Le incomodó la noticia a pesar de que debía halagarle: consideraba ostentoso un recibimiento como ese y molesto también, porque creía que debieron consultarle antes si estaba dispuesto a colaborar en una presentación pública. Se preguntó si este tipo de acontecimientos solían realizarse con todos los profesores en su debido momento o solo con él, como una especie de favoritismo.
Después de escuchar repetidamente un "El evento está confirmado, Robert, es lo menos que se merece un gran artista como tú", lo cual respondía su pregunta, aceptó tratando de ocultar su disgusto y se vio obligado a volver a casa a cambiarse de ropa para su nefasto recibimiento.
—Se supone que sería una sorpresa, Robert —se disculpó Franklin—. Nos importa mucho tucomodidad en nuestra casa.
—Te lo agradezco mucho —le sonrió mostrando educación—. Ahí estaré.
—Todos están deseosos de conocerte. La profesora Jessica Larson se encontrará contigo en el jardíncentral a las siete.
Con aire ausente, caminó sobre Main Street y al pasar por la cafetería, sonrió a Lexi, quien se hallaba detrás del mostrador. Iba tan deprisa que no alcanzó a ver si le respondió el saludo, así como tampoco vio un vaso de cartón que yacía en el suelo, mismo que, al patearlo, lo salpicó de café caliente en las botas.
Se escuchó un jadeo.
—¡Ese era mi café! —se quejó una voz femenina. Giró a la izquierda, de donde provenía la voz perofrunció el ceño al no ver a nadie—. ¡Oye! ¡Abajo!
Al bajar la mirada, se encontró con un par de ojos marrones acompañados de una expresión de molestia.La chica se encontraba atando el cordón de su bota, similares a las suyas aunque de un tono rosado.
—Disculpe el atrevimiento, señorita —levantó una ceja—, pero fue muy imprudente colocar un vasode café caliente a media banqueta.
Se limpió la bota manchada con ademán exagerado y le tendió la mano para ayudarla a levantarse, pero lo ignoró incorporándose a su vez. Aún con calzado de montañista era más baja que él, teniendo su pequeña frente a la altura de los labios. Sus ojos eran increíblemente grandes y expresivos, provocando una extraña sensación de familiaridad, aún con el nivel de enfado que no se esmeraba en ocultar.
—Y creo que usted debería tener más cuidado al caminar, ¿no le parece?
El tono grosero de la muchacha le hizo reír con suavidad.
—Lo siento, de verdad —sacó su billetera—. Le pagaré el café.
—Preferiría que usted comprara el café directamente, señor Harris.
La risilla desapareció para convertirse en sorpresa.
—¿Cómo... cómo me conoce?
Ella puso los ojos en blanco, cada vez más impaciente.
—Usted es medio conocido por aquí, además de que estamos en un pueblo pequeño.
Ahora fue Robert el que frunció el ceño.
—Escuche, Harris, no quiero ser grosera, pero tengo clase y debo irme —sin decir más, dio mediavuelta—. ¡Me debe un café! —gritó sin voltear y apretó el paso.
La observaba andar a trompicones: su cabello café le llegaba hasta la comisura de la cintura, deslizándosepor la espalda abrigada en suaves ondas que parecían irreales. Se dio la vuelta para retomar su camino,pensando que esa chica era la persona más descortés y divertida que había conocido desde su llegada a Dimbert.
En el transcurso de la tarde, dividió su tiempo en elegir lo que se pondría para presentarse oficialmente y encendió la computadora para revisar el mail, sabiendo que cada que lo hacía no sentía otra cosa más que agujeros en el estómago: se había acostumbrado a sentirlos y a leer los pocos pero despreciables mensajes de Dale, cada vez más escasos y cuyo fin era pedir dinero sin siquiera tomarse la molestia en fingir interés en su salud o en su estado de ánimo. Estaba casi seguro de que no tenía idea de que su padre se hallaba al otro lado del país.
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El amor que construimos
Romansa¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
