


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Dos días habían pasado, días en los que el príncipe Edward en verdad tenía ganas de morir. Había recibido otra carta de Cleo. Esta le comentaba que Jazmine estaba bien, solo tenía nauseas, pero nadie sospechaba nada. También lo intentaba tranquilizar mediante palabras. Edward deseaba que Cleo estuviese allí con él, se sentía más solo que nunca. Él y William seguían actuando indiferentes, agradecía tenerlo lejos en este momento, pero al fin y al cabo lo único que quería era tenerlo cerca. 

Mi Dulce AmadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora