Edward abrió los ojos, miró hacia su derecha y visualizó a William completamente desnudo durmiendo sobre su ropa. Aún no amanecía del todo pero debían volver a las cabañas lo más pronto posible antes de que salga el sol por completo. Se incorporó y comenzó a vestirse.
La luz era escasa, provenía de una pequeña ventana que había en el depósito que se habían encontrado en el medio del bosque. Como parecía apartado y abandonado decidieron entrar y pasar la noche allí. Y en verdad fue muy divertido para ambos todo lo que habían hecho en ese depósito abandonado, así que valió la pena arriesgarse. Terminó de vestirse y comenzó a despertar a William.
—Will, ya es hora de irnos— llamó sacudiéndolo. William se movió y terminó de despertarse para vestirse él también—. Okay, ve tu primero y en minutos voy yo —indicó Edward.
—Bien, iré primero —accedió pasando por delante del príncipe rozando sus cuerpos. Edward no se resistió y lo tomó fuertemente de la cadera, lo acorraló contra unas cajas y comenzó a besarlo desenfrenadamente, William parecía seguirle muy bien el paso, hasta que lo alejó con sus propias manos.
—Basta Ed, debemos irnos de aquí, no creo que sea buena idea —dijo alejándose unos centímetros más—. Ya debo irme, lo siento.
—Ve y intenta dormir un poco antes de partir —William asintió, dejó un corto beso en los labios de Edward para salir del lugar. Le llevó unos 10 minutos llegar a las cabañas. Minutos en los que no pudo dejar de pensar en lo sucedido la noche anterior con una sonrisa en su rostro.
Ojalá pudieran vivir así todos los días.
Llegó a la puerta de su cabaña, la abrió y lo primero que vio fue como un zapato volaba a toda velocidad de una dirección a otra.
—¡Te dije que dejes de husmear en mis cosas! —gritaba Oliver, esquivando el zapato que golpeó bruscamente contra la pared y cayó al suelo —. ¡Y deja de lanzarlas a mi rostro!
—¡Que no estaba husmeando niño! —respondió Romeo, tomando el otro zapato y comenzando a alzarlo en amenaza—. ¡Te dije que no quiero tus cosas en mi lugar, te las estoy devolviendo! —respondió revoleando el zapato el cual esta vez cayó a los pies de William. Hasta ese momento no habían notado que él estaba allí.
—Oh, gracias al cielo, William. ¿Podrías decirle que deje de tirar su mugre sobre mis cosas?
—¡¿Como te atreves?! ¡No es mugre, son mis cosas!
—¡Tus cosas que apestan a basura! —Oliver enfadado y al punto de estallar se acercó a Romeo. Ambos comenzaron una pelea con sus manos bastante patética. William suspiró, se adentró del todo a la habitación cerrando la puerta detrás de sí y caminó hasta su cama.
—¡William! —bramaron ambos chicos al unísono. El ojiazul se sentó en su cama, los observó a ambos en silencio y, sin decir palabra se acostó, tapándose hasta la cabeza y poniendo su almohada sobre ella para no escucharlos. No podía esperar a llegar al castillo para poder dormir en paz nuevamente.
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Se hicieron las once del medio día y todos ya estaban terminando de empacar para volver al castillo. Edward se acercó a la habitación de Jazmine con un ramo de flores en mano. La puerta estaba abierta.
—Hola —saludó el príncipe.
—Oh, hola. Pasa —dijo la princesa mientras cepillaba su cabello. Edward entró y cerró la puerta detrás de sí, ofreciéndoles a ambos un poco de privacidad. Suponía que Jazmine así lo quería.
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Mi Dulce Amado
RomansaEn la vida, muchas veces aguantas tanto dolor que te destroza hasta caer de rodillas al suelo, solo por amor. Muchas veces no sabes en qué momento caerás, o si simplemente la vida es buena contigo y te hace levantar de la mejor forma. Nunca lo sabre...
